03-10-2025, 11:20 PM
(Última modificación: 04-10-2025, 12:00 PM por Fuguwu.
Razón: Ajuste horda
)
Los cuerpos de los Parvicursores quedaron esparcidos por el suelo embarrado. Plumas empapadas, garras inmóviles, pequeños cadáveres aplastados formando charcos rojizos que la lluvia diluía rápidamente. Ubbe sacudió la sangre de sus manos mientras Sigurd limpiaba sus martillos contra un helecho cercano. Los cortes en sus pieles sangraban, pero ninguno parecía notarlo. Habían sido cien contra dos, y ahora solo quedaban dos de pie. El rugido que habían escuchado antes resonó otra vez, esta vez a 150 metros hacia el norte. Algo grande se movía entre los árboles, haciendo crujir ramas que sonaban como disparos en la noche. Pero ese no era su objetivo ahora. Los cráneos de los reyes marinos estaban justo adelante.
Continuaron avanzando los últimos metros hasta su destino. El terreno se volvió más rocoso, con formaciones de piedra caliza que sobresalían 3 metros del suelo. La lluvia empezó a disminuir gradualmente, pasando de diluvio a llovizna persistente. El viento también amainó, reduciendo su furia de 80 a 40 kilómetros por hora. Entre las nubes que se abrían lentamente, la luna llena comenzó a asomarse, proyectando una luz plateada sobre el paisaje devastado. Los cráneos aparecieron ante ellos en toda su magnitud. Dos calaveras colosales, cada una de 25 metros de largo y 12 de alto, blanqueadas por décadas de sol y lluvia. Estaban parcialmente enterradas en la ladera de una colina, sus cuencas vacías mirando hacia el mar. La más grande tenía la mandíbula inferior separada, creando una entrada natural de 8 metros de ancho. Dentro de esa mandíbula abierta había algo que no pertenecía a la antigüedad. Un nido construido con ramas de 10 centímetros de grosor, entrelazadas con barro y hojas. Medía 4 metros de diámetro y se elevaba medio metro del suelo. Y en el centro, parcialmente visibles bajo una capa de vegetación fresca, dos formas ovaladas de color crema.
Los huevos. Cada uno medía aproximadamente 50 centímetros de alto y 35 de ancho, tal como la mujer de pelo rosado había descrito. La superficie tenía una textura rugosa, con pequeñas protuberancias que brillaban bajo la luz lunar que ahora se filtraba más claramente. Pero no estaban solos. En la oscuridad del fondo del cráneo, dos ojos amarillos se abrieron grandes como platos. La T-Rex hembra, madre de aquellos polluelos de dinosaurio aun por nacer, había estado allí todo el tiempo, acurrucada detrás del nido, su cuerpo de 14 metros perfectamente camuflado entre las sombras del cráneo. Se levantó lentamente, y su cabeza masiva rozó el techo de hueso a 6 metros de altura. Sus fosas nasales se dilataron, captando el olor a sangre fresca de Parvicursor que los dos gigantes traían encima.
Un gruñido bajo vibró desde su garganta, haciendo temblar pequeñas piedras en el suelo. Dio un paso adelante, posicionándose directamente sobre el nido. Sus patas delanteras con garras de aproximadamente 15 centímetros se flexionaron. La cola de 7 metros se movió lentamente de lado a lado, golpeando las paredes del cráneo con golpes sordos que resonaban como tambores de guerra.
Entonces llegó la respuesta desde atrás. Un rugido ensordecedor estalló a solo 20 metros de la entrada. El T-Rex macho, padre de aquellos chiquelos aun por nacer, emergió de entre los helechos gigantes donde había estado esperando. 15 metros de puro músculo y furia, con cicatrices que cruzaban su hocico y costado izquierdo. Sus pasos hicieron temblar el suelo mientras se posicionaba bloqueando completamente la salida. Sus mandíbulas se abrieron, mostrando dientes de 30 centímetros que brillaban bajo la luna.
Ubbe y Sigurd estaban atrapados.
La luna llena iluminaba la escena con claridad cruel. Los dos Buccaneer estaban en la entrada del cráneo, con la T-Rex hembra a 7 metros frente a ellos protegiendo el nido detrás de ella, y el macho a 8 metros detrás bloqueando la retirada. Detrás de la hembra, elevados sobre la plataforma rocosa a 2 metros del suelo, estaban los huevos que habían venido a buscar. El aire olía a reptil, lluvia y peligro inminente. La hembra avanzó otro paso, saliendo parcialmente del cráneo. Su piel escamosa, de un verde oscuro con manchas marrones, goteaba agua de lluvia. Cada respiración era como el fuelle de una fragua gigante. Sus ojos no se apartaban de los intrusos, y su postura dejaba claro que moriría antes de dejar que tocaran los huevos. El macho se movió cerrando cualquier posibilidad de escape. Sus pisadas dejaban huellas de medio metro de profundidad en el barro. Un sonido gutural salió de su garganta. Una advertencia final.
La hembra bajó su cabeza hasta quedar a 3 metros del suelo, sus ojos al nivel de los intrusos. Saliva espesa goteaba de sus mandíbulas, formando charcos viscosos en el suelo. Sus músculos del cuello, gruesos como troncos de árbol, se tensaron. Lista para atacar. El macho dio otro paso adelante, reduciendo la distancia a 7 metros al igual que la hembra estaba de ambos Bucanneer. Su cola barrió el aire, derribando un árbol joven de 8 metros como si fuera una ramita. No había escapatoria hacia atrás. No había escapatoria hacia adelante. Solo había dos opciones: luchar o morir. Un trueno distante rodó sobre la selva, pero ninguna de las criaturas presentes le prestó atención. Todos los ojos estaban fijos en el enfrentamiento inminente. Hasta los insectos habían dejado de hacer ruido, como si la naturaleza misma esperara ver quién daría el primer movimiento.
La hembra abrió ligeramente las mandíbulas, mostrando hileras de dientes diseñados para perforar armaduras de hueso. El macho respondió con un pisotón que hizo saltar piedras del suelo. Los huevos permanecían en el nido, ajenos al peligro, protegidos por toneladas de furia maternal y paternal. Ambos padres se lanzaron al ataque sin dudarlo un segundo, la madre T-rex a por el más bajito de los Bucaneer con un mordisco que promete partirlo en dos de ser posible, el padre T-rex a por el Bucaneer vikingo imitando el ataque de su pareja prehistórica.
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