22-09-2025, 03:10 PM
El barrio de Pushkin parecía contener la respiración. Aquel sector, normalmente rebosante de olores a pan caliente y sopa espesa, se había transformado en un hervidero de vecinos inquietos, cada cual armado con cubos de nieve, palos o simples ojos temerosos. La vieja casa de los Korolev, antaño orgullo de panadería familiar, estaba ahora torcida como una baraja húmeda a punto de desmoronarse y todo por la figura gigantesca que, con las manos llenas de harina, se movía en el interior como un niño jugando a cocinitas con piezas demasiado frágiles.
La llegada de la división liderada por Bertram no pasó desapercibida. Los uniformes blancos de los marines brillaban en medio de la nieve embarrada y el hollín, generando un murmullo de alivio en los vecinos, aunque también un rastro de desconfianza en algunos ojos, habían acudido en el momento justo, cada crujido de la madera era un recordatorio de que no quedaba mucho tiempo.
Dentro, el caos era absoluto. Stroud tomó la delantera con una eficiencia férrea. En apenas unos minutos localizó a la familia Korolev, atrapada entre polvo y humo, los niños lloraban sin consuelo, la madre temblaba abrazándolos, y el padre trataba de aparentar firmeza pese al brazo ensangrentado. El marine no perdió tiempo, con una calma práctica les improvisó mascarillas con nieve y tela, y los guió a través de los pasillos tambaleantes. El crujido de cada paso parecía anunciar un derrumbe, pero la convicción en la voz de Stroud les mantuvo en movimiento, al final, lograron salir por una ventana que se resistía a ceder, afuera, los vecinos los recibieron entre lágrimas y exclamaciones, mientras la estructura, resentida por el esfuerzo, se inclinaba apenas un poco más.
Mientras tanto, en el sótano, Imai se enfrentaba a otro enemigo, el fuego. Las llamas habían encontrado combustible en un barril de aguardiente derramado, y la posibilidad de una explosión era inminente, con su poder, apartó restos ardientes y los lanzó contra la nieve que se colaba por los huecos del techo, sabía que cada silbido de vapor era una victoria, cada nube que lo envolvía un recordatorio de que aún no era suficiente, recurrió entonces a sus propias manos, hundiéndolas en nieve para lanzarla directamente contra el incendio, el vapor la cegaba, el calor la golpeaba en oleadas, pero su terquedad rindió frutos, el fuego se redujo a brasas débiles, a un suelo embarrado que ya no amenazaba con devorarlo todo, la misión no estaba completada, pero lo peor se había contenido.
Arriba, la voz calmada de Bertram se alzó por encima del estruendo. El arquero se acercó al coloso con pasos medidos, consciente de que un movimiento brusco podía convertir todo aquello en un desastre mayor, el gigante, con la cara llena de harina y ojos redondos como platos, lo escuchaba con atención. Pixie como algunos niños lo habían llamado parpadeó confuso, bajando lentamente una sartén destrozada de entre sus manos.
—¿No quieren que cocine? —preguntó con voz grave, aunque cargada de inocencia — Pero… yo solo quería darles desayuno— El techo crujió peligrosamente cuando trató de incorporarse, y un grito colectivo de los vecinos retumbó en la calle, varias tejas cayeron en cascada, obligando a algunos a retroceder. El gigante, nervioso, movió un brazo torpemente para apartar los restos, causando que la estructura gimiera aún más.
La llegada de la división liderada por Bertram no pasó desapercibida. Los uniformes blancos de los marines brillaban en medio de la nieve embarrada y el hollín, generando un murmullo de alivio en los vecinos, aunque también un rastro de desconfianza en algunos ojos, habían acudido en el momento justo, cada crujido de la madera era un recordatorio de que no quedaba mucho tiempo.
Dentro, el caos era absoluto. Stroud tomó la delantera con una eficiencia férrea. En apenas unos minutos localizó a la familia Korolev, atrapada entre polvo y humo, los niños lloraban sin consuelo, la madre temblaba abrazándolos, y el padre trataba de aparentar firmeza pese al brazo ensangrentado. El marine no perdió tiempo, con una calma práctica les improvisó mascarillas con nieve y tela, y los guió a través de los pasillos tambaleantes. El crujido de cada paso parecía anunciar un derrumbe, pero la convicción en la voz de Stroud les mantuvo en movimiento, al final, lograron salir por una ventana que se resistía a ceder, afuera, los vecinos los recibieron entre lágrimas y exclamaciones, mientras la estructura, resentida por el esfuerzo, se inclinaba apenas un poco más.
(La barra de estructura desciende a 75%)
(La barra de incendio desciende a 4%. La barra de estructura cae a 73% por el debilitamiento de las vigas)
—¿No quieren que cocine? —preguntó con voz grave, aunque cargada de inocencia — Pero… yo solo quería darles desayuno— El techo crujió peligrosamente cuando trató de incorporarse, y un grito colectivo de los vecinos retumbó en la calle, varias tejas cayeron en cascada, obligando a algunos a retroceder. El gigante, nervioso, movió un brazo torpemente para apartar los restos, causando que la estructura gimiera aún más.
(La barra de estructura desciende a 70%)
La misión apenas comenzaba, con la familia ya a salvo y el incendio casi extinto, la tensión se centraba en un único punto: convencer al gigante de salir sin derrumbar lo que quedaba de la casa. Los marines debían decidir con rapidez sus próximos pasos, porque cada segundo que pasaba, las vigas protestaban más fuerte.
Mecanicas anteriores
Nueva Mecanica; Confusión del gigante
