Cazadores [Auto T3, Presente Absoluto]
#1
Día 78
Verano Año 16
20:00


La noche avanzaba cuando alcanzó un edificio abandonado cerca de la plaza central. Desde allí podía observar a la distancia una mansión ennegrecida que alguna vez debió ser el orgullo de alguna importante familia de la ciudad, ubicado cerca del palacio en una posición claramente estratégica. Ahora estaba cubierto de banderas negras y emblemas con un escudo con la marca del mayor de los Onyx, inconfundible tras tanto tiempo buscándolo. Guardias patrullaban los alrededores, y las antorchas iluminaban el lugar, como un aviso y a la vez una advertencia.

Krysser se acomodó en una cornisa, como un cazador paciente., sabiendo que aún no era el momento de atacar. Necesitaba a Fyodor, necesitaban coordinarse. El tigre sabía reconocer cuándo un enemigo estaba fuera de su alcance inmediato. Pero también sabía que ninguna presa podía huir para siempre.

Sacó de entre los pliegues de su abrigo el pequeño Den Den Mushi. El caracol parpadeó con lentitud, como cansado por las interferencias. Krysser lo sostuvo con firmeza y acercó su hocico.

-Fyodor. -Su voz fue grave, pero contenida como el rugido en su pecho. -Ya ha empezado su movimiento, se han trasladado a la mansión. 

El caracol chirrió con dificultad, las ondas de humo aún distorsionaban ligeramente a veces el mensaje, pero Krysser no se preocupó., pues incluso aunque así fuera, lo importante era que la intención llegara. Fyodor sabría qué hacer y sabía dónde encontrarle, pues desde ese momento, irían juntos a por su presa. Y, cuando aquellos dos cazadores cazaban juntos, sólo había un resultado posible: Una victoria total.

El mink guardó el caracol, nuevamente sin aspavientos innecesarios, volvió a fijar los ojos dorados en el palacio y permaneció allí, inmóvil como una estatua. El cazador había encontrado la madriguera del monstruo. Y pronto, muy pronto, el rugido contenido tras tanto tiempo sería liberado.

Varios días antes...
Día 54, Verano, 20:00


La costa quedó atrás hacía ya varias horas, y con ella los ecos del combate contra Axel Onyx y sus hombres. Sus zarpas avanzaban con paso firme por el terreno pedregoso que antecedía a la capital de Briss, mientras el viento era seco y arrastraba un polvo mezclado con el hedor del alquitrán, un olor que parecía impregnar cada esquina de la isla.

Krysser había dejado el campamento atrás sin mirar atrás más de lo necesario. No era que no le importara lo que había hecho allí, sino que en el fondo ya no necesitaba pensar más en aquel lugar, pues sabía que los hombres derrotados no volverían a levantar cabeza sin su líder, y Axel… Bueno, aquel sujeto apenas respiraba cuando lo dejó, no se recuperaría en un tiempo al menos. Al pensar en lo acontecido hasta ese momento, el tigre no albergaba dudas ni remordimientos, pero sí una certeza, y era que aquella no era más que la primera piedra en un muro mucho más grande.

El tigre frunció el ceño, no tanto por la incomodidad física por el camino, sino por la idea de que aquellos Onyx dominaban Briss con mano de hierro, sangre y fuego, utilizando a todos a su antojo para lograr sus fines. Sin duda, eran seres ruines, viles y despreciables, y en especial, el mayor de los tres; quien reinaba desde la capital en su falso trono mientras sus hermanos hacían el trabajo sucio. En la experiencia del mink, solo dos tipos de personas evitaban mancharse las manos. Aquellos demasiado débiles para hacerlo por sí mismos, y aquellos demasiado fuertes para rebajarse a hacerlo.

Durante todo su camino, su cuerpo enorme se desplazaba con un sigilo impropio de alguien de su tamaño. Era la destreza de un depredador, cargando el peso repartido en cada paso de forma cuidada, manteniendo la atención dividida entre sonidos, olores y corrientes de aire. Para cualquiera que lo hubiese visto desde fuera, era un contraste difícil de procesar, una bestia de casi tres metros y músculos como columnas, moviéndose con la misma suavidad que un felino de la jungla. Aunque no era un cazador silencioso, pues el propio Krysser sabía que era fácil verle venir por su tamaño, u olerle llegar a distancia con su fuerte olor corporal si el olfato de su presa era lo bastante afinado. Pero nada de eso importaba. Él era otro tipo de depredador. Incesante, incansable, letal. Una sombra que se cernía sobre sus enemigos de forma inevitable desde el momento en que se convertían en ello.

Durante la marcha, repasaba mentalmente lo que había encontrado en la tienda de Axel. El mapa, los símbolos bien ubicados y distribuidos, las marcas en el calendario. Todo eso hablaba de un plan, de una ocupación medida y sistemática. No eran simples saqueadores, eran conquistadores, o al menos, pretendían serlo. Eso lo inquietaba más que cualquier acto de guerra común, que sería fácilmente repelido por la guardia real del regente local. Cuando el control medraba como raíces sinuosas bajo los escombros y las ruinas, era difícil podar el mal de raíz. Y aquel mal había ido germinando durante demasiado tiempo, ya era parte del lugar. 

Para cuando hubo llegado a su destino, el sol se hundía poco a poco, tiñendo de rojo los humos que salían de la ciudad. Krysser se detuvo en lo alto de una colina rocosa. Allí, a lo lejos, se alzaba la capital; una ciudad oscura, cubierta de velos de humo, con sus murallas ennegrecidas por el alquitrán y las columnas de fuego que escapaban como heridas abiertas en la noche. La voz de aquel lugar se escuchaba hasta allí:, a veces en forma de borrachos armando jaleo, otras de guardias reprimiendo el alboroto del gentío, y otras en forma de gritos cansados de gente común intentando dormir con hastío en el tono.

El tigre entrecerró los ojos dorados. Aquella ciudad no era un hogar, era una prisión a cielo abierto. Y en su centro estaba el hermano mayor de los Onyx.

Varios días después...
Día 57, Verano

En mitad de la calle un hombre gritaba, clamando a sus vecinos alzarse, rebelarse contra la tiranía que todos conocían, pero callaban por miedo. Sus palabras no fueron escuchadas, o al menos, fueron ignoradas de forma consciente. Mientras recriminaba aquella actitud, el hombre fue apuñalado. Nadie hizo de ello un espectáculo, se limitaron a seguir su camino, evitando mirar atrás para no ser relacionados con el alborotador de aquella "falsa calma".

Krysser no rugió en voz alta, sabía que no debía llamar la atención, pero en su lugar sintió como algo se atenazaba en su pecho. Era un rugido contenido, el instinto que cada día que pasaba en aquel sitio le gritaba con más fuerza que esa ciudad estaba enferma y que el monstruo que la devoraba debía ser cazado. Había quienes dirían que no era su problema, que Briss no era su tierra, que sus cadenas no eran sus cadenas. Pero Krysser nunca había necesitado pensar tan a fondo aquellas cosas, ni justificaciones elaboradas. Bastaba con que algo oliera a injusticia para que sus zarpas lo llevaran casi de forma inconsciente hacia allí.

En ese momento, recordó una conversación con Fyodor tiempo atrás, cuando apenas se acababan de reencontrar tras su llegada a la isla. Habían hablado de su futuro, de lo que buscaban. Krysser, con su habitual silencio, había escuchado al alado desahogarse sobre el dinero, las heridas, la rabia hacia el Gobierno y los Revolucionarios por igual. Y cuando Fyodor le preguntó qué pensaba él, Krysser solo dijo una frase.

-Cazamos. Es lo que hacemos.

En aquel instante no estaba pensando en dinero, ni en licencias, ni en gremios. Solo en la naturaleza misma de ambos. Fyodor disparaba, él cazaba. Un cuervo y un tigre, ambos buscaban presas. Cuando luego coincidieron en que la caza de recompensas ofrecía dinero, libertad y, al mismo tiempo, una forma de ajustar cuentas con los que se alimentaban de los débiles, la decisión ya estaba tomada. No necesitaban uniforme, ni estandarte, ni discursos de líderes que se creían mesías. Les bastaba con sus propias convicciones.

Ahora, de pie frente a la ciudad, Krysser sintió que aquella decisión se reafirmaba. Los Onyx tenían precio, aunque no era aquel expresado en monedas el que más importaba para el tigre. Los hermanos tenían deuda con la gente que habían esclavizado, con cada vida rota en Briss. Y esa deuda, él pensaba cobrarla.

Varios días más tarde...
Día 70, Verano, 22:30

Aquella noche descendió hacia la ciudad con el mismo sigilo de todas las anteriores. La entrada no estaba custodiada de manera estricta, pues el terror instaurado en la ciudad al parecer era guardia suficiente. Aun así, vio a un par de hombres armados con lanzas junto a una hoguera apagada. Dormían sentados, medio borrachos, confiados en que nadie en su sano juicio se atrevería a caminar hacia aquella zona de la capital por voluntad propia. No los alertó ni perturbó, se deslizó por la sombra de un muro roto y se perdió en las callejuelas.

Aquella zona sin ley dentro de la ciudad era peor de lo que había imaginado. Calles ennegrecidas, edificios corroídos por el humo, mercados vacíos sobre cenizas aún tibias. Incluso tuvo que ver a algún que otro esclavo caminaba con cadenas en los pies, cargando baldes de brea o cajas de madera, y detrás de ellos un capataz con látigo. El tigre cerró los puños, reprimiendo el instinto de lanzarse de inmediato. No podía darse ese lujo, no todavía.

Avanzó por un callejón lateral, atento a los olores. El alquitrán lo cubría todo, pero entre capas podía distinguir rastros, el hierro de las espadas, el sudor de hombres nerviosos, el olor de la pólvora de sus municiones y armas. Pero también detectaba algo más. El miedo. El miedo olía diferente en cada persona, pero en Briss era una fragancia constante, pegajosa, como un velo imposible de arrancar. Incluso aquellos que estaban bajo las órdenes de aquellos hermanos parecían temerlos. ¿Cuánto daño habían tenido que hacer a aquella ciudad para llegar a aquél punto?

En un recoveco oscuro, encontró lo que buscaba aquella noche, un grupo de hombres jugando a los dados, cuchicheando en voz baja. No eran soldados, parecían más bien informantes o pequeños rufianes. Krysser los observó desde la penumbra, calibrando el momento. Uno de ellos mencionó “el Foso”, la zona de la cual Fyodor le había hablado, bajo el control de Andrew, el menor de los hermanos. Eso bastó para saber que estaba donde debía, que aquellos eran los hombres a los que buscaba.

Apareció sin previo aviso, dejando que su sombra cubriera la luz de la lámpara de aceite. Los hombres lo miraron y se quedaron congelados, como ratones al ver descender un halcón. Sin duda, tras tantos días sobre la pista del hermano mayor, ya sabían quienes eran ellos, los cazadores incansables que habían barrido la ciudad de abajo arriba en busca de una apertura en su red, y que al fin habían encontrado.

-Hablad. -Gruñó, con su habitual voz baja, casi ronca, dejando claro que no estaba para bromas. No serían los primeros a los que destrozaba con sus zarpas buscando información, tras tanto tiempo, las formas cordiales habían quedado en el olvido.

No necesitó más. En cuestión de minutos, tras un par de advertencias claras y un zarpazo seco que dejó un tajo en la pared de piedra, obtuvo lo que quería; la confirmación de que el hermano mayor se encontraba en la capital, rodeado de sus mejores hombres, y que estaba preparando algo grande. Algo que implicaba al “Foso” y al suministro de alquitrán, así como trasladarse a una mansión en el centro de la ciudad, perteneciente a una de las familias a las que más había logrado amedrentar y extorsionar durante su reinado de terror. Aquella mansión podía parecer un lugar sin más a ojos de cualquier otro, pero Krysser notó la cercanía al palacio, que conociendo la forma de actuar de aquel hombre, no podía ser una casualidad. ¿Qué demonios estaba planeando? ¿Realmente iba a intentar tomar la isla de forma abierta? Aunque no fuera una de las islas mejor defendidas, Briss no caería tan fácilmente. Pero, si aquel minucioso sujeto había decidido moverse e intentar aquello, debía ser porque confiaba en sus opciones.

Krysser asimiló la información en silencio, desapareciendo en un instante de la vista de aquellos aterrados hombres, como si nunca hubiera estado allí y tan solo hubieran visto un fantasma.

Mientras avanzaba por otra calle, evitando a un par de patrullas armadas, el tigre ya iba ideando formas de abordar la situación y adaptarse. Aquel hombre al fin parecía vulnerable, al fin sabían donde encontrar al que era el verdadero monstruo. En cuanto se reuniera con Fyodor, elaborarían un plan de acción y se lanzarían a zanjar aquel tema que tanto tiempo les había quitado el sueño. 

Off


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Cazadores [Auto T3, Presente Absoluto] - por Krysser - 23-09-2025, 08:11 PM

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