03-10-2025, 08:21 PM
Me froté la nariz con el antebrazo, todavía manchada de polen amarillo. Pero antes de que me diese cuenta, había alguien pisándome los talones. Una chica extraña, con apariencia aún más extraña. Los ojos vendados. ¿Por qué? ¿No podía ver a través de ellos? ¿O quizás escondía algo detrás de esa venda? Me decanté por la primera opción.
Me había deseado buena salud tras el estornudo, y el pañuelo que me tendía me hizo reír bajito; era tan grande que, si lo desplegaba, podría taparme entera como si fuese una sábana. Así que lo dejé caer sobre el tronco y, una vez en el suelo, aproveché para limpiarme la nariz con él.
— Eres muy amable, señorita… pero debo decirte que casi podría envolverme en esto. Quizás no me vuelvas a encontrar nunca más si me pierdo dentro —respondí en un tono tímido y divertido, aunque con un deje de juego. Más tarde me daría cuenta de que, por mucho que le dijese tal cosa, ella no podría entender la broma si es que efectivamente no veía.
Trepé por el borde de la tela con mis diminutas manos hasta alcanzar la punta, y desde allí di un golpecito en el aire, como si marcara mi posición en el mapa de la selva. Me incliné hacia la voz. Había algo en aquel timbre, en la calma con que me hablaba, que me resultaba distinto a los demás. Curioso contraste: yo, pequeña y casi invisible; ella, incapaz de ver, pero observándome de una manera que los otros nunca hacían. Al no poder verme, me percibía como cualquier otra persona, sin juicios, sin tabúes, sin el temor a aplastarme. Aunque, siendo sincera, quizá ella más que nadie podría hacerlo sin darse cuenta.
— Soy Alana —me presenté, un poco más seria esta vez al hablar—. Y sí, sé de flores. La que me hizo estornudar solo sirve para pintarse de amarillo y dar alergias, nada más. No la uses para remedios, podría enfermarte. La que dices tú es otra distinta… huele a limón has dicho, ¿verdad? Podría ser la flor de citronella. Esa sí puede ayudar —me aclaré la garganta, bajando la voz—. Más concretamente con las fiebres. En nuestro caso no vendría mal encontrarla. También ahuyenta a los insectos, y estando perdidas en esta selva, solo es cuestión de tiempo que alguno nos pique o, peor aún, nos mate.
El aire alrededor parecía escucharme: un zumbido grave se mezclaba con el murmullo de hojas, y la humedad pesaba en mis hombros diminutos como una capa invisible.
Con cuidado toqué la palma extendida que me esperaba, apenas rozándola con mis manos diminutas. En toda la extensión de su piel cálida, posé mis dos manos. La diferencia de tamaño era abismal, pero a la vez, ese contacto me anclaba.
— Tú no ves… y a mí casi no se me ve. Parece que la selva quiso juntarnos para que nos reconozcamos de otra forma —susurré, con una mezcla de timidez y fascinación. Ladeé un poco la cabeza, estudiando la venda que ocultaba sus ojos—. Porque no ves, ¿cierto?
Aunque había multitud de formas de “no ver”. No tenía porqué tener el sentido totalmente apagado, tal vez solo una reducción significativa de la visión. Sin embargo, teniendo en cuenta la venda, lo más lógico era pensar en una negación total. Al fin y al cabo, si aún quedaba algo que pudiera conservar, no sería adecuado taparlo. Pero ella sí lo había hecho. Y eso despertó mi curiosidad aún más.
Me había deseado buena salud tras el estornudo, y el pañuelo que me tendía me hizo reír bajito; era tan grande que, si lo desplegaba, podría taparme entera como si fuese una sábana. Así que lo dejé caer sobre el tronco y, una vez en el suelo, aproveché para limpiarme la nariz con él.
— Eres muy amable, señorita… pero debo decirte que casi podría envolverme en esto. Quizás no me vuelvas a encontrar nunca más si me pierdo dentro —respondí en un tono tímido y divertido, aunque con un deje de juego. Más tarde me daría cuenta de que, por mucho que le dijese tal cosa, ella no podría entender la broma si es que efectivamente no veía.
Trepé por el borde de la tela con mis diminutas manos hasta alcanzar la punta, y desde allí di un golpecito en el aire, como si marcara mi posición en el mapa de la selva. Me incliné hacia la voz. Había algo en aquel timbre, en la calma con que me hablaba, que me resultaba distinto a los demás. Curioso contraste: yo, pequeña y casi invisible; ella, incapaz de ver, pero observándome de una manera que los otros nunca hacían. Al no poder verme, me percibía como cualquier otra persona, sin juicios, sin tabúes, sin el temor a aplastarme. Aunque, siendo sincera, quizá ella más que nadie podría hacerlo sin darse cuenta.
— Soy Alana —me presenté, un poco más seria esta vez al hablar—. Y sí, sé de flores. La que me hizo estornudar solo sirve para pintarse de amarillo y dar alergias, nada más. No la uses para remedios, podría enfermarte. La que dices tú es otra distinta… huele a limón has dicho, ¿verdad? Podría ser la flor de citronella. Esa sí puede ayudar —me aclaré la garganta, bajando la voz—. Más concretamente con las fiebres. En nuestro caso no vendría mal encontrarla. También ahuyenta a los insectos, y estando perdidas en esta selva, solo es cuestión de tiempo que alguno nos pique o, peor aún, nos mate.
El aire alrededor parecía escucharme: un zumbido grave se mezclaba con el murmullo de hojas, y la humedad pesaba en mis hombros diminutos como una capa invisible.
Con cuidado toqué la palma extendida que me esperaba, apenas rozándola con mis manos diminutas. En toda la extensión de su piel cálida, posé mis dos manos. La diferencia de tamaño era abismal, pero a la vez, ese contacto me anclaba.
— Tú no ves… y a mí casi no se me ve. Parece que la selva quiso juntarnos para que nos reconozcamos de otra forma —susurré, con una mezcla de timidez y fascinación. Ladeé un poco la cabeza, estudiando la venda que ocultaba sus ojos—. Porque no ves, ¿cierto?
Aunque había multitud de formas de “no ver”. No tenía porqué tener el sentido totalmente apagado, tal vez solo una reducción significativa de la visión. Sin embargo, teniendo en cuenta la venda, lo más lógico era pensar en una negación total. Al fin y al cabo, si aún quedaba algo que pudiera conservar, no sería adecuado taparlo. Pero ella sí lo había hecho. Y eso despertó mi curiosidad aún más.
