27-09-2025, 02:53 PM
Stroud subió las escaleras con cierta lentitud, pero con la firmeza que lo caracterizaba, resoplando en silencio y limpiándose el hollín de la cara. Podía sentir cómo la casa se estremecía incluso ante la voz del gigante, que parecía tener la capacidad de tambalear la estructura con solo hablar. Pese a haber rescatado a la familia y haber controlado, más o menos, el incendio del sótano, la situación no dejaba de ser crítica, y el Marine era consciente de que en cuestión de minutos él y toda su división podrían estar enterrados en escombros. Tal vez su fruta le fuese de ayuda... o no. Aún no había tenido oportunidad de ponerla a prueba en una situación de verdadero estrés, por lo que no sabía hasta qué punto podía confiar en aquellas habilidades.
Justo mientras subía los peldaños en dirección a la destrozada cocina, Stroud oyó un pequeño chisporroteo proveniente del sótano que acababa de abandonar, y que reconoció al instante. Se llevó una mano a la sien, conteniendo un suspiro. Lamentablemente, aquel no era el tipo de problema que se podía solucionar como a él le hubiera gustado. Ni siquiera tuvo que oír las indicaciones de Bertram para saber que aún le quedaba trabajo por hacer allí abajo. Serio, como de costumbre, asintió con la cabeza. "Ya me ocupo," se limitó a decir, girando sobre sí mismo y volviendo a bajar aquellos dichosos peldaños, con cuidado de no resbalar con los numerosos ripios y los trocitos de yeso que se agolpaban sobre la madera. El fuego no sería el único problema con el que lidiar.
Un brillo rojizo iluminaba el denso humo que empezaba a acumularse bajo el techo del sótano. Bajo trozos y astillas procedentes de una de las vigas medio derruidas, unas minúsculas brasas incandescentes se habían esparcido por el suelo y empezado a producir pequeñas llamas que, come lenguas, se iban esparciendo por cuanta madera encontraban a su alrededor. Por las paredes, agujero, rendijas y grietas dejaban entrar chorros de aire gélido que no hacían sino alimentar el fuego, que, una vez más, comenzaba a crecer. El aire se encontraba repleto aún de ceniza en suspensión, que picaba en los ojos y la gargante del Marine. Aquí y allá, había harapos y mantas empapadas ya a medio chamuscar, con bordes humeantes que desprendían un espantoso olor a lana quemada. Stroud pateó el barril más cercano a las llamas, y que podía prender con más facilidad, echándolo a un lado y alejándolo del calor.
Ignorando las llamas por un momento, se aproximó a una de las rendijas de la pared, que daba casi a nivel de la calle, desde la cual vio cómo algunos vecinos se agolpaban en torno al edificio mientras un par de reclutas establecían un perímetro de seguridad como buenamente podían. Stroud llamó la atención del pequeño grupo de civiles con gestos, pero sin llegar a gritar. "Por favor, respeten el perímetro de seguridad y dispérsense," indicó con autoridad, "la situación es crítica y la presencia de más factores de estrés puede empeorarlo todo." Factores de estrés, ¿cómo se le había ocurrido eso? "Es importantísimo que no griten ni produzcan más sobresalto del estrictamente necesario. La Marina está trabajando en ello, déjennos actuar. Si quieren ayudar, atiendan a la familia Korolev. Es una situación crítica: quien se pase de ruidoso o se salte el perímetro de seguridad será procesado en juicio militar," afirmó con gravedad.
Encogiendo los hombros frente a lo que él mismo acababa de decir, volvió a centrar su atención en el sótano. Esta vez, tenía que asegurarse de solucionar el problema en condiciones. Se llevó la mano al mentón, pensando por un momento, mientras susagudos ojos oscuros se deslizaban por toda la estancia, analizando las posibilidades. Al cabo de unos instantes, caminó con seguridad hacia los múltiples trozos de lona, esparto y arpillera que descansaban por el suelo y las esquinas del sótano, acumulándolas bajo su brazo. En todo momento, mantuvo vigiladas las llamas asegurándose de actuar antes de que se esparcieran por encima de lo que pudiese controlar, moviéndose con firmeza pero con presteza. Una vez más, se dirigió a los montículos de nieve encharcada y hollín que se formaban bajo las grietas, empapando cuanto trozo de tela pudo encontrar. Debía darse prisa. A continuación, analizó las paredes y el techo, buscando cuanta grieta hubiese por la que pudiese estar colándose el aire: era fundamental limitar el oxígeno entrante, acabar con cualquier fuente de aire extra que pudiese alimentar las llamas. Una por una, fue encontrando cada grieta y taponándola con trozos de tela empapados y sucios. Sentía que se le congelaban los dedos, pero debía ignorar la sensación. Al cabo de unos minutos, el poco aire del exterior que lograba entrar en aquel sótano no lo hacía sino filtrado por una capa de humedad.
El siguiente paso sería, evidentemente, ocuparse del fuego en sí. Stroud se aproximó a la fuente de las llamas. Las brasas habían crecido ligeramente, pero la enorme humedad que se empezaba a formar en el ambiente había hecho que no se saliesen de control. Ahora, no quedaba más que repetir la técnica: agarró la misma lona de arpillera que antes, aún empapada, y cubrió las brasas que quedaban con el tejido, pisoteándolo y permitiendo que los escoldos silbasen y se ahogasen bajo su bota. Al cabo de unos minutos, se hizo el silencio más absoluto en el sótano. Stroud suspiró, aliviado.
Mientras subía los peldaños de vuelta hacia la cocina, se le ocurrió una idea. Esbozó una media sonrisa, justo cuando empezaba a ver a Imai y Bertram, y sacó un Den Den Mushi de su bolsillo, fingiendo coger una llamada: "Berep berep berep, berep berep berep... Gacha. ¿Sí, Coronel?," inquirió, haciendo como que hablaba con alguien al otro lado de la línea. "Ah, sí, el Premio al Cocinero del Año," afirmó, asintiendo con la cabeza y asegurándose de que Pixie oyese cuanto decía en pretendida discreción. "Sargento Bertram, me informan de que van a nominar a Pixie al Premio del Cocinero del Año, pero que se está portando muy mal." Observó a sus compañeros, esperando que entendiesen qué intentaba hacer. ¿Y si funcionaba?
Justo mientras subía los peldaños en dirección a la destrozada cocina, Stroud oyó un pequeño chisporroteo proveniente del sótano que acababa de abandonar, y que reconoció al instante. Se llevó una mano a la sien, conteniendo un suspiro. Lamentablemente, aquel no era el tipo de problema que se podía solucionar como a él le hubiera gustado. Ni siquiera tuvo que oír las indicaciones de Bertram para saber que aún le quedaba trabajo por hacer allí abajo. Serio, como de costumbre, asintió con la cabeza. "Ya me ocupo," se limitó a decir, girando sobre sí mismo y volviendo a bajar aquellos dichosos peldaños, con cuidado de no resbalar con los numerosos ripios y los trocitos de yeso que se agolpaban sobre la madera. El fuego no sería el único problema con el que lidiar.
Un brillo rojizo iluminaba el denso humo que empezaba a acumularse bajo el techo del sótano. Bajo trozos y astillas procedentes de una de las vigas medio derruidas, unas minúsculas brasas incandescentes se habían esparcido por el suelo y empezado a producir pequeñas llamas que, come lenguas, se iban esparciendo por cuanta madera encontraban a su alrededor. Por las paredes, agujero, rendijas y grietas dejaban entrar chorros de aire gélido que no hacían sino alimentar el fuego, que, una vez más, comenzaba a crecer. El aire se encontraba repleto aún de ceniza en suspensión, que picaba en los ojos y la gargante del Marine. Aquí y allá, había harapos y mantas empapadas ya a medio chamuscar, con bordes humeantes que desprendían un espantoso olor a lana quemada. Stroud pateó el barril más cercano a las llamas, y que podía prender con más facilidad, echándolo a un lado y alejándolo del calor.
Ignorando las llamas por un momento, se aproximó a una de las rendijas de la pared, que daba casi a nivel de la calle, desde la cual vio cómo algunos vecinos se agolpaban en torno al edificio mientras un par de reclutas establecían un perímetro de seguridad como buenamente podían. Stroud llamó la atención del pequeño grupo de civiles con gestos, pero sin llegar a gritar. "Por favor, respeten el perímetro de seguridad y dispérsense," indicó con autoridad, "la situación es crítica y la presencia de más factores de estrés puede empeorarlo todo." Factores de estrés, ¿cómo se le había ocurrido eso? "Es importantísimo que no griten ni produzcan más sobresalto del estrictamente necesario. La Marina está trabajando en ello, déjennos actuar. Si quieren ayudar, atiendan a la familia Korolev. Es una situación crítica: quien se pase de ruidoso o se salte el perímetro de seguridad será procesado en juicio militar," afirmó con gravedad.
Encogiendo los hombros frente a lo que él mismo acababa de decir, volvió a centrar su atención en el sótano. Esta vez, tenía que asegurarse de solucionar el problema en condiciones. Se llevó la mano al mentón, pensando por un momento, mientras susagudos ojos oscuros se deslizaban por toda la estancia, analizando las posibilidades. Al cabo de unos instantes, caminó con seguridad hacia los múltiples trozos de lona, esparto y arpillera que descansaban por el suelo y las esquinas del sótano, acumulándolas bajo su brazo. En todo momento, mantuvo vigiladas las llamas asegurándose de actuar antes de que se esparcieran por encima de lo que pudiese controlar, moviéndose con firmeza pero con presteza. Una vez más, se dirigió a los montículos de nieve encharcada y hollín que se formaban bajo las grietas, empapando cuanto trozo de tela pudo encontrar. Debía darse prisa. A continuación, analizó las paredes y el techo, buscando cuanta grieta hubiese por la que pudiese estar colándose el aire: era fundamental limitar el oxígeno entrante, acabar con cualquier fuente de aire extra que pudiese alimentar las llamas. Una por una, fue encontrando cada grieta y taponándola con trozos de tela empapados y sucios. Sentía que se le congelaban los dedos, pero debía ignorar la sensación. Al cabo de unos minutos, el poco aire del exterior que lograba entrar en aquel sótano no lo hacía sino filtrado por una capa de humedad.
El siguiente paso sería, evidentemente, ocuparse del fuego en sí. Stroud se aproximó a la fuente de las llamas. Las brasas habían crecido ligeramente, pero la enorme humedad que se empezaba a formar en el ambiente había hecho que no se saliesen de control. Ahora, no quedaba más que repetir la técnica: agarró la misma lona de arpillera que antes, aún empapada, y cubrió las brasas que quedaban con el tejido, pisoteándolo y permitiendo que los escoldos silbasen y se ahogasen bajo su bota. Al cabo de unos minutos, se hizo el silencio más absoluto en el sótano. Stroud suspiró, aliviado.
Mientras subía los peldaños de vuelta hacia la cocina, se le ocurrió una idea. Esbozó una media sonrisa, justo cuando empezaba a ver a Imai y Bertram, y sacó un Den Den Mushi de su bolsillo, fingiendo coger una llamada: "Berep berep berep, berep berep berep... Gacha. ¿Sí, Coronel?," inquirió, haciendo como que hablaba con alguien al otro lado de la línea. "Ah, sí, el Premio al Cocinero del Año," afirmó, asintiendo con la cabeza y asegurándose de que Pixie oyese cuanto decía en pretendida discreción. "Sargento Bertram, me informan de que van a nominar a Pixie al Premio del Cocinero del Año, pero que se está portando muy mal." Observó a sus compañeros, esperando que entendiesen qué intentaba hacer. ¿Y si funcionaba?

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