04-10-2025, 05:48 PM
Un gesto común como tantos otros: una metamorfosis, un cambio de estado sencillo. Un gato que se vuelve lunarian. Y, sin embargo, ese detalle tan nimio enciende en ella una ansiedad que palpita en sus entrañas como un fuego rabioso dispuesto a invadir lo inexpugnable.
¿Por qué se siente así si racionalmente no lo acepta? Todavía no lo sabe, pero su pecho, privado de aire, se mantiene prácticamente inmóvil durante largo rato. Esa es su ansiedad. Su contención racional que lucha por dar paso al animal que lleva dentro, pues, en lo profundo, allí donde la voluntad no alcanza, fiebres eróticas se agitan como olas provistas por una febril tormenta de alta mar. Fantasías cargadas de deseo que hacían vibrar sus muslos de mujer —redondeados, plenos— con contracciones discretas que delataban la urgencia de su excitación.
De pronto su pecho se movió, suave como una pluma, hacia abajo. Y es que lo había sentido. Esas manos callosas, rugosas, que tantas veces había visto y que ahora aprisionaban sus piernas.
El contraste la estremeció.
Sus labios se entreabrieron buscando palabras que nunca nacerían. Quizás un nombre o una orden. Pues, tan pronto como lo hizo, su vientre tembló, haciendo que la excitación le arrebatara casi todos los sentidos.
Aquel descarado le había lamido. Incluso parecía jactarse del tamaño de su miembro viril, sobre la suavidad de su piel. Mas no podía evitar sentirse excitada.
Así, el temblor llegó sin aviso, sacudiéndola por dentro, entregándola al vértigo de lo desconocido y provocando un gemido fruto de una respiración entrecortada.
—¡Dong!
Bai no pudo contenerlo. Aunque tampoco quería hacerlo del todo. Necesitaba llamarle la atención, aunque fuese un intento débil frente a aquel comportamiento lujurioso.
—D…
De nuevo, su voz fue silenciada por los gestos de él, que jugueteaba entre sus piernas con la tela, poniendo a prueba un límite que ni siquiera ella conocía.
Pero no pensaba rendirse.
Así que, reclinándose sobre la cama, se apoyó en los codos en busca de su atención. Aunque enseguida lo lamentó. Porque allí estaba Don, un hombre musculoso, varonil, de cuerpo casi adonisíaco, deseando probar su miel. Y, sobre todo, deseando convertirse en su fuente de placer. Entonces, ¿por qué echarlo? ¿Acaso no había fantaseado en más de una ocasión con sentir sus dedos dentro de ella?
Una punzada de culpa presionó su pecho mientras su diestra descendía lentamente por su propio vientre, dejando tras de sí una estela de vello erizado. Y era normal. Pues era normal que el contraste entre la piel ardiente y la frialdad de su mano despertara en ella una excitación aguda y punzante.
Así, el recorrido terminó en el cabello níveo de él. Y allí, sin la menor delicadeza, hundió los dedos hasta cerrarlos con fuerza. Después, al tenerlo atrapado entre sus manos, tiró de él hacia atrás, obligándola a alzar el rostro y sostener una mirada tan ardiente como el calor que sentía.
—Si vas a hacer algo, hazlo bien —dijo con una voz que no parecía habitual en ella.
Con esa frase y un suave jalón le hizo entender que quería que se separara de ella, pero ¿para qué? Pronto Dong lo sabría. Pues, con la gracia de un animal salvaje, Bai se sentó en la cama y se quitó la ropa.
Sí, estaba siendo dominada por un eros primitivo y crudo que, si el hombre no lo frenaba, pronto la arrollaría.
Y así, tan pronto como se hubo deshecho de su ropa, le hizo un gesto para que se pusiera boca arriba, reptó por el cuerpo del hombre como una sibilina serpiente al arrastrarse por el suelo —pegando su pecho a la carne del otro para hacerle saber que no solo era su intimidad lo inflamado—. Y, una vez estuvo a la altura justa y deseada, se abrió de piernas dejando ver una rosada y floreciente flor, de labios abiertos y carnosos, coronada por un pequeño monte de Venus recortado con delicadeza.
¿Por qué se siente así si racionalmente no lo acepta? Todavía no lo sabe, pero su pecho, privado de aire, se mantiene prácticamente inmóvil durante largo rato. Esa es su ansiedad. Su contención racional que lucha por dar paso al animal que lleva dentro, pues, en lo profundo, allí donde la voluntad no alcanza, fiebres eróticas se agitan como olas provistas por una febril tormenta de alta mar. Fantasías cargadas de deseo que hacían vibrar sus muslos de mujer —redondeados, plenos— con contracciones discretas que delataban la urgencia de su excitación.
De pronto su pecho se movió, suave como una pluma, hacia abajo. Y es que lo había sentido. Esas manos callosas, rugosas, que tantas veces había visto y que ahora aprisionaban sus piernas.
El contraste la estremeció.
Sus labios se entreabrieron buscando palabras que nunca nacerían. Quizás un nombre o una orden. Pues, tan pronto como lo hizo, su vientre tembló, haciendo que la excitación le arrebatara casi todos los sentidos.
Aquel descarado le había lamido. Incluso parecía jactarse del tamaño de su miembro viril, sobre la suavidad de su piel. Mas no podía evitar sentirse excitada.
Así, el temblor llegó sin aviso, sacudiéndola por dentro, entregándola al vértigo de lo desconocido y provocando un gemido fruto de una respiración entrecortada.
—¡Dong!
Bai no pudo contenerlo. Aunque tampoco quería hacerlo del todo. Necesitaba llamarle la atención, aunque fuese un intento débil frente a aquel comportamiento lujurioso.
—D…
De nuevo, su voz fue silenciada por los gestos de él, que jugueteaba entre sus piernas con la tela, poniendo a prueba un límite que ni siquiera ella conocía.
Pero no pensaba rendirse.
Así que, reclinándose sobre la cama, se apoyó en los codos en busca de su atención. Aunque enseguida lo lamentó. Porque allí estaba Don, un hombre musculoso, varonil, de cuerpo casi adonisíaco, deseando probar su miel. Y, sobre todo, deseando convertirse en su fuente de placer. Entonces, ¿por qué echarlo? ¿Acaso no había fantaseado en más de una ocasión con sentir sus dedos dentro de ella?
Una punzada de culpa presionó su pecho mientras su diestra descendía lentamente por su propio vientre, dejando tras de sí una estela de vello erizado. Y era normal. Pues era normal que el contraste entre la piel ardiente y la frialdad de su mano despertara en ella una excitación aguda y punzante.
Así, el recorrido terminó en el cabello níveo de él. Y allí, sin la menor delicadeza, hundió los dedos hasta cerrarlos con fuerza. Después, al tenerlo atrapado entre sus manos, tiró de él hacia atrás, obligándola a alzar el rostro y sostener una mirada tan ardiente como el calor que sentía.
—Si vas a hacer algo, hazlo bien —dijo con una voz que no parecía habitual en ella.
Con esa frase y un suave jalón le hizo entender que quería que se separara de ella, pero ¿para qué? Pronto Dong lo sabría. Pues, con la gracia de un animal salvaje, Bai se sentó en la cama y se quitó la ropa.
Sí, estaba siendo dominada por un eros primitivo y crudo que, si el hombre no lo frenaba, pronto la arrollaría.
Y así, tan pronto como se hubo deshecho de su ropa, le hizo un gesto para que se pusiera boca arriba, reptó por el cuerpo del hombre como una sibilina serpiente al arrastrarse por el suelo —pegando su pecho a la carne del otro para hacerle saber que no solo era su intimidad lo inflamado—. Y, una vez estuvo a la altura justa y deseada, se abrió de piernas dejando ver una rosada y floreciente flor, de labios abiertos y carnosos, coronada por un pequeño monte de Venus recortado con delicadeza.
