30-09-2025, 08:53 PM
¿Está mal que no quiera volver a mi hogar? Le pido a Dios que me responda por las noches antes de dormir. Luego de la plegaria, luego de entrar a la cama, luego de girar por las sábanas. Pero no responde.
Nunca lo hace, incluso si me han dicho muchas veces que soy la favorita.
El arrepentimiento de la duda sigue ahí, está sobre la piel, porque no debería dudar de él, pero estando en el hogar del señor pensó que encontraría respuestas. Como si éstas fuesen a caer del cielo o aparecer como un susurro en sus oídos, pero no fue así. No hay nada más que cantar en el coro, llamando la atención de unos cuantos, para luego pasearse por los pasillos de un sitio que la mantiene ahí por pena.
No ha dicho quién es, pero sí han notado lo devota, en una fe ciega que se evidencia.
Se preguntó entonces si es momento de preguntarle a alguien, de ser perdonada por alguien más, seguramente por eso se dirigió a aquel sitio. Es la caja de los secretos, en donde se dice todo aquello que Dios tiene que saber para poder estar en paz.
Habría sido mejor que entrara por el lado correcto ¿No? Pero incapaz de ver, simplemente se deslizó tocando la madera, hasta que finalmente entró. No ha preguntado nada, no hizo sonido al inicio, esperando que el encargado de expiar sus pecados le pregunte por qué ha venido.
Pero no ocurre, hasta que finalmente se abre otra puerta e inicia un rito.
No dijo nada, porque la otra persona comienza a hablar ¿Debería decirle que no es el Padre? ¿Qué no puede hacer nada por él? Tragó saliva, hasta que finalmente las palabras salen — ¿Te arrepientes? — porque la curiosidad es más que la verdad, parece impulsarla incluso más que el deber — Incluso si se lo merecían… — porque ese es el consuelo de aquellos que obran mal en ocasiones — Has pecado.
No suena a regaño, sino más bien una explicación dulce, que se esconde detrás de un muro de madera que los divide.
—¿Por qué alguien mataría a sus padres? — porque a tantos les faltan, como para que alguien quiera desecharlos ¡Y declararlo de esa manera! — ¿Por qué alguien mataría a otra persona siquiera?
Apretó sus manos, porque la gente hasta ahora siempre ha sido amable con ella. Sigue sin conocer el mal y si existe, no lo ha podido ver, manteniéndola en esa ingenuidad que amenaza con ser perpetua.
—¿Quieres el perdón de Dios? — porque ella no puede darlo, incluso siendo la favorita no le han enseñado a hacerlo. Pero podría intentarlo — O será que buscas algo más.
Sus manos chocaron con la división que está entre ambos.
—¿Es el mundo tan malo como todos dicen?
Porque no existe razón para mentir luego de tal declaración. Quiso oír la verdad, una que pareciera que le esconden con esmero para que no lo pueda encontrar — ¿Por qué yo no puedo ver eso? — no es un sentido literal, pero se adorna con la ceguera, como si se complementaran.
—Respóndeme.
Ésta vez te hablo a ti, Dios, porque sigues sin hacerlo.
Nunca lo hace, incluso si me han dicho muchas veces que soy la favorita.
El arrepentimiento de la duda sigue ahí, está sobre la piel, porque no debería dudar de él, pero estando en el hogar del señor pensó que encontraría respuestas. Como si éstas fuesen a caer del cielo o aparecer como un susurro en sus oídos, pero no fue así. No hay nada más que cantar en el coro, llamando la atención de unos cuantos, para luego pasearse por los pasillos de un sitio que la mantiene ahí por pena.
No ha dicho quién es, pero sí han notado lo devota, en una fe ciega que se evidencia.
Se preguntó entonces si es momento de preguntarle a alguien, de ser perdonada por alguien más, seguramente por eso se dirigió a aquel sitio. Es la caja de los secretos, en donde se dice todo aquello que Dios tiene que saber para poder estar en paz.
Habría sido mejor que entrara por el lado correcto ¿No? Pero incapaz de ver, simplemente se deslizó tocando la madera, hasta que finalmente entró. No ha preguntado nada, no hizo sonido al inicio, esperando que el encargado de expiar sus pecados le pregunte por qué ha venido.
Pero no ocurre, hasta que finalmente se abre otra puerta e inicia un rito.
No dijo nada, porque la otra persona comienza a hablar ¿Debería decirle que no es el Padre? ¿Qué no puede hacer nada por él? Tragó saliva, hasta que finalmente las palabras salen — ¿Te arrepientes? — porque la curiosidad es más que la verdad, parece impulsarla incluso más que el deber — Incluso si se lo merecían… — porque ese es el consuelo de aquellos que obran mal en ocasiones — Has pecado.
No suena a regaño, sino más bien una explicación dulce, que se esconde detrás de un muro de madera que los divide.
—¿Por qué alguien mataría a sus padres? — porque a tantos les faltan, como para que alguien quiera desecharlos ¡Y declararlo de esa manera! — ¿Por qué alguien mataría a otra persona siquiera?
Apretó sus manos, porque la gente hasta ahora siempre ha sido amable con ella. Sigue sin conocer el mal y si existe, no lo ha podido ver, manteniéndola en esa ingenuidad que amenaza con ser perpetua.
—¿Quieres el perdón de Dios? — porque ella no puede darlo, incluso siendo la favorita no le han enseñado a hacerlo. Pero podría intentarlo — O será que buscas algo más.
Sus manos chocaron con la división que está entre ambos.
—¿Es el mundo tan malo como todos dicen?
Porque no existe razón para mentir luego de tal declaración. Quiso oír la verdad, una que pareciera que le esconden con esmero para que no lo pueda encontrar — ¿Por qué yo no puedo ver eso? — no es un sentido literal, pero se adorna con la ceguera, como si se complementaran.
—Respóndeme.
Ésta vez te hablo a ti, Dios, porque sigues sin hacerlo.
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