28-09-2025, 07:37 PM
El sol apenas comenzaba a descender cuando Moja emprendió el camino hacia el interior de la isla. Había salido con antelación, como siempre hacía: la puntualidad y la preparación eran su forma de mostrar respeto a la Marina y a sus superiores. El sendero lo condujo a través de un bosque frondoso, donde el aire era más fresco y húmedo que en la costa. Cada paso crujía sobre hojas secas y ramas, un sonido que se mezclaba con el canto lejano de los pájaros y el zumbido de los insectos. Moja avanzaba en silencio, el uniforme de la Marina ajustado y en perfecto orden, como si hasta la naturaleza misma respetara su presencia. Sus ojos dorados no dejaban de recorrer el entorno: notaba el rastro de pequeños animales, el movimiento rápido de una ardilla que saltaba entre ramas, el olor terroso de la madera húmeda. Todo lo absorbía, todo lo registraba, porque en su mente no existía la idea de “simple caminata”: cada trayecto era una vigilancia, cada detalle podía significar un peligro oculto.
El sendero se estrechó un poco antes de abrirse en un claro. Allí, la espesura se apartaba para formar un círculo natural de tierra firme, rodeado de árboles altos que dejaban filtrar haces de luz dorada entre las copas. El lugar estaba en calma, pero Moja no se fiaba de esa calma; había aprendido demasiado pronto en la vida que el silencio a menudo ocultaba más de lo que mostraba. Se detuvo un instante en el borde del claro, respirando hondo, dejándose envolver por los sonidos del bosque. El viento agitaba suavemente las hojas, pero debajo de ese rumor constante se escondían variaciones: un crujido en la maleza, un destello de sombra, el olor metálico que no encajaba con la frescura del entorno.
Con la misma paciencia que siempre lo caracterizaba, Moja cruzó el claro y se apoyó contra el tronco de un roble grande, desde donde tenía buena visibilidad del sendero por el que debía llegar el mensajero. Allí aguardó, erguido, la cola moviéndose lentamente de un lado a otro, como un depredador que mide su territorio. Y fue en ese instante, cuando su respiración se acompasó con la del bosque, que percibió el ritmo constante de pasos a lo lejos. No eran pasos torpes ni nerviosos: eran firmes, medidos, el avance de alguien acostumbrado al bosque. Moja alzó la vista hacia el sendero, y entre las sombras del follaje comenzó a distinguir la silueta del hombre de cabello rojo.
El sendero se estrechó un poco antes de abrirse en un claro. Allí, la espesura se apartaba para formar un círculo natural de tierra firme, rodeado de árboles altos que dejaban filtrar haces de luz dorada entre las copas. El lugar estaba en calma, pero Moja no se fiaba de esa calma; había aprendido demasiado pronto en la vida que el silencio a menudo ocultaba más de lo que mostraba. Se detuvo un instante en el borde del claro, respirando hondo, dejándose envolver por los sonidos del bosque. El viento agitaba suavemente las hojas, pero debajo de ese rumor constante se escondían variaciones: un crujido en la maleza, un destello de sombra, el olor metálico que no encajaba con la frescura del entorno.
Con la misma paciencia que siempre lo caracterizaba, Moja cruzó el claro y se apoyó contra el tronco de un roble grande, desde donde tenía buena visibilidad del sendero por el que debía llegar el mensajero. Allí aguardó, erguido, la cola moviéndose lentamente de un lado a otro, como un depredador que mide su territorio. Y fue en ese instante, cuando su respiración se acompasó con la del bosque, que percibió el ritmo constante de pasos a lo lejos. No eran pasos torpes ni nerviosos: eran firmes, medidos, el avance de alguien acostumbrado al bosque. Moja alzó la vista hacia el sendero, y entre las sombras del follaje comenzó a distinguir la silueta del hombre de cabello rojo.
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
