24-09-2025, 03:47 AM
Bueno estuve a nada de convencerlo con que era necesario que yo le pagara y ya con eso podríamos llegar a un acuerdo, pero no pude insistir mucho más de ahí. Pero en ese momento hizo su entrada una mujer pelirroja. Llegó con aires de dueña, bien que conozco ese estilo, la caminata de gato, el poco interés de saber lo que le rodea. Ni notó mi existencia hasta que fué demasiado tarde. Claro de pie yo se que me veo mucho mejor pues sus caras cuando me ven desde abajo saben lo majestuoso y magistral que es mi cuerpo.
Su mirada era tan entregada que hasta yo mismo me iba a poner en mi rol dominante. Que bueno que el cocinero intervino. No le sonreí pero se puede devolverle la mirada, noté lo que me está pidiendo con los ojos y el mensaje fue recibido. —El hombre sabe lo que hace en la cocina. La excelencia no tiene límites si el está comandando su cocina.— Seguido de tantos piropos pude recostarme un de la barra dejando mis manos sobre la misma. Todo con la intención de que mis pectorales se vean un poco más inflados.
—Por eso es que deseaba tanto poder retribuir, pero es muy buena persona.— Al inclinarme hacia adelante miro fijamente al cocinero. —Estoy en deuda con usted. Mi nombre es Heras, si en algún momento necesitas de mí, siempre tendrás un par de ojos en el cielo. — Una mirada tierna, me parece que este hombre es una buena persona y creo que puedo ayudarle alguna vez.
—No tiene que ser hoy.— Cuando dije esas palabras sentí la soga en el cuello pues estaba ya en deuda en los puertso en gran parte del sur y no podía dedicarme al oficio que conozco. Cambie la mirada para no ver a ninguno de los dos, de hecho, por consecuencia de que había pasado la jefa ahora había comenzado a llegar gente hambrienta, uno tras otro, como una docena de personas.
Claro todos y cada uno de ellos comenzaron a verme con atención pues mi presencia, mi torso, mi altura, mi abdomen, mis alas, soy todo un monumento a la belleza y quizá no llamó la atención de buena manera a todos. Todo se comenzó a llenar y se comenzó a percibir que había alguna parte donde la gente no se quería sentar pues yo estaba cerca de esas mesas. No deseé incomodar, hasta vi a uno de los hombres que iba de la mano con su mujer halar de su mano para llevarla a una mesa retirada de donde estoy yo.
—Bueno Jefa, encantado, usted también cuando me necesite, puede encontrarme por aquí. También en el puerto cercano, a veces estoy por allí para navegar.— Mi voz con ella fue un poco más grave, más sugerente. Ella pensaría que no podía verla pero esa mirada hacia los vidrios donde tiene las botellas, podía sentir su mirada calentar mi piel tersa y oscura.
Su mirada era tan entregada que hasta yo mismo me iba a poner en mi rol dominante. Que bueno que el cocinero intervino. No le sonreí pero se puede devolverle la mirada, noté lo que me está pidiendo con los ojos y el mensaje fue recibido. —El hombre sabe lo que hace en la cocina. La excelencia no tiene límites si el está comandando su cocina.— Seguido de tantos piropos pude recostarme un de la barra dejando mis manos sobre la misma. Todo con la intención de que mis pectorales se vean un poco más inflados.
—Por eso es que deseaba tanto poder retribuir, pero es muy buena persona.— Al inclinarme hacia adelante miro fijamente al cocinero. —Estoy en deuda con usted. Mi nombre es Heras, si en algún momento necesitas de mí, siempre tendrás un par de ojos en el cielo. — Una mirada tierna, me parece que este hombre es una buena persona y creo que puedo ayudarle alguna vez.
—No tiene que ser hoy.— Cuando dije esas palabras sentí la soga en el cuello pues estaba ya en deuda en los puertso en gran parte del sur y no podía dedicarme al oficio que conozco. Cambie la mirada para no ver a ninguno de los dos, de hecho, por consecuencia de que había pasado la jefa ahora había comenzado a llegar gente hambrienta, uno tras otro, como una docena de personas.
Claro todos y cada uno de ellos comenzaron a verme con atención pues mi presencia, mi torso, mi altura, mi abdomen, mis alas, soy todo un monumento a la belleza y quizá no llamó la atención de buena manera a todos. Todo se comenzó a llenar y se comenzó a percibir que había alguna parte donde la gente no se quería sentar pues yo estaba cerca de esas mesas. No deseé incomodar, hasta vi a uno de los hombres que iba de la mano con su mujer halar de su mano para llevarla a una mesa retirada de donde estoy yo.
—Bueno Jefa, encantado, usted también cuando me necesite, puede encontrarme por aquí. También en el puerto cercano, a veces estoy por allí para navegar.— Mi voz con ella fue un poco más grave, más sugerente. Ella pensaría que no podía verla pero esa mirada hacia los vidrios donde tiene las botellas, podía sentir su mirada calentar mi piel tersa y oscura.
