27-09-2025, 07:25 AM
—La fuente de la juventud —. Agachó su cabeza y elevó sus manos apenas un poco para poder mirarlas desde arriba, aún conservan la piel tersa, firme. Siempre se ha visto más joven de lo que es, no es difícil mentirle a alguien con respecto a su edad y; sin embargo, un escalofrío lo recorre con el solo hecho de pensar en perder esa belleza tan típica de la juventud y, con ello, su fuerza y todo lo que es. Baja sus manos, la ilusión de una fuente no es tan mala, pero…Si existe un lugar como el del relato del supuesto arqueólogo, seguro sería muy codiciado y no una simple leyenda.
Suspiró y se encogió de hombros mientras veía como el flacucho parecía desilusionado; otra persona tal vez le habría dado una palmadita en el hombro como consuelo, pero el pelirosa solo lo miró con curiosidad antes de avanzar a la mesa junto con el cocinero pelinegro.
Su expresión ida no se fue ni siquiera estando sentado ya en su mesa, algo dentro del relato le hizo click, algo intentaba recordar sobre ese tema de la juventud, pero su mente ahora mismo no cooperaba y tal vez no lo haría en los próximos minutos, no cuando la voz de su compañero lo sacó de su ensoñación.
—¿Uh? Ah sí, la comida —. Le echó un vistazo rápido al menú y, para su decepción, ningún platillo tenía a las tortugas como ingredientes, una lástima porque le habría gustado probar una, ya se tendría que conformar con otra cosa. —Pulpo en salsa de coco…sí…eso estará bien para mí y un tarro así de grande —señaló una mesa cercana en donde un tipo tenía un vaso casi del tamaño de su cara —de cerveza con coco —dijo antes de entregar el menú, además de tomando una pésima decisión, después de todo, su tolerancia al alcohol no era la mejor, pero la curiosidad de probar esa bebida fue más fuerte que él.
Dejó que el otro hombre pidiera y solo cuando el mesero se retiró sintió que podía hablar en paz. —¿Sabes? No tienes que decirme Hyákinthos…sé que mi nombre es largo, además lo estas pronunciando mal —. Lo dice la persona que no puede recordar ni el nombre de quien tiene en frente. —No es “tos” es “thos”, pero no te compliques, puedes llamarme Hyak o Cherry —. Tomó un mechón de su propio cabello cuando dijo eso. —Ya sabes...por el color de mi pelo.
Apenas terminó de hablar cuando el mismo chico de antes se acercó a la mesa, sus manos estaban al frente, jugaba con sus dedos y parecía nervioso o, más bien, avergonzado. El médico alzó una ceja al verlo ahí y se aseguró de mirarlo directamente para que entendiera que le prestaba atención, pero que también le intrigaba su presencia repentina.
—Disculpen… ¿Puedo sentarme? No comeré de lo que ustedes ordenen, yo ya había pedido algo del menú, solo que estaba en esa mesa —Señaló a una mesa llena de tipos que a simple vista eran hombres del mar. —, pero alguien más llegó y ocupó mi silla.
—Jmmm…a mí no me molesta, además, así responder a la pregunta que el cocinero —Miró a Uker cuando dijo esa palabra. —te hizo antes.
El chico agradeció varias veces antes de sentarse y en ese instante, el médico supo que había metido la pata, porque vio como el muchacho tomó aire como si estuviera a punto de soltar el discurso más importante de su vida…mientras que él…él solo deseaba una comida tranquila. Le dedicó una mirada de disculpa al pelinegro justo antes de que el desconocido empezara a hablar.
—Verás —El arqueólogo miró al cocinero directamente. —, la fauna y flora de la isla no funcionan como la que conocemos, sí se reproducen, pero su libido no es tan alto como el del resto de las especies, así que la población de la isla se mantiene controlada, eso sí…de todos modos los animales necesitan comer, así que los herbívoros comen de esos árboles que siempre dan fruto y los carnívoros se alimentan de otros animales, incluso necesitan beber agua y ahí está el secreto…se dice que en el centro de la isla hay una fuente que alimenta el resto de núcleos de agua de la isla, es el agua de esa fuente la que hace que todo sea imperecedero en la isla. Se dice que quien beba al menos un sorbo de esa agua, podrá ser inmortal —. Terminó su discurso con una sonrisa en la cara.
—¿Y si la isla es real por qué los ricos no han puesto sus manos sobre ella? O el gobierno —Para su propia sorpresa, el pelirosa terminó escuchando todo con interés, más que nada porque si un sitio como ese resultaba ser real, las oportunidades de investigación médica serían infinitas. —… ¿Si quiera hay pruebas de su existencia?
El muchacho contuvo el aliento por unos segundos, como si hubiera estado esperando toda su vida a que alguien le preguntara eso. —¡Es bueno que preguntes! Sí, he reunido apuntes de varias islas, mapas, diarios, bitácoras de antiguos exploradores…bueno…esas las he estudiado y copiado para conservarlas, además, mi bisabuelo y mi abuelo también hicieron su investigación…
—Entonces ¿La locura viene de familia?
—¡No es una locura! Tenemos documentos genuinos de que antiguamente llegaron a ese lugar…de hecho, estoy organizando un grupo de exploradores para lanzarnos a buscar la fuente… ¿Alguno de ustedes quisiera unirse? No parecen de por aquí de todos modos, así que asumiré que son viajeros…
El médico sonrío ampliamente al escucharlo, sí que parecía decidido a encontrar ese sitio perdido entre las leyendas que se esparcen de boca en boca, una fantasía.
—No, gracias, ni siquiera sé quién eres…
—Soy Otto Hart…
—Mucho gusto, soy Hyákinthos...pero presentarnos no cambia nada. De todos modos ¿Tan empeñado estas en buscar la juventud eterna? —El pelirosa ladeó su cabeza. “Juventud” es la única palabra que le interesa de todo el discurso, pero no se arriesgaría a perderse en el océano por algo que podría conseguir con ciencia. —…Inmortalidad…Jmmm… ¡Medusas! —El médico chasqueó sus dedos, como si el pensar en esos animalitos lo hubiera iluminado de repente. —No tienes que aventurarte a sitios peligroso para encontrar la inmortalidad, hay un tipo de medusa que es capaz de regenerar su ciclo vital, cuando se enfrenta a situaciones de riesgo baja a las profundidades para empezar un proceso llamado “desarrollo reverso”, es decir, es capaz de volver a una etapa juvenil…Con eso empieza su vida de “cero”, además, puede repetir ese proceso cuantas veces quiera, así que si te interesa la inmortalidad…tal vez necesites a alguien que investigue como podría hacer que el material genético de esa medusa pueda usarse en humanos —. Volvió a mirar sus manos al terminar de hablar como si sus propias palabras lo hubieran hecho entender que tal vez él mismo podría encargarse de ese miedo a envejecer. ¿Qué tan demente sería si quisiera investigar algo como eso?
Sin embargo, lejos de que el otro chico se emocionara, movió su cabeza de lado a lado, como si la idea le resultara nefasta. —No, no, no…no estoy interesado realmente en la inmortalidad.
—¿Ah? ¿Entonces por qué la obsesión?
—Solo quiero encontrar un lugar único…un sitio ancestral que no ha sido pisado por ningún humano en siglos…es mero interés arqueológico.
El pelirosa suspiró, apoyó sus codos en la mesa y su mentón sobre uno de sus puños. Murió ahí su interés, si no había un interés de su área científica, no le interesaba escuchar más sobre esa historia, incluso se lamentó tener que compartir mesa con alguien más que no fuera el cocinero pelinegro.
—Perdón —. Movió sus labios para que el otro pudiera leerlos y entendiera que se disculpaba por haber aceptado que el rarito se sentara con ellos.
