24-09-2025, 12:58 PM
¡Dichoso el hombre de existencia nocturna, cuya concepción de la realidad —de los límites y contornos que lo abrazan— no pertenece al mundo de las cosas, sino al alma!
Pues, ¿qué es, sino la oscuridad, más que un modo de reunir al hombre con el hombre, distinto al del día, donde reinan la claridad y la distancia?
Es el reposo que trae paz al pensamiento, la revelación de un inconsciente que nunca estuvo oculto. Es la ausencia de tu esencia que, sin embargo, te envuelve.
Mas solo quien en la noche busca la aurora del saber es verdaderamente conocedor de sí mismo. Pues solo en la oscuridad se revelan verdades distintas a aquellas que persigue quien mira hacia afuera con racionalidad.
Y esa verdad nunca será descubierta por Bai, quien, cada anochecer, cuando muchos abren sus ventanas dispuestos a recogerse hacia dentro como en la noche eterna, ella las cierra como si en se escondiera un destino que no desea enfrentar.
Y es que, a esas alturas del día, ya no importa el culto al cuerpo —ni sus deseos, ni sus necesidades—; solo la búsqueda del alivio de la fatiga, de la dionisíaca necesidad de rehuir lo que el cuerpo reprueba: lo pesado y lo rígido, lo que duele u oprime. Es por eso que para ella la noche es símbolo del descansar de la carne. Pero es más: es un momento de reposo para el alma sensible y el equilibrio de los humores: sangre, bilis y flema.
Y Bai lo necesitaba.
¿Siempre? Quería creer que no —al menos en lo que al equilibrio del humor respecta—, pero últimamente estaba convencida de que sí. Tal vez porque era verano y la cholé dominaba; quizá porque Eros la volvía más impulsiva de lo que pensaba; o simplemente porque su cuerpo buscaba restablecer algún tipo de equilibrio interno. Pero la verdad es que, independientemente de ello, el resultado era el mismo: necesitaba calmar esa energía intensa y arroyadora, ese impulso agresivo que la hacía brusca incluso sin palabras.
Por eso, en cuanto tuvo la oportunidad de separarse de su compañero y volver a la soledad del camarote, un paño húmedo le hizo compañía.
Bai solía dejar un pequeño balde —o un cuenco, si no había balde a mano— con agua limpia, para asearse en caso de necesitarlo.
El paño acariciaba su piel dejando tras de sí el rastro de un beso perlado que, sin conciencia de ello, pronto se desvanecería.
Y es que, en cuanto se cambió de ropa, este se perdió en el olvido.
Su atuendo era sencillo, nada ostentoso: un vestido viejo de algodón blanco, que le rozaba los muslos con la suavidad de la cálida brisa de su tierra.
Se metió en la cama y, antes de las once, ya estaba dormida. Y con Morfeo hubiera continuado de no haber sentido la presencia de algo ajeno a su cuerpo: algo más pequeño, más cálido y conocido. Así, somnolienta pero asustada, despertó de golpe, palpando en la oscuridad hasta ir a dar con lo que le había robado el sueño. Y, al notarlo, presa por la onírica sensación de irrealidad que regala el duermevela, lo tomó con cuidado y lo colocó a un lado para poder abrazarlo y continuar durmiendo.
Bai se acomodó de lado, en posición fetal, y lo abrazó con delicadeza, dejando que su propio cuerpo respirara y se estabilizara. Su cerebro parecía apagado, desconectado de cualquier gesto que no fuera automatizado. Tal vez la cholé, antes desbordante, empezaba a equilibrarse; tal vez era simplemente la noche. La verdad era que, inconscientemente, había encontrado consuelo en su compañero, aquel con quien minutos antes había discutido.
Pues, ¿qué es, sino la oscuridad, más que un modo de reunir al hombre con el hombre, distinto al del día, donde reinan la claridad y la distancia?
Es el reposo que trae paz al pensamiento, la revelación de un inconsciente que nunca estuvo oculto. Es la ausencia de tu esencia que, sin embargo, te envuelve.
Mas solo quien en la noche busca la aurora del saber es verdaderamente conocedor de sí mismo. Pues solo en la oscuridad se revelan verdades distintas a aquellas que persigue quien mira hacia afuera con racionalidad.
Y esa verdad nunca será descubierta por Bai, quien, cada anochecer, cuando muchos abren sus ventanas dispuestos a recogerse hacia dentro como en la noche eterna, ella las cierra como si en se escondiera un destino que no desea enfrentar.
Y es que, a esas alturas del día, ya no importa el culto al cuerpo —ni sus deseos, ni sus necesidades—; solo la búsqueda del alivio de la fatiga, de la dionisíaca necesidad de rehuir lo que el cuerpo reprueba: lo pesado y lo rígido, lo que duele u oprime. Es por eso que para ella la noche es símbolo del descansar de la carne. Pero es más: es un momento de reposo para el alma sensible y el equilibrio de los humores: sangre, bilis y flema.
Y Bai lo necesitaba.
¿Siempre? Quería creer que no —al menos en lo que al equilibrio del humor respecta—, pero últimamente estaba convencida de que sí. Tal vez porque era verano y la cholé dominaba; quizá porque Eros la volvía más impulsiva de lo que pensaba; o simplemente porque su cuerpo buscaba restablecer algún tipo de equilibrio interno. Pero la verdad es que, independientemente de ello, el resultado era el mismo: necesitaba calmar esa energía intensa y arroyadora, ese impulso agresivo que la hacía brusca incluso sin palabras.
Por eso, en cuanto tuvo la oportunidad de separarse de su compañero y volver a la soledad del camarote, un paño húmedo le hizo compañía.
Bai solía dejar un pequeño balde —o un cuenco, si no había balde a mano— con agua limpia, para asearse en caso de necesitarlo.
El paño acariciaba su piel dejando tras de sí el rastro de un beso perlado que, sin conciencia de ello, pronto se desvanecería.
Y es que, en cuanto se cambió de ropa, este se perdió en el olvido.
Su atuendo era sencillo, nada ostentoso: un vestido viejo de algodón blanco, que le rozaba los muslos con la suavidad de la cálida brisa de su tierra.
Se metió en la cama y, antes de las once, ya estaba dormida. Y con Morfeo hubiera continuado de no haber sentido la presencia de algo ajeno a su cuerpo: algo más pequeño, más cálido y conocido. Así, somnolienta pero asustada, despertó de golpe, palpando en la oscuridad hasta ir a dar con lo que le había robado el sueño. Y, al notarlo, presa por la onírica sensación de irrealidad que regala el duermevela, lo tomó con cuidado y lo colocó a un lado para poder abrazarlo y continuar durmiendo.
Bai se acomodó de lado, en posición fetal, y lo abrazó con delicadeza, dejando que su propio cuerpo respirara y se estabilizara. Su cerebro parecía apagado, desconectado de cualquier gesto que no fuera automatizado. Tal vez la cholé, antes desbordante, empezaba a equilibrarse; tal vez era simplemente la noche. La verdad era que, inconscientemente, había encontrado consuelo en su compañero, aquel con quien minutos antes había discutido.
