27-09-2025, 01:47 PM
El murmullo del viento entre los árboles era el único sonido que acompañaba mis pasos. Me había mantenido en los alrededores de la ciudad, no por miedo ni por recelo, sino por respeto a quienes vivían dentro de esas murallas improvisadas. Había visto demasiado del mundo como para ignorar las señales, casas deterioradas, calles desiguales, un aire de cansancio en los ojos de la gente. Allí dentro había sufrimiento, pero también orgullo y yo, como forastero, no debía irrumpir a la ligera.
Fue entonces cuando lo vi otra vez, la figura de Kelvin, imponente incluso desde la distancia, sentado como un guardián silencioso frente al horizonte, el gigante no necesitaba hablar mucho para que su sola presencia hablara por él. Había conocido pocos seres con un corazón tan claro, alguien que, pese a su tamaño y la facilidad que tendría para imponerse por la fuerza, prefería la calma y la prudencia, eso, más que cualquier discurso, era lo que me inspiraba respeto, me acerqué despacio, asegurando que mis pisadas no delataran prisa alguna.
—Parece que el cielo te tiene cautivo hoy —murmuré al llegar a su lado, con mi voz grave, tranquila.
Me detuve a unos pasos, tomé asiento en el suelo y apoyé la katana sobre mis piernas. El metal, marcado por cicatrices de batallas pasadas, parecía un espejo roto del sol que se ocultaba, el silencio se alargó un poco, pero no lo volví a interrumpir de inmediato. He aprendido que hay silencios que pesan más que mil palabras, y forzarlos es como quebrar el hilo de un arco demasiado tenso.
—Esta isla respira heridas abiertas —dije tras un largo silencio —Pero también late la esperanza. Se siente en los niños que juegan en callejones rotos, en los ancianos que aún sonríen pese a la penuria, es curioso, lo llaman debilidad, cuando en realidad es su fuerza. —Me permití una breve risa seca, casi un suspiro, no esperé respuesta. No la necesitaba. Mis palabras eran para mí tanto como para cualquiera que las quisiera escuchar. Cerré los ojos un momento, inhalando profundo, la brisa jugaba con mi cabello anaranjado, y por un instante imaginé que era la voz de mi maestro hablándome otra vez.
—Quizás el destino quiso reunirnos aquí, cos forasteros con armas distintas, pero con un mismo juramento. Si el mundo va a cambiar, será con hombres como tú y con quienes aún no hemos conocido. — El viento sopló fuerte entonces, alzando mi cabello anaranjado. Lo interpreté como un presagio, permanecí allí, a su lado, observando el horizonte. Protector en silencio, como me había enseñado aquel hombre en mi pasado.
Fue entonces cuando lo vi otra vez, la figura de Kelvin, imponente incluso desde la distancia, sentado como un guardián silencioso frente al horizonte, el gigante no necesitaba hablar mucho para que su sola presencia hablara por él. Había conocido pocos seres con un corazón tan claro, alguien que, pese a su tamaño y la facilidad que tendría para imponerse por la fuerza, prefería la calma y la prudencia, eso, más que cualquier discurso, era lo que me inspiraba respeto, me acerqué despacio, asegurando que mis pisadas no delataran prisa alguna.
—Parece que el cielo te tiene cautivo hoy —murmuré al llegar a su lado, con mi voz grave, tranquila.
Me detuve a unos pasos, tomé asiento en el suelo y apoyé la katana sobre mis piernas. El metal, marcado por cicatrices de batallas pasadas, parecía un espejo roto del sol que se ocultaba, el silencio se alargó un poco, pero no lo volví a interrumpir de inmediato. He aprendido que hay silencios que pesan más que mil palabras, y forzarlos es como quebrar el hilo de un arco demasiado tenso.
—Esta isla respira heridas abiertas —dije tras un largo silencio —Pero también late la esperanza. Se siente en los niños que juegan en callejones rotos, en los ancianos que aún sonríen pese a la penuria, es curioso, lo llaman debilidad, cuando en realidad es su fuerza. —Me permití una breve risa seca, casi un suspiro, no esperé respuesta. No la necesitaba. Mis palabras eran para mí tanto como para cualquiera que las quisiera escuchar. Cerré los ojos un momento, inhalando profundo, la brisa jugaba con mi cabello anaranjado, y por un instante imaginé que era la voz de mi maestro hablándome otra vez.
—Quizás el destino quiso reunirnos aquí, cos forasteros con armas distintas, pero con un mismo juramento. Si el mundo va a cambiar, será con hombres como tú y con quienes aún no hemos conocido. — El viento sopló fuerte entonces, alzando mi cabello anaranjado. Lo interpreté como un presagio, permanecí allí, a su lado, observando el horizonte. Protector en silencio, como me había enseñado aquel hombre en mi pasado.
