04-10-2025, 12:02 AM
Otro fallo. ¿Cómo podía pensar que sabría lo que es un ciervo? Aunque si lo pienso, de esta manera descubre más cosas sobre el mundo. Es complicado, pero a la vez me resulta interesante. Me siento como un profesor, enseñando a un aprendiz inexperto, como hacía mi madre conmigo cuando era pequeño. Hace tanto tiempo...
—Sí, sería algo así como una vaca, pero más estilizado. Y viven en zonas de bosque. Sus cuernos son mucho más largos e intrincados. Son animales muy bellos —hago una pequeña pausa y reflexiono acerca de lo visual que soy, pues me cuesta dar definiciones que no se basen en el aspecto. Tal vez sea debido a haberme dedicado a admirar cuadros y esculturas en lugar de haber intentado experimentar la vida de otra forma—. Eso lo tenemos en común. A mi tampoco suelen atacarme los animales. Algunos te dirían que es porque me parezco mucho a uno...
—¿Mi pelaje? —siento vergüenza al hablar de él y eso se nota en mi voz. La gente acostumbra a hablar de mi pelaje solo para burlarse o humillarme—. Es marrón. Como el tronco de los árboles, cómo la tierra húmeda tras una tormenta. Pero también blanco, como las nubes que llenan el cielo en un día de primavera —noto por su actitud que sus intenciones son nobles y sus últimas palabras terminan por bajar mis barreras nuevamente. Esas palabras que traen consigo la declaración de su aprecio, todo lo contrario a lo que estoy acostumbrado.
Se ríe con fuerza, pero no hay sorna en ella. Sonrío mientras veo cómo alzan en vuelo las últimas aves curiosas que permanecían sobre nosotros. Noto que Gwendolyn se aleja un poco de mi y vuelvo mi mirada hacia ella. Da un paso atrás y parece que va a caer, pero lanza su brazo y lo enlaza con el mío como el hilo que pasa por el ojal de una aguja, cosiendo nuestros caminos. Esta vez, no reacciono, ni siquiera por instinto. Mi cuerpo no rechaza ya su contacto y mi mente no desconfía de las intenciones de esta chica.
—Puede tratarse de otro tipo de glicinas. Muchos las utilizan por sus flores como elemento decorativo. Pero he de reconocer que su aroma a vainilla y miel es algo que me encanta.
—Sí, sería algo así como una vaca, pero más estilizado. Y viven en zonas de bosque. Sus cuernos son mucho más largos e intrincados. Son animales muy bellos —hago una pequeña pausa y reflexiono acerca de lo visual que soy, pues me cuesta dar definiciones que no se basen en el aspecto. Tal vez sea debido a haberme dedicado a admirar cuadros y esculturas en lugar de haber intentado experimentar la vida de otra forma—. Eso lo tenemos en común. A mi tampoco suelen atacarme los animales. Algunos te dirían que es porque me parezco mucho a uno...
—¿Mi pelaje? —siento vergüenza al hablar de él y eso se nota en mi voz. La gente acostumbra a hablar de mi pelaje solo para burlarse o humillarme—. Es marrón. Como el tronco de los árboles, cómo la tierra húmeda tras una tormenta. Pero también blanco, como las nubes que llenan el cielo en un día de primavera —noto por su actitud que sus intenciones son nobles y sus últimas palabras terminan por bajar mis barreras nuevamente. Esas palabras que traen consigo la declaración de su aprecio, todo lo contrario a lo que estoy acostumbrado.
Se ríe con fuerza, pero no hay sorna en ella. Sonrío mientras veo cómo alzan en vuelo las últimas aves curiosas que permanecían sobre nosotros. Noto que Gwendolyn se aleja un poco de mi y vuelvo mi mirada hacia ella. Da un paso atrás y parece que va a caer, pero lanza su brazo y lo enlaza con el mío como el hilo que pasa por el ojal de una aguja, cosiendo nuestros caminos. Esta vez, no reacciono, ni siquiera por instinto. Mi cuerpo no rechaza ya su contacto y mi mente no desconfía de las intenciones de esta chica.
—Puede tratarse de otro tipo de glicinas. Muchos las utilizan por sus flores como elemento decorativo. Pero he de reconocer que su aroma a vainilla y miel es algo que me encanta.
Se que he visto más de un hospedaje que utiliza glicinas en su fachada, pero no estoy seguro de dónde. No creo que sea muy lejos de aquí, pues no creo que ella pueda desplazarse grandes distancias sola. Aunque no debería juzgar, ya me ha sorprendido que se orientase por la selva.
—La capital del Reino de Samba. Aquella en la que las calles siempre están llenas de gente animada. En la que el aire arrastra alegres melodías noche y día. Allí es donde trabajo. Algunos traen objetos antiguos para que los restaure, pero la mayoría solo busca deshacerse de lo que ellos consideran trastos inútiles. Me hierve la sangre al ver que no son capaces de apreciar el valor de las cosas que tienen —aprieto mi puño por ser algo que me afecta realmente—. Por eso soy feliz cuando esas valiosas piezas acaban en mi taller.
Al menos, durante el tiempo que pasan los cuadros y reliquias en mis manos, me aseguro de que alguien sabe apreciarlos como realmente se merecen. Veo como lleva la mano a su cuello y saca una joya de aspecto valioso. Ella dice que es su mayor tesoro, y yo se bien que no es consciente de el valor que podría alcanzar para la venta. El jefe Reena no dudaría en arrancárselo de las manos como hizo con el collar de mi madre. Pero yo se que su valor real es muy distinto del económico, pues seguro que es igual de valioso que lo era para mi el otro, el que juré recuperar, el que estoy seguro de que algún día recuperaré.
—Yo también tenía un tesoro, pero lo perdí. Me lo arrebataron —aprieto mis puños y la tensión se nota en mi cuerpo—. Sueño día y noche con el momento en que pueda recuperarlo. Por eso permanezco en esta isla, si no, me gustaría explorar el mundo, igual que hace usted.
Al menos, durante el tiempo que pasan los cuadros y reliquias en mis manos, me aseguro de que alguien sabe apreciarlos como realmente se merecen. Veo como lleva la mano a su cuello y saca una joya de aspecto valioso. Ella dice que es su mayor tesoro, y yo se bien que no es consciente de el valor que podría alcanzar para la venta. El jefe Reena no dudaría en arrancárselo de las manos como hizo con el collar de mi madre. Pero yo se que su valor real es muy distinto del económico, pues seguro que es igual de valioso que lo era para mi el otro, el que juré recuperar, el que estoy seguro de que algún día recuperaré.
—Yo también tenía un tesoro, pero lo perdí. Me lo arrebataron —aprieto mis puños y la tensión se nota en mi cuerpo—. Sueño día y noche con el momento en que pueda recuperarlo. Por eso permanezco en esta isla, si no, me gustaría explorar el mundo, igual que hace usted.
