Fue el regalo de un hombre acaudalado, un par de monedas las que le ofreció en sus manos al escucharla cantar. En ningún momento intentó conseguir nada con su canto, ni siquiera un halago, porque no le queda mucho por hacer en un mundo en un eterno negro, que aparece solo cuando lo puede tocar.
—Gracias — agradeció como siempre lo ha hecho, porque las ofrendas nunca se miran mal, eso le han enseñado en un hogar que no sabe en dónde está. Se preguntó entonces si algún día la van a encontrar — Tenga una buena tarde.
Se levantó con suavidad, alejándose de la pileta. Fueron pasos suaves en donde primero va el bastón, dando suaves golpes al piso para saber que no hay un abajo o un arriba que la vaya a tirar al piso. Aunque incluso ni muy cuidadosa es suficiente como para no terminar en el piso.
El sonido de los niños llamó su atención. No pudo ver que están mal vestidos o que tienen el pelo a mal traer. No pertenecen ahí, sino a otro sitio en la isla, pero seguramente pensaron que tendrían oportunidad porque no los puede ver. Una doncella que se ha perdido, porque no hay príncipe encantador para salvarla ¡Pero no lo necesita! Porque el mundo exterior no es tan horrible como lo pintan, al menos hasta ahora.
Escuchó las palabras de los más pequeños, halagos de lo bien que lo ha hecho cantando, que quizás podría llevar esa felicidad a otro sitio. Un lugar más apartado y no dudó en decir que sí, porque la dicha ajena es más satisfactoria que la propia.
—Iré a donde me pidan —
Su mano se encontró entonces con un guía, que la llevó por los pasillos y es cuando el paisaje cambia. Ya no es ese blanco impoluto, tampoco está limpio, pero no vio o sintió de ninguna manera.
—¿Estás de paso?
—Sí, estoy buscando mi hogar — pero no sabe en dónde está y no lo puede describir de ninguna manera. Solo recuerda escuchar el mar ¿Pero no todas las islas son así? — Pero no lo puedo encontrar.
El bastón de su mano fue arrebatado sacándole un resoplido extraño, para luego sentir como la mano que la ha traído se desliza sin poder encontrarla más. Hizo un movimiento adelante con su brazo, como si se encontrase buscando algo ¡¿Y la gente en dónde esta?!
—El dinero, necesitamos el dinero, Señorita Gwendolyn — quizás han sentido pena por lo perdida que se ve, que han decidido no seguir con ese juego. — Seguro tiene mucho por la ropa que trae ¡Además parece que le da más dinero esa gente!
Pero las ropas han sido un regalo, como todo lo que tiene. Todo ha sido de alguien más, pero llega a ella porque Dios la está cuidando ¿No? ¿Así funcionan las cosas? Así deberían ser.
—Y un trozo de cabello.
Es otro niño el que pide eso, como si le molestara algo en ella. Tal vez es su suerte, el cómo se ve o simplemente es un resentimiento que no sabe en dónde verter ¡Y ahí se encontró con la víctima perfecta!
—Oh, el dinero. — sus manos se movieron por sus ropas, buscando las monedas — No hay problema con lo que me piden — se mostró amable y predispuesta a todo lo que piden, incluso si suena a locura o una humillación — Puedo darte este mechón — es un largo trozo de cabello, que avanza desde los hombros hasta sus talones — Si es lo que quieren y les hace feliz, lo haré.
Porque todo el mundo debería sonreír.
Porque todo lo que piden no lo necesita.
Sintió un empujón, que la tiró al suelo y escuchó como los niños se pelean por lo que hacen, como si no estuviesen de acuerdo. Quizás han ido muy lejos, pero no tanto como las monedas que se han desparramado por la tierra.
—N-No hace falta que se peleen ¡P-Puedo darte más de mi cabello! Y encontraremos las monedas.
O tal vez lo que necesitan no es su cabello o dinero, sino un consuelo.
—Gracias — agradeció como siempre lo ha hecho, porque las ofrendas nunca se miran mal, eso le han enseñado en un hogar que no sabe en dónde está. Se preguntó entonces si algún día la van a encontrar — Tenga una buena tarde.
Se levantó con suavidad, alejándose de la pileta. Fueron pasos suaves en donde primero va el bastón, dando suaves golpes al piso para saber que no hay un abajo o un arriba que la vaya a tirar al piso. Aunque incluso ni muy cuidadosa es suficiente como para no terminar en el piso.
El sonido de los niños llamó su atención. No pudo ver que están mal vestidos o que tienen el pelo a mal traer. No pertenecen ahí, sino a otro sitio en la isla, pero seguramente pensaron que tendrían oportunidad porque no los puede ver. Una doncella que se ha perdido, porque no hay príncipe encantador para salvarla ¡Pero no lo necesita! Porque el mundo exterior no es tan horrible como lo pintan, al menos hasta ahora.
Escuchó las palabras de los más pequeños, halagos de lo bien que lo ha hecho cantando, que quizás podría llevar esa felicidad a otro sitio. Un lugar más apartado y no dudó en decir que sí, porque la dicha ajena es más satisfactoria que la propia.
—Iré a donde me pidan —
Su mano se encontró entonces con un guía, que la llevó por los pasillos y es cuando el paisaje cambia. Ya no es ese blanco impoluto, tampoco está limpio, pero no vio o sintió de ninguna manera.
—¿Estás de paso?
—Sí, estoy buscando mi hogar — pero no sabe en dónde está y no lo puede describir de ninguna manera. Solo recuerda escuchar el mar ¿Pero no todas las islas son así? — Pero no lo puedo encontrar.
El bastón de su mano fue arrebatado sacándole un resoplido extraño, para luego sentir como la mano que la ha traído se desliza sin poder encontrarla más. Hizo un movimiento adelante con su brazo, como si se encontrase buscando algo ¡¿Y la gente en dónde esta?!
—El dinero, necesitamos el dinero, Señorita Gwendolyn — quizás han sentido pena por lo perdida que se ve, que han decidido no seguir con ese juego. — Seguro tiene mucho por la ropa que trae ¡Además parece que le da más dinero esa gente!
Pero las ropas han sido un regalo, como todo lo que tiene. Todo ha sido de alguien más, pero llega a ella porque Dios la está cuidando ¿No? ¿Así funcionan las cosas? Así deberían ser.
—Y un trozo de cabello.
Es otro niño el que pide eso, como si le molestara algo en ella. Tal vez es su suerte, el cómo se ve o simplemente es un resentimiento que no sabe en dónde verter ¡Y ahí se encontró con la víctima perfecta!
—Oh, el dinero. — sus manos se movieron por sus ropas, buscando las monedas — No hay problema con lo que me piden — se mostró amable y predispuesta a todo lo que piden, incluso si suena a locura o una humillación — Puedo darte este mechón — es un largo trozo de cabello, que avanza desde los hombros hasta sus talones — Si es lo que quieren y les hace feliz, lo haré.
Porque todo el mundo debería sonreír.
Porque todo lo que piden no lo necesita.
Sintió un empujón, que la tiró al suelo y escuchó como los niños se pelean por lo que hacen, como si no estuviesen de acuerdo. Quizás han ido muy lejos, pero no tanto como las monedas que se han desparramado por la tierra.
—N-No hace falta que se peleen ¡P-Puedo darte más de mi cabello! Y encontraremos las monedas.
O tal vez lo que necesitan no es su cabello o dinero, sino un consuelo.
