25-09-2025, 08:20 PM
La invitación había sido clara, así como las reglas. Trabajar como cocinero para una fiesta de un rico de la parte norte de la isla, dirigir la cocina, hacer lo que le pidan, cobrar muy bien. No podía rechazar una oferta así, mucho menos viniendo de gente tan poderosa. De igual manera, no se trataban de gente irrespetuosa o egoísta, lo trataron con amabilidad y respeto durante toda la velada, sobre todo el hijo de la familia, quien había quedado fascinado con sus platillos cuando visitó la zona pobre por su cuenta y terminó almorzando en el restaurante donde trabajaba Rackham.
Tal vez le habló a sus padres sobre lo delicioso de la comida, tal vez simplemente buscaban un cocinero y fue al primero que encontraron, pero la paga era buena, el trato mejor, y tal vez conseguía algo de información sobre lo que buscaba.
No fue así. Ahora caminaba por las calles de la zona norte, tenía un pequeño viaje por delante para volver a su casa, en la zona sur, así que tampoco se encontraba apurado o desesperado. La fiesta, que ocurrió el día anterior, había terminado sin problemas, y su paga había sido grande. Le permitieron dormir por unas buenas horas en una habitación para invitados, pues habían terminado de limpiar y ordenar todo bastante tarde, pero lastimosamente no había conseguido que le dieran alojamiento cerca. Tampoco importaba mucho, preferí vivir en su horrible casa que tener que convivir con la alta sociedad, y con el gran flujo de marines que vio desde que salió del hogar de sus jefes temporales.
La gente lo miraba extrañada. Un hombre alto, con aspecto cansado, un cigarro en su boca, una katana colgando de su cinturón, su chaqueta de cuero que tan bien había sobrevivido al tiempo. Llevaba también una mochila muy simple a su espalda, no más que una tela atada con sogas para poder cerrarla, pero donde guardaba su ropa y el dinero que había ganado. No parecía pertenecer a ese lugar, no pertenecía a ese lugar, y las miradas de los demás se lo dejaban en claro.
Fue en ese momento que escuchó voces de un callejón cercano. No era alguien metiche, pero aprovechó que pasaba frente a este para echar un vistazo, y lo que vio no lo sorprendió. Un grupo de niños metiéndose con una mujer, a juzgar por sus prendas, no parecían ser de esa zona, es más… él los conocía. - ¡Ey, ustedes tres! -. Su voz resonó en las paredes del callejón, atrayendo la atención de esos muchachos. - Pensé que les había quedado claro que no debían dedicarse a estas cosas, sus madres trabajan muy duro para mantenerlos -. Caminó lentamente para acercarse a ellos.
Eran muchachos de la zona sur, de la zona donde él vive. No es raro verlos haciendo travesuras, pero más de una vez tuvieron que ser atrapados por la policía intentando estafar o robar a gente de la zona norte. Aún no comprenden lo peligroso de eso, no entienden lo mal que pueden hacerle a sus familias. - Déjenla tranquila y vuelvan a donde pertenecemos, antes de que yo mismo los cargue hasta sus casas -.
- ¿Y qué haces tú aquí, anciano? -. Solían llamarlo así, solo por el mechón blanco que caía sobre su frente. - Estoy trabajando, algo de lo que ustedes podrían aprender -. Al decir esto, dejó caer el cigarro de su boca, pisándolo y apagándolo una vez tocó el suelo. Los pequeños parecían nerviosos por verlo, pero no por eso huyeron. A Uker solo le bastó acercarse un par de metros, así como un salto, para quedar detrás de los niños, separándolos de la mujer en el suelo. Su mano derecha se movió, haciendo girar la bolsa que cargaba, golpeando en la cara a uno de los muchachos, el cual no recibió más que el golpe que recibiría al ser golpeado con una almohada, pues no había nada muy pesado dentro. - Váyanse, o no tendré problemas en entregarlos yo mismo a la policía y hablar con sus madres -. Al decir esto, su mano izquierda se posó en el mango de su katana, y esto ahuyentó a los 3 diablillos.
Suspiró, agradecido por no tener que encargarse más de esos 3. Tal vez irían a causar más problemas, pero eso no le incumbía más.
Fue en ese momento que se dio vuelta, observando a la mujer en el suelo. - Lo siento por eso, son 3 mocosos malagradecidos y… -. Lo vio, el como tocaba las cosas, el como no lo miraba directamente, ¿era ciega? - Lo siento, no te volverán a causar problemas -. Mientras le hablaba, se agachó y comenzó a recoger las monedas del suelo, para luego ofrecerle ayuda a la muchacha para levantarse, tocando suavemente su mano con la suya para que lo entendiera.
Tal vez le habló a sus padres sobre lo delicioso de la comida, tal vez simplemente buscaban un cocinero y fue al primero que encontraron, pero la paga era buena, el trato mejor, y tal vez conseguía algo de información sobre lo que buscaba.
No fue así. Ahora caminaba por las calles de la zona norte, tenía un pequeño viaje por delante para volver a su casa, en la zona sur, así que tampoco se encontraba apurado o desesperado. La fiesta, que ocurrió el día anterior, había terminado sin problemas, y su paga había sido grande. Le permitieron dormir por unas buenas horas en una habitación para invitados, pues habían terminado de limpiar y ordenar todo bastante tarde, pero lastimosamente no había conseguido que le dieran alojamiento cerca. Tampoco importaba mucho, preferí vivir en su horrible casa que tener que convivir con la alta sociedad, y con el gran flujo de marines que vio desde que salió del hogar de sus jefes temporales.
La gente lo miraba extrañada. Un hombre alto, con aspecto cansado, un cigarro en su boca, una katana colgando de su cinturón, su chaqueta de cuero que tan bien había sobrevivido al tiempo. Llevaba también una mochila muy simple a su espalda, no más que una tela atada con sogas para poder cerrarla, pero donde guardaba su ropa y el dinero que había ganado. No parecía pertenecer a ese lugar, no pertenecía a ese lugar, y las miradas de los demás se lo dejaban en claro.
Fue en ese momento que escuchó voces de un callejón cercano. No era alguien metiche, pero aprovechó que pasaba frente a este para echar un vistazo, y lo que vio no lo sorprendió. Un grupo de niños metiéndose con una mujer, a juzgar por sus prendas, no parecían ser de esa zona, es más… él los conocía. - ¡Ey, ustedes tres! -. Su voz resonó en las paredes del callejón, atrayendo la atención de esos muchachos. - Pensé que les había quedado claro que no debían dedicarse a estas cosas, sus madres trabajan muy duro para mantenerlos -. Caminó lentamente para acercarse a ellos.
Eran muchachos de la zona sur, de la zona donde él vive. No es raro verlos haciendo travesuras, pero más de una vez tuvieron que ser atrapados por la policía intentando estafar o robar a gente de la zona norte. Aún no comprenden lo peligroso de eso, no entienden lo mal que pueden hacerle a sus familias. - Déjenla tranquila y vuelvan a donde pertenecemos, antes de que yo mismo los cargue hasta sus casas -.
- ¿Y qué haces tú aquí, anciano? -. Solían llamarlo así, solo por el mechón blanco que caía sobre su frente. - Estoy trabajando, algo de lo que ustedes podrían aprender -. Al decir esto, dejó caer el cigarro de su boca, pisándolo y apagándolo una vez tocó el suelo. Los pequeños parecían nerviosos por verlo, pero no por eso huyeron. A Uker solo le bastó acercarse un par de metros, así como un salto, para quedar detrás de los niños, separándolos de la mujer en el suelo. Su mano derecha se movió, haciendo girar la bolsa que cargaba, golpeando en la cara a uno de los muchachos, el cual no recibió más que el golpe que recibiría al ser golpeado con una almohada, pues no había nada muy pesado dentro. - Váyanse, o no tendré problemas en entregarlos yo mismo a la policía y hablar con sus madres -. Al decir esto, su mano izquierda se posó en el mango de su katana, y esto ahuyentó a los 3 diablillos.
Suspiró, agradecido por no tener que encargarse más de esos 3. Tal vez irían a causar más problemas, pero eso no le incumbía más.
Fue en ese momento que se dio vuelta, observando a la mujer en el suelo. - Lo siento por eso, son 3 mocosos malagradecidos y… -. Lo vio, el como tocaba las cosas, el como no lo miraba directamente, ¿era ciega? - Lo siento, no te volverán a causar problemas -. Mientras le hablaba, se agachó y comenzó a recoger las monedas del suelo, para luego ofrecerle ayuda a la muchacha para levantarse, tocando suavemente su mano con la suya para que lo entendiera.
