30-09-2025, 08:59 AM
Veo como la chica cae a mis pies. No en sentido figurado, sino en el sentido más literal, como si se tratase de un peso muerto. Mi desconfianza me impide acercarme, aunque he de reconocer que la manera en que aplaude y celebra el haber sido liberada hace que mi cuerpo se relaje, mis músculos perdiendo la tensión que adquieren cuando me pongo alerta. Parece no desconcertada, sin saber cuánto tiempo lleva perdida. Aunque su aspecto da a entender otra cosa, por su torpeza tal vez solo lleve horas en esta selva.
—Disculpe. No sé el tiempo que lleva en la selva. Es solo que por su ropa tan manchada... —la miro con detenimiento, como si la estuviera examinando—. ¿Y dice que ha venido usted sola? La selva es peligrosa si no se conoce.
Sacudo el ala de mi sombrero y lo ciño a mi cabeza. No porque se me hubiera manchado ni fuese a caerse, aunque poco me dolería más que perder mi sombrero. No, mi gesto no lleva más que la intención de presumir y hacerme valer como explorador. La chica continúa con sus explicaciones acerca de como intentaba orientarse por la selva, mientras yo me mantengo a un par de pasos de distancia. Si algo me ha enseñado la vida, es que nunca puede uno fiarse de las apariencias. Una cara bonita, una voz amable, buenas intenciones... Todo ello suele ser usado por ladrones o estafadores para sacar provecho. Y esta chica tiene las tres cosas.
Ella se levanta y extiende los brazos, como si estuviera buscando algo a lo que aferrarse. Me pide ayuda con voz apesadumbrada y entonces es cuando entiendo la falta de precisión en sus movimientos, ya que me explica que es ciega. Me quedo paralizado. No se si es por su confesión, porque haya podido deambular por la selva ella sola, o por la mano sucia que dirige hacia mi cara, pero permanezco en mi sitio. Algo extraño, pues no solo soy reacio al contacto, sino que cuando alguien se acerca tanto a mi suelo saltar como un resorte para huir, para ponerme a salvo. Sin embargo hay algo en esta chica que me hace confiar. Desprende bondad como nunca antes había visto en esta isla.
Quiere conocer la selva y ha tenido la suerte de toparse con un explorador. O más bien un ladrón al que le apasionan la historia y las antigüedades. Como sea, tengo un encargo del señor Reena y no tengo tiempo que perder... Aunque es temprano y tal vez...
Su dedo rompe mis pensamientos al posarse sobre mi. Noto como mi cuerpo se tensa con el contacto, pero comprendo que la única manera que tiene esta chica de saber dónde estoy es con el tacto. Y entonces menciona a Dios y le adjudica la creación de esta selva.
—No creo que sea ningún milagro. Solo años de evolución —miro a las coloridas plantas que nos rodean y luego cambio mi mirada hacia el rostro de la chica—. Aunque viendo tanta belleza, cualquiera podría pensar que es obra de los dioses.
Me pide ir de la mano para ir más rápido y sin darme apenas cuenta, doblo mi brazo para que se apoye sobre él. Cuando salí de madrugada de la tienda del anticuario, no pensé que esta fuese a ser mi aventura de hoy. Me aseguro de que esté firmemente agarrada y comienzo a andar.
—Esta selva es grande y peligrosa —comienzo a explicar a la vez que andamos—. Es un entorno salvaje, y aquí todo es presa y cazador, como ya ha podido comprobar señorita... —hago una pausa y un gesto con mi cabeza, hasta que me doy cuenta de mi estupidez y continúo preguntando—. No me ha dicho cómo se llama, ¿verdad?
—Pero no por ser peligrosa, carece de belleza. La enredadera que la atrapó, por ejemplo. Es salvaje y una depredadora a ojos de algún animalillo indefenso, o de caminantes descuidados —en mi cara se dibuja media sonrisa burlona—, pero también posee una gran belleza. Sus flores de color morado adornan los troncos por los que se levanta, como si de las decoraciones de alguna festividad se tratase. Y su aroma... su olor impregna el ambiente y llega hasta el corazón, aliviando los pesares.
Me percato de lo errado de mis palabras tan pronto como salen de mi boca. ¿Qué lógica tiene hablar de lo bellas que se ven las flores con alguien que no puede verlas? Soy ágil con mis movimientos, más si son en la oscuridad, pero en lo que se refiere a mi lengua... Sin duda es el músculo más torpe. Paro para pensar un momento, pues no todo lo que ofrece la selva es visual. Me concentro para percibirlo y avanzo guiado por mi sentido del oído desarrollado. Avanzo unos pasos veloz, guiando a la chica para evitar que tropecemos con alguna rama. Por unos momentos, lo único que se oye es el crujir de las ramas y las hojas bajo nuestros pies.
—Aquí es. Guarde silencio —indico susurrando a la chica mientras detengo mi movimiento, mi respiración lenta hasta casi parecer haberse detenido—. ¿Lo escuchas? Es el canto de un songbird. ¿No es precioso lo que nos ofrece la naturaleza?
Y allí permanecí unos instantes escuchando. Relajado por primera vez desde... ¿Cuándo fue la última vez que me tomé un respiro?
—Disculpe. No sé el tiempo que lleva en la selva. Es solo que por su ropa tan manchada... —la miro con detenimiento, como si la estuviera examinando—. ¿Y dice que ha venido usted sola? La selva es peligrosa si no se conoce.
Sacudo el ala de mi sombrero y lo ciño a mi cabeza. No porque se me hubiera manchado ni fuese a caerse, aunque poco me dolería más que perder mi sombrero. No, mi gesto no lleva más que la intención de presumir y hacerme valer como explorador. La chica continúa con sus explicaciones acerca de como intentaba orientarse por la selva, mientras yo me mantengo a un par de pasos de distancia. Si algo me ha enseñado la vida, es que nunca puede uno fiarse de las apariencias. Una cara bonita, una voz amable, buenas intenciones... Todo ello suele ser usado por ladrones o estafadores para sacar provecho. Y esta chica tiene las tres cosas.
Ella se levanta y extiende los brazos, como si estuviera buscando algo a lo que aferrarse. Me pide ayuda con voz apesadumbrada y entonces es cuando entiendo la falta de precisión en sus movimientos, ya que me explica que es ciega. Me quedo paralizado. No se si es por su confesión, porque haya podido deambular por la selva ella sola, o por la mano sucia que dirige hacia mi cara, pero permanezco en mi sitio. Algo extraño, pues no solo soy reacio al contacto, sino que cuando alguien se acerca tanto a mi suelo saltar como un resorte para huir, para ponerme a salvo. Sin embargo hay algo en esta chica que me hace confiar. Desprende bondad como nunca antes había visto en esta isla.
Quiere conocer la selva y ha tenido la suerte de toparse con un explorador. O más bien un ladrón al que le apasionan la historia y las antigüedades. Como sea, tengo un encargo del señor Reena y no tengo tiempo que perder... Aunque es temprano y tal vez...
Su dedo rompe mis pensamientos al posarse sobre mi. Noto como mi cuerpo se tensa con el contacto, pero comprendo que la única manera que tiene esta chica de saber dónde estoy es con el tacto. Y entonces menciona a Dios y le adjudica la creación de esta selva.
—No creo que sea ningún milagro. Solo años de evolución —miro a las coloridas plantas que nos rodean y luego cambio mi mirada hacia el rostro de la chica—. Aunque viendo tanta belleza, cualquiera podría pensar que es obra de los dioses.
Me pide ir de la mano para ir más rápido y sin darme apenas cuenta, doblo mi brazo para que se apoye sobre él. Cuando salí de madrugada de la tienda del anticuario, no pensé que esta fuese a ser mi aventura de hoy. Me aseguro de que esté firmemente agarrada y comienzo a andar.
—Esta selva es grande y peligrosa —comienzo a explicar a la vez que andamos—. Es un entorno salvaje, y aquí todo es presa y cazador, como ya ha podido comprobar señorita... —hago una pausa y un gesto con mi cabeza, hasta que me doy cuenta de mi estupidez y continúo preguntando—. No me ha dicho cómo se llama, ¿verdad?
—Pero no por ser peligrosa, carece de belleza. La enredadera que la atrapó, por ejemplo. Es salvaje y una depredadora a ojos de algún animalillo indefenso, o de caminantes descuidados —en mi cara se dibuja media sonrisa burlona—, pero también posee una gran belleza. Sus flores de color morado adornan los troncos por los que se levanta, como si de las decoraciones de alguna festividad se tratase. Y su aroma... su olor impregna el ambiente y llega hasta el corazón, aliviando los pesares.
Me percato de lo errado de mis palabras tan pronto como salen de mi boca. ¿Qué lógica tiene hablar de lo bellas que se ven las flores con alguien que no puede verlas? Soy ágil con mis movimientos, más si son en la oscuridad, pero en lo que se refiere a mi lengua... Sin duda es el músculo más torpe. Paro para pensar un momento, pues no todo lo que ofrece la selva es visual. Me concentro para percibirlo y avanzo guiado por mi sentido del oído desarrollado. Avanzo unos pasos veloz, guiando a la chica para evitar que tropecemos con alguna rama. Por unos momentos, lo único que se oye es el crujir de las ramas y las hojas bajo nuestros pies.
—Aquí es. Guarde silencio —indico susurrando a la chica mientras detengo mi movimiento, mi respiración lenta hasta casi parecer haberse detenido—. ¿Lo escuchas? Es el canto de un songbird. ¿No es precioso lo que nos ofrece la naturaleza?
Y allí permanecí unos instantes escuchando. Relajado por primera vez desde... ¿Cuándo fue la última vez que me tomé un respiro?
