01-10-2025, 04:37 PM
Di un paso adelante con la calma de quien ya sabe el ritmo del lugar. Tenía el plan claro en la cabeza: un avance medido, la pierna que se eleva y la patada directa como firma. Sentí la precisión en cada fibra la agilidad que cargo conmigo, la confianza en el cuerpo y lancé el movimiento con la intención clara de cortar la noche en dos y marcar la pauta. Mi patada subía con la intención de ser demoledora; la ejecuté como siempre, controlada, con la seguridad de quien no falla, lo sentí, claro, la mecánica del golpe, la trayectoria perfecta.
Pero algo pasó en un parpadeo. Antes de que la rodilla alcanzara la altura que imaginé, noté como si la sala hubiera cambiado de ritmo una presión fría en el estómago. Fue un contacto puntual, seco. No oí disparo, solo sentí la gota que vino y se clavó en mi abdomen como aguja helada, la sensación explotó por dentro, un frío que quemaba, y el dolor se plantó con su bandera, traté de empujar la pierna hacia delante, de culminar el golpe, pero mi cuerpo respondió tarde, la inercia se frenó, y el control se deshizo en un hilo. Mi ataque se cortó en seco.
El dolor fue tan intenso que me obligó a bajar la guardia, noté cómo mi respiración se hizo corta y mecánica, la sangre pareció golpear mis oídos. Ese contacto no fue el tipo de herida que sangra mucho en la superficie, fue el tipo que te recuerdan los huesos y los nervios, que te apagan los planes. El golpe que planeé quedó neutralizado por ese instante brutal, mis acciones se rompieron como un vaso contra la barra, la confusión me siguió como un humo espeso, la cabeza me dio vueltas, el mundo se barnizó con una capa fina y quebradiza. No pude sostener el tiempo en mi favor, durante esos segundos algo rápido me robó la claridad y dejó en mi lugar un zumbido y un eco de cosas sin sentido.
Mis ojos ya estaban viendo bordes borrosos cuando la sala entera estalló en una luz que no pedí. Un destello me alcanzó y el mundo se tornó polvo de estrella, intenté abrir los ojos y solo encontré un blanco que mordía. En un instante pasé de la ira calculada a la ceguera punzante, recordé, con la memoria tan nítida que me caracteriza, la cercanía de aquellos que estaban en la sala y no sabía quién podría ser tan veloz como para pasar así, pero si recuerdo el destello parecido a este hace unos minutos cuando otros maleantes habían caído al piso quemados, intuyo que fue el bajito con aura extrovertida y si era el caso ahora estaba a menos de un metro, su luz cercana me envolvió y me dejó sin visión. No podía ver las formas, solo intuía sombras y la ola de calor del calor ajeno.
El dolor que me atravesaba superó cualquier umbral que mi cuerpo suele tolerar. Noté la pérdida de coordenadas: las manos que antes sostenían la botella se aflojaron; el vaso hizo un ruido contra la mesa y alguien o algo apartó parte del reflejo. Quise gritar, imponer al menos mi risa como escudo, pero la voz me salió más cortada, apretada por la sorpresa y por la punzada en el abdomen. La confusión se instaló, como si una bruma hubiese llenado mis pensamientos durante esos tres segundos que se extendieron como una eternidad corta.
Aun así, hay cosas que no se me quitan fácil, la vergüenza no es una de ellas. Mi exceso de confianza no se evaporó de golpe, latía en alguna parte detrás del mareo. Sentí el orgullo punzante que trae el saber que intenté cortar la escena y que, pese a todo, sigo aquí, respirando. Intenté recomponer la postura, pero me faltó la firmeza los músculos tardaron en obedecer y mi control quedó menguado por un vértigo que no había pedido.
No fui arrestada en ese instante; no sentí esposas ni manos que me sujetaran, así que aunque no podía ver, y estaba en el suelo, yo había ganado esta ronda. Lo que sentí fue la cercanía de aliados brillando, y la conciencia tenue de que estoy a menos de un metro de alguien que puede moverse a una velocidad extrema cuando todo se vuelve confuso y cegado. Apoyé una mano buscando un punto firme, y un borde de terciopelo me respondió con su textura conocida. La risa quiso brotar, la risa que me define, esa que rompe cristales —WUAWUAWUAWUAWA— Sonó rasgada, más por la garganta que por la alegría.
Estoy herida, confusa y, por ahora, ciega. Pero sigo sentada, con la bufanda morada arrugada entre los dedos, el vaso entre la palma y la mesa, pero sobre todo la certeza porque esa no falla de que no renuncio a nada por ahora. —Si consigues sacarme de aquí yo misma seré parte de aquello que buscas crear, mon. — El mundo puede ponerse borroso y las órdenes pueden colgar en el aire, pero mi naturaleza es recuperarme, mirar con la memoria cuando los ojos no quieren cooperar, y volver a reír. Solo necesito un latido más para que la sombra de la confusión se aclare.
Pero algo pasó en un parpadeo. Antes de que la rodilla alcanzara la altura que imaginé, noté como si la sala hubiera cambiado de ritmo una presión fría en el estómago. Fue un contacto puntual, seco. No oí disparo, solo sentí la gota que vino y se clavó en mi abdomen como aguja helada, la sensación explotó por dentro, un frío que quemaba, y el dolor se plantó con su bandera, traté de empujar la pierna hacia delante, de culminar el golpe, pero mi cuerpo respondió tarde, la inercia se frenó, y el control se deshizo en un hilo. Mi ataque se cortó en seco.
El dolor fue tan intenso que me obligó a bajar la guardia, noté cómo mi respiración se hizo corta y mecánica, la sangre pareció golpear mis oídos. Ese contacto no fue el tipo de herida que sangra mucho en la superficie, fue el tipo que te recuerdan los huesos y los nervios, que te apagan los planes. El golpe que planeé quedó neutralizado por ese instante brutal, mis acciones se rompieron como un vaso contra la barra, la confusión me siguió como un humo espeso, la cabeza me dio vueltas, el mundo se barnizó con una capa fina y quebradiza. No pude sostener el tiempo en mi favor, durante esos segundos algo rápido me robó la claridad y dejó en mi lugar un zumbido y un eco de cosas sin sentido.
Mis ojos ya estaban viendo bordes borrosos cuando la sala entera estalló en una luz que no pedí. Un destello me alcanzó y el mundo se tornó polvo de estrella, intenté abrir los ojos y solo encontré un blanco que mordía. En un instante pasé de la ira calculada a la ceguera punzante, recordé, con la memoria tan nítida que me caracteriza, la cercanía de aquellos que estaban en la sala y no sabía quién podría ser tan veloz como para pasar así, pero si recuerdo el destello parecido a este hace unos minutos cuando otros maleantes habían caído al piso quemados, intuyo que fue el bajito con aura extrovertida y si era el caso ahora estaba a menos de un metro, su luz cercana me envolvió y me dejó sin visión. No podía ver las formas, solo intuía sombras y la ola de calor del calor ajeno.
El dolor que me atravesaba superó cualquier umbral que mi cuerpo suele tolerar. Noté la pérdida de coordenadas: las manos que antes sostenían la botella se aflojaron; el vaso hizo un ruido contra la mesa y alguien o algo apartó parte del reflejo. Quise gritar, imponer al menos mi risa como escudo, pero la voz me salió más cortada, apretada por la sorpresa y por la punzada en el abdomen. La confusión se instaló, como si una bruma hubiese llenado mis pensamientos durante esos tres segundos que se extendieron como una eternidad corta.
Aun así, hay cosas que no se me quitan fácil, la vergüenza no es una de ellas. Mi exceso de confianza no se evaporó de golpe, latía en alguna parte detrás del mareo. Sentí el orgullo punzante que trae el saber que intenté cortar la escena y que, pese a todo, sigo aquí, respirando. Intenté recomponer la postura, pero me faltó la firmeza los músculos tardaron en obedecer y mi control quedó menguado por un vértigo que no había pedido.
No fui arrestada en ese instante; no sentí esposas ni manos que me sujetaran, así que aunque no podía ver, y estaba en el suelo, yo había ganado esta ronda. Lo que sentí fue la cercanía de aliados brillando, y la conciencia tenue de que estoy a menos de un metro de alguien que puede moverse a una velocidad extrema cuando todo se vuelve confuso y cegado. Apoyé una mano buscando un punto firme, y un borde de terciopelo me respondió con su textura conocida. La risa quiso brotar, la risa que me define, esa que rompe cristales —WUAWUAWUAWUAWA— Sonó rasgada, más por la garganta que por la alegría.
Estoy herida, confusa y, por ahora, ciega. Pero sigo sentada, con la bufanda morada arrugada entre los dedos, el vaso entre la palma y la mesa, pero sobre todo la certeza porque esa no falla de que no renuncio a nada por ahora. —Si consigues sacarme de aquí yo misma seré parte de aquello que buscas crear, mon. — El mundo puede ponerse borroso y las órdenes pueden colgar en el aire, pero mi naturaleza es recuperarme, mirar con la memoria cuando los ojos no quieren cooperar, y volver a reír. Solo necesito un latido más para que la sombra de la confusión se aclare.
Resumen
