27-09-2025, 09:54 PM
Algunos sueños presagian. Se muestran como un oráculo, una imagen inspirada por el dios en el que creas, y se moldean igual que un instrumento al soplo de quien lo mueve. Otros, en cambio, son simples imágenes de lo que deseamos ver y, unos pocos, la liberación del buen salvaje que todo ser guarda en su fuero interno.
Pero para quien se encuentre a medio camino de recuperar el sueño —como Bai, al sentir el movimiento del gato— sueño y realidad se mezclan con una fuerza que puede llegar a asustar. O, ¿acaso tú, lector, nunca has confundido una silueta con un intruso en ese estado de somnolencia? Sin embargo, el verdadero problema no es ese estado de inconsciencia, sino la ignorancia de lo que somos y deseamos: el rechazo del saber que solo se despliega ante la meditación nocturna.
De no ser así, de haberse conocido más, Mudan sabría que ya había comenzado esa época en la que empezaba a entrar en un mar de deseos latentes no actualizados, donde eróticas olas se forman en alta mar para ser invisibles desde la orilla. Sueños sexuales que están ahí, formándose en la profundidad marina del inconsciente y que jamás alcanzarán la playa de la conciencia; no se recuerdan, ni se mueven por la arena del cuerpo para reflejarse físicamente. Una época que, con los días, convergería en una marea hormonal cargada de eróticas olas que sí llegan a la orilla y son recordadas y sentidas en cuerpo y mente.
Y entonces habría sabido que la peligrosidad del onirismo real era palpable, pero que, sobre todo, a quien sentía en ese momento a su lado no era el gato, sino lo que representaba ese lunarian para ella: una resolución simple al conflicto de la soledad. Pues, al fin y al cabo, era la única persona que, pese a la dificultad del idioma, estaba siempre ahí.
Para ese momento, para cuando los peligros ya habían emergido en forma de un animal que se escabullía hacia lugares más cálidos, un murmullo se escapó de entre sus labios. No era una frase, ni siquiera una palabra. Era un intento de pronunciar: —¿A dónde vas?—. Pero, como habrás advertido, no pudo pronunciarlo correctamente. Sintiendo su pecho tenso —y habiéndolo sensible—, una sensación ligera, un roce que no era sexual, algo deslizándose suavemente por su pecho, la hizo vacilar.
Y si no hubiera sido porque sabía que estaba sola, quizás hubiera pensado en el hombre que recientemente siempre la acompañaba: en ese rostro salvaje y pérfido, en esos ojos sibilinos y su cuerpo fornido. Ante este pensamiento, la mujer se removió, apretando los muslos y sintiendo cómo el calor del gato descendía hacia su vientre, que ahora parecía tan ardiente como las calderas del infierno.
Bajo la mano, buscó al animal a ciegas y lo acarició.
Entonces recordó sus manos, grandes y encallecidas; sus brazos venosos, sus piernas atléticamente moldeadas y… volvió a apretar los muslos mientras sentía que desde su interior se deslizaba su libidinosidad.
Quizás, por eso, el sueño —o al menos el intento— se vio truncado. Porque, entonces, lo recordó: aquel gato no podía ser otra cosa que el hombre y, si lo era, posiblemente debía haber notado su estado alterado.
—Dong —dijo, siendo esta lo único que el otro podía entender, aparte del propio nombre de Bai. —Dong… —Volvió a llamarle, dándole unos suaves golpecitos en el cuerpo.
No, no lo quería ahí. Y no, no estaba molesta —pues no puede uno estarlo cuando el sueño es quien habla por ti. Lo único que deseaba era que saliera de allí para poder evitar hacerle saber lo que en su cuerpo estaba ocurriendo.
Pero para quien se encuentre a medio camino de recuperar el sueño —como Bai, al sentir el movimiento del gato— sueño y realidad se mezclan con una fuerza que puede llegar a asustar. O, ¿acaso tú, lector, nunca has confundido una silueta con un intruso en ese estado de somnolencia? Sin embargo, el verdadero problema no es ese estado de inconsciencia, sino la ignorancia de lo que somos y deseamos: el rechazo del saber que solo se despliega ante la meditación nocturna.
De no ser así, de haberse conocido más, Mudan sabría que ya había comenzado esa época en la que empezaba a entrar en un mar de deseos latentes no actualizados, donde eróticas olas se forman en alta mar para ser invisibles desde la orilla. Sueños sexuales que están ahí, formándose en la profundidad marina del inconsciente y que jamás alcanzarán la playa de la conciencia; no se recuerdan, ni se mueven por la arena del cuerpo para reflejarse físicamente. Una época que, con los días, convergería en una marea hormonal cargada de eróticas olas que sí llegan a la orilla y son recordadas y sentidas en cuerpo y mente.
Y entonces habría sabido que la peligrosidad del onirismo real era palpable, pero que, sobre todo, a quien sentía en ese momento a su lado no era el gato, sino lo que representaba ese lunarian para ella: una resolución simple al conflicto de la soledad. Pues, al fin y al cabo, era la única persona que, pese a la dificultad del idioma, estaba siempre ahí.
Para ese momento, para cuando los peligros ya habían emergido en forma de un animal que se escabullía hacia lugares más cálidos, un murmullo se escapó de entre sus labios. No era una frase, ni siquiera una palabra. Era un intento de pronunciar: —¿A dónde vas?—. Pero, como habrás advertido, no pudo pronunciarlo correctamente. Sintiendo su pecho tenso —y habiéndolo sensible—, una sensación ligera, un roce que no era sexual, algo deslizándose suavemente por su pecho, la hizo vacilar.
Y si no hubiera sido porque sabía que estaba sola, quizás hubiera pensado en el hombre que recientemente siempre la acompañaba: en ese rostro salvaje y pérfido, en esos ojos sibilinos y su cuerpo fornido. Ante este pensamiento, la mujer se removió, apretando los muslos y sintiendo cómo el calor del gato descendía hacia su vientre, que ahora parecía tan ardiente como las calderas del infierno.
Bajo la mano, buscó al animal a ciegas y lo acarició.
Entonces recordó sus manos, grandes y encallecidas; sus brazos venosos, sus piernas atléticamente moldeadas y… volvió a apretar los muslos mientras sentía que desde su interior se deslizaba su libidinosidad.
Quizás, por eso, el sueño —o al menos el intento— se vio truncado. Porque, entonces, lo recordó: aquel gato no podía ser otra cosa que el hombre y, si lo era, posiblemente debía haber notado su estado alterado.
—Dong —dijo, siendo esta lo único que el otro podía entender, aparte del propio nombre de Bai. —Dong… —Volvió a llamarle, dándole unos suaves golpecitos en el cuerpo.
No, no lo quería ahí. Y no, no estaba molesta —pues no puede uno estarlo cuando el sueño es quien habla por ti. Lo único que deseaba era que saliera de allí para poder evitar hacerle saber lo que en su cuerpo estaba ocurriendo.
