29-09-2025, 10:55 PM
Una gota de sudor baja por mi frente. No es la primera de hoy, pues la humedad en la selva hace que el calor típico de esta época del año sea aún peor. Más angustiante, tanto que el aire parece no querer entrar en los pulmones. Sin embargo, hoy ha sido un buen día. Las ruinas sobre las que tanto he leído en los libros que me trajo la señora Widmar a la tienda no se han dignado a aparecer. Aún no. Pero si que he encontrado unas piedras antiguas, talladas con símbolos que no se interpretar, pero que no cabe duda fueron hechas por manos hábiles. Tal vez unas runas mágicas para rituales, o tal vez, algún tipo de extraña moneda arcaica. Sea lo que sea, me hace saber que hubo gente habitando estás selvas siglos atrás.
Mis pasos continúan firmes, con la seguridad de quien cree estar en el salón de su casa, olvidando mi habitual sigilo, ese en el que me encuentro tan cómodo, el que me aparta del camino de matones y hombres con oscuras intenciones. Mis pensamientos solo están en las tallas que llevo en mi mochila, en las posibilidades de estudio que se abren para mí, hasta que escucho una voz. Como por instinto, doy un par de pasos para buscar la cobertura de un árbol y pongo atención.
Parece tratarse de una joven que pide ayuda. Algo sobre haberse quedado atrapada. La dulzura de su voz me hace abandonar mi recelo y comienzo a asomar mi cabeza desde detrás del tronco. Y es cuando puedo verla. Ha sido atrapada por una glicina abrazadora y ahora cuelga de una de sus ramas. Por las manchas de su vestido diría que lleva días andando por la selva. No sé si es por verla en esa situación tan indefensa, o por la forma en que pide ayuda, que salgo de mi escondite olvidando mi habitual desconfianza. no puede tratarse de una trampa, verdad?
-Señorita, tranquila -digo con voz calmada, a la vez que muestro las palmas de mis manos, en un claro gesto que ruega confianza-. Ha quedado atrapada en una enredadera. Una muy especial; cuanto más se agita su presa, más se ciñe a ella. Por suerte, nunca vengo a la selva sin mis agujas.
Llevo mi mano al lateral de mi cadera y agarro una de mis agujas. Mis movimientos son lentos, ya que no quiero asustar a la chica y que piense que soy peligroso. Lo mío son los robos, y en la oscuridad, a ser posible. Lanzo mi aguja con fuerza y corto las ramas que se han ido agarrando con fuerza a sus extremidades. Veo como la chica comienza a caer y mi impulso por atraparla se ve frenado de golpe por la idea del contacto de su cuerpo sobre mi piel. Quién sabe las bacterias que llevará encima? Parece estar muy sucia. Salto hasta la rama del árbol para recuperar mi aguja y me dejo caer con sutileza al suelo de nuevo.
-Está bien, señorita? Parece llevar días perdida por la selva. Sí necesita volver a la ciudad podría indicarle cómo llegar.
En ese momento, mi mente vuelve a su estado natural. Tal vez su voz no era más que un embrujo, o una de esas maldiciones de las que me hablaba mi padre. No sé si fue al oírla o al verla, pero mi desconfianza se esfumó. Sí quiere indicaciones se las daré, pero no pienso acompañarla. Se muy bien como acaban estás cosas en la ciudad. Te apartan de la vista y luego... Varios matones te saltan encima.
Mis pasos continúan firmes, con la seguridad de quien cree estar en el salón de su casa, olvidando mi habitual sigilo, ese en el que me encuentro tan cómodo, el que me aparta del camino de matones y hombres con oscuras intenciones. Mis pensamientos solo están en las tallas que llevo en mi mochila, en las posibilidades de estudio que se abren para mí, hasta que escucho una voz. Como por instinto, doy un par de pasos para buscar la cobertura de un árbol y pongo atención.
Parece tratarse de una joven que pide ayuda. Algo sobre haberse quedado atrapada. La dulzura de su voz me hace abandonar mi recelo y comienzo a asomar mi cabeza desde detrás del tronco. Y es cuando puedo verla. Ha sido atrapada por una glicina abrazadora y ahora cuelga de una de sus ramas. Por las manchas de su vestido diría que lleva días andando por la selva. No sé si es por verla en esa situación tan indefensa, o por la forma en que pide ayuda, que salgo de mi escondite olvidando mi habitual desconfianza. no puede tratarse de una trampa, verdad?
-Señorita, tranquila -digo con voz calmada, a la vez que muestro las palmas de mis manos, en un claro gesto que ruega confianza-. Ha quedado atrapada en una enredadera. Una muy especial; cuanto más se agita su presa, más se ciñe a ella. Por suerte, nunca vengo a la selva sin mis agujas.
Llevo mi mano al lateral de mi cadera y agarro una de mis agujas. Mis movimientos son lentos, ya que no quiero asustar a la chica y que piense que soy peligroso. Lo mío son los robos, y en la oscuridad, a ser posible. Lanzo mi aguja con fuerza y corto las ramas que se han ido agarrando con fuerza a sus extremidades. Veo como la chica comienza a caer y mi impulso por atraparla se ve frenado de golpe por la idea del contacto de su cuerpo sobre mi piel. Quién sabe las bacterias que llevará encima? Parece estar muy sucia. Salto hasta la rama del árbol para recuperar mi aguja y me dejo caer con sutileza al suelo de nuevo.
-Está bien, señorita? Parece llevar días perdida por la selva. Sí necesita volver a la ciudad podría indicarle cómo llegar.
En ese momento, mi mente vuelve a su estado natural. Tal vez su voz no era más que un embrujo, o una de esas maldiciones de las que me hablaba mi padre. No sé si fue al oírla o al verla, pero mi desconfianza se esfumó. Sí quiere indicaciones se las daré, pero no pienso acompañarla. Se muy bien como acaban estás cosas en la ciudad. Te apartan de la vista y luego... Varios matones te saltan encima.
