03-10-2025, 05:23 PM
La manera en que su voz tembló cuando me dio las gracias me golpeó más que cualquier cuchillo, ¿quién lo diría? Yo, el pirata sin bandera ni rezos, convertido en narrador de los cielos para una pequeña estrella que todavía cree en milagros. —Oh, darling el mundo es fantástico porque yo no sé contarlo de otra manera. Si lo hiciera gris, me aburriría y créeme, honey, yo no nací para aburrirme. —Sonreí de lado, con esa mezcla de picardía y ternura que me ha salvado más veces que mi espada. Su “no necesito” me arrancó una carcajada suave, musical, con ecos de burla y cariño al mismo tiempo.
—Claro que no necesitas nada de eso, pero yo necesito contártelo —dije inclinándome un poco hacia ella —Lo hago porque me divierte verte escuchar, no porque te haga falta, porque cuando abres esos oídos y te dejas pintar el mundo, darling, eres como un lienzo vivo. —Dejé que mi voz bajara, envolviéndola en un tono cálido, casi ronroneante.
—No me pagues nada. El pago es verte sentirlo, el pago es saber que mis palabras te hacen querer algo más que esa cajita de iglesia donde te han guardado tanto tiempo. —Me enderecé y di una vuelta teatral sobre mi propio eje, dejando que la chaqueta burdeos girara como si fuera parte de un show.
—¿Capitán? Jususususu. Me encanta cómo suena. Capitán Rosse Bellecour, querido público, capitán del barco sin reglas, de las canciones que aún no se han cantado, del cielo que nunca se termina. Sí, puedes llamarme así. — Le ofrecí mi brazo, con los dedos engalanados en anillos brillantes, cada uno reflejando un destello del sol que ya caía. No la obligué; simplemente lo dejé ahí, como una invitación con perfume de miel y peligro.
—Harás que no me arrepienta, dices, oh honey, yo no me arrepiento nunca. Yo solo improviso y si alguna vez me caigo, lo hago bailando. — Me agaché un poco, acercándome a su oído, dejando que mi aliento le rozara como un secreto.
—Pero cuidado, porque quien camina conmigo termina siendo parte del espectáculo y en el espectáculo, cariño, todos brillan, hasta las sombras. — Cuando preguntó por “los otros” y por las estrellas, sonreí con un brillo felino en los ojos.
—No hay otros aún. Nadie más se ha ganado un lugar en este escenario, eres la primera, honey. Mi primera estrella y no esas del cielo aburrido que miran todos tú eres una estrella de mar, rara, imposible de encerrar en un cielo, llena de secretos. — Di un paso hacia atrás, extendiendo ambos brazos como si estuviera presentando un mundo invisible frente a ella.
—¿A dónde iremos? Al puerto primero, a buscar mi barco. Después, a donde sople el viento, tal vez a islas donde la arena brilla como plata o a selvas donde los árboles cantan en lugar de crujir o al mar abierto, donde los songbirds del océano cuentan historias que ni Dios se atreve a escribir. — Me incliné de nuevo, esta vez más cerca, con el tono ambiguo de un amante y un bromista al mismo tiempo.
—Pero antes de todo eso, honey, aprenderás a escuchar el color de cada ola. A oler la forma del cielo. A sentir con tus dedos la textura del horizonte y yo seré tu narrador, tu guía, tu compañero de juego. Nada de cadenas, nada de muros. Solo mar, risas y palabras. — Dejé escapar una risa alegre, que rebotó contra las piedras del muelle como si fuera un eco de cabaret.
—Vamos. El telón está arriba. El mundo no espera. — Le tendí la mano, con la palma abierta, dedos largos y uñas pintadas, brillantes al último sol de Sorbet. No la tomé, no la empujé. Solo la ofrecí, como un pase VIP al show más impredecible del South Blue. —Ven, darling. Hagamos que Dios se ponga celoso. —
—Claro que no necesitas nada de eso, pero yo necesito contártelo —dije inclinándome un poco hacia ella —Lo hago porque me divierte verte escuchar, no porque te haga falta, porque cuando abres esos oídos y te dejas pintar el mundo, darling, eres como un lienzo vivo. —Dejé que mi voz bajara, envolviéndola en un tono cálido, casi ronroneante.
—No me pagues nada. El pago es verte sentirlo, el pago es saber que mis palabras te hacen querer algo más que esa cajita de iglesia donde te han guardado tanto tiempo. —Me enderecé y di una vuelta teatral sobre mi propio eje, dejando que la chaqueta burdeos girara como si fuera parte de un show.
—¿Capitán? Jususususu. Me encanta cómo suena. Capitán Rosse Bellecour, querido público, capitán del barco sin reglas, de las canciones que aún no se han cantado, del cielo que nunca se termina. Sí, puedes llamarme así. — Le ofrecí mi brazo, con los dedos engalanados en anillos brillantes, cada uno reflejando un destello del sol que ya caía. No la obligué; simplemente lo dejé ahí, como una invitación con perfume de miel y peligro.
—Harás que no me arrepienta, dices, oh honey, yo no me arrepiento nunca. Yo solo improviso y si alguna vez me caigo, lo hago bailando. — Me agaché un poco, acercándome a su oído, dejando que mi aliento le rozara como un secreto.
—Pero cuidado, porque quien camina conmigo termina siendo parte del espectáculo y en el espectáculo, cariño, todos brillan, hasta las sombras. — Cuando preguntó por “los otros” y por las estrellas, sonreí con un brillo felino en los ojos.
—No hay otros aún. Nadie más se ha ganado un lugar en este escenario, eres la primera, honey. Mi primera estrella y no esas del cielo aburrido que miran todos tú eres una estrella de mar, rara, imposible de encerrar en un cielo, llena de secretos. — Di un paso hacia atrás, extendiendo ambos brazos como si estuviera presentando un mundo invisible frente a ella.
—¿A dónde iremos? Al puerto primero, a buscar mi barco. Después, a donde sople el viento, tal vez a islas donde la arena brilla como plata o a selvas donde los árboles cantan en lugar de crujir o al mar abierto, donde los songbirds del océano cuentan historias que ni Dios se atreve a escribir. — Me incliné de nuevo, esta vez más cerca, con el tono ambiguo de un amante y un bromista al mismo tiempo.
—Pero antes de todo eso, honey, aprenderás a escuchar el color de cada ola. A oler la forma del cielo. A sentir con tus dedos la textura del horizonte y yo seré tu narrador, tu guía, tu compañero de juego. Nada de cadenas, nada de muros. Solo mar, risas y palabras. — Dejé escapar una risa alegre, que rebotó contra las piedras del muelle como si fuera un eco de cabaret.
—Vamos. El telón está arriba. El mundo no espera. — Le tendí la mano, con la palma abierta, dedos largos y uñas pintadas, brillantes al último sol de Sorbet. No la tomé, no la empujé. Solo la ofrecí, como un pase VIP al show más impredecible del South Blue. —Ven, darling. Hagamos que Dios se ponga celoso. —
