05-10-2025, 12:20 AM
La repentina aparición del úrsido mink en el pasillo del arsenal, si bien fue lo más suave posible, hizo que el corazón de más de uno de los recién liberados rebeldes diera un vuelco. Algunos de ellos incluso tomaron posiciones defensivas, pensando que se trataba de un poderoso enemigo, pues acababa de atravesar el duro suelo de roca. Para la fortuna de aquellos a los que aquellos asustados hombres y mujeres podían considerar - seguramente con mucha razón si así lo hacían - sus salvadores, las tres jóvenes trillizas poseían más virtudes entre las que, además de conocimientos básicos sobre medicina y un gran dominio del arco, se encontraba una innata capacidad para disipar tensiones, dadas su extremadamente alegres e inocentes personalidades. Sin mucho problema lograron hacer entrar en razón a aquellas personas, explicándoles que aquel enorme mink que se reía de una forma tan curiosa era un poderoso aliado, y que él sólo había derrotado a la gran cantidad de guardias que había cerca de la sala de los cañones.
Una vez pasado ese pequeño susto y habiendo decidido que el monje sería quien asistiera a los rebeldes mientras el Comandante de los Ejércitos del Oeste y su fiel mano derecha se infiltraban en el castillo para apresar al tirano rey Juan, salieron todos de aquel enorme edificio, dejando allí a los inmovilizados guardias, custodiados por algunos rebeldes para que nadie aprovechara su precaria situación para causarles ningún mal.
Una vez fuera de las gruesas paredes de piedra, pudieron tener una mayor percepción de la situación en la que se encontraba Kamome. Había un ligero olor a humo en el ambiente, el cual provenía de las varias columnas que se alzaban por diversos puntos de la ciudad. Estas columans de humo se debían a pequeños fuegos causados por los numerosos disturbios que se habían formado, en los que rebeldes civiles atacaban a los guardias con aquello que tenían a mano, entre lo que se incluían botellas rellenas con alcohol o aceite que prendían fuego y lanzaban. Guardias que se movían desde el hospital y la reserva de alimentos en dirección a la plaza central, pues era el lugar en donde una gran cantidad de rebeldes se había comenzado a reunir para tratar de asaltar el castillo.
Stutely dio la orden de comenzar a moverse en dirección a la plaza. La orden fue acatada al instante por rebeldes y revolucionarios. Avanzaban a un ritmo relativamente rápido, pero mover tal cantidad de cañones suponía un esfuerzo colosal, por lo que, si bien mantenían un buen ritmo, seguían sin ir tan rápido como desearían, teniendo en cuenta que cada minuto que se retrasaran en ir a ayudar a sus compañeros y hermanos de batalla podía suponer un aumento de muertes. Lo que en un principio era un grupo de poco más de ciento cincuenta personas fue creciendo en tamaño, pues aquellos ciudadanos que los veían y estaban dispuestos a luchar por su libertad se iban sumando a ellos. Aquellos ciudadanos de a pie, armados con palos, escobas o tapas de barril que hacían las veces de escudos, no sólo caminaban junto a aquellos valientes que habían desafiado al orden establecido con el único propósito de lograr una vida mejor para todos. No. Lo más fuertes se unieron a aquellos que empujaban los cañones, relevando a aquellos que estaban más cansados, logrando de esa forma avanzar con mayor rapidez. De lo que en un principio parecía un simple murmullo, fue emergiendo una canción, comenzó a resonar cada vez más alto por las calles de Kamome a medida que el grupo crecía hasta convertirse en toda una multitud.
Podía parecer una simple canción, pero era mucho más. Aquella canción unía una multitud de voces, todas distintas, en una sola. Una sola voz que encendía la llama de la revolución en los corazones de quienes la escuchaban. Una voz que les llamaba a luchar por obtener aquello que era suyo y les habían arrebatado, su libertad.
La gente se fue congregando en la gran plaza, donde un gran número de forajidos y civiles se encontraba frente al ejército real. Ambos bandos se mantenían alejados, con una creciente tensión en el ambiente, pues nadie quería ser quien lanzara la primera piedra y convertirse en el causante de una verdadera carnicería. Los rebeldes se ocupaban en el centro de la plaza, así como la zona más alejada del castillo, mientras que los militares se posicionaban en el otro extremo, así como en las calles que daban a ese lado. Para tratar de evitar lo más posible un enfrentamiento directo, los rebeldes habían formado una gran barricada con muebles y demás cosas de madera, a la vez que habían lanzado leña y aceite en llamas, creando numerosas hogueras entre su posición y la de las tropas leales al rey.
La columna de humo que provenía de la gran plaza era cada vez más grande, lo cual solo podía significar que estaban cada vez más cerca. El más anciano de los líderes rebeldes entregó un papel a una de las tres trillizas, antes de darle un suave beso en la cabeza - Tened mucho cuidado, ¿entendido? - le dijo, preocupado, a la joven - Si véis que es muy peligroso, venid los cinco a la plaza - le puso suavemente la mano en la cabeza, a lo que la joven asintió antes de darle un fuerte abrazo - Tranquilas, no vamos a dejar que le pase nada a Robin - la joven asintió nuevamente, antes de llamar a sus hermanas e ir junto al mink y al pescador
- Seguidnos. Nosotras os guiaremos hasta el castillo - les pidió Lei con una sonrisa, aunque se podía percibir una gran seriedad en sus palabras. Tras asegurarse de que los cinco estaban listo y después de despedirse tanto del anciano y el sobrino de su amado Robin como del invidente monje, se alejaron de aquel gran grupo de personas. Se movían rápidamente, sin intención de perder un solo minuto, por aquellas calles que conocían como la palma de su mano. Stutely le había entregado a la joven de la cicatriz un mapa con indicaciones para sortear a posibles patrullas, pero no les hizo ninguna falta. Las calles estaban completamente desiertas. Todo aquel que no se había encerrado en su casa ahora estaba en la plaza central o se dirigía hacia allí, por lo que tras consultarlo con la pareja revolucionaria, optaron por tomar el camino más rápido.
No tardaron mucho en llegar al lugar indicado. No era nada especial. Era simplemente una calle más, pero se trataba de un punto lo suficientemente cerca de las murallas como para que el trayecto que tuvieran que hacer los revolucionarios no fuera eterno, y además les permitía sortear el foso que rodeaba varios ángulos del castillo.
- Vale, aquí estamos - dijo Lei, enormemente nerviosa - Si desde aquí hacéis un túnel y avanzáis doscientos metros en línea recta, emergeréis en el hall principal del castillo - les indicó, entregando el papel que el anciano les había dado al pescador. Se podía percibir sin ningún tipo de problema lo nerviosa que se encontraba, pues su brazo temblaba notablemente - Nosotras no podemos acompañaros más lejos de aquí - dijo, preocupada - Tened mucho cuidado - una de sus hermanas se acercó a ella, apoyando la mano en su hombro - No podemos deciros donde se encuentra el rey Juan exactamente, pero seguro que dentro podéis encontrar a alguien del servicio para que os guíe - la tercera hermana se acercó, apoyando la mano en el otro hombro - Ya nos habéis visto. Si os hacen alguna herida, no os preocupéis que cuando ganemos nosotras os curamos, ¿verdad Lei? - dijo Dima, mostrando el pulgar de la mano que no tenía apoyada en el hombro de su hermana con una sonrisa, haciendo que Rian hiciera lo mismo y provocando que Lei mostrara los dos a modo de despedida y deseo de buena suerte.
Lo único que restaba era infiltrarse en el castillo, pero lo que no sabía el dúo revolucionario era que lo duro que iba a ser esto. El úrsido mariscal revolucionario tenía que ir abriendo la tierra con sus poderes. Los dos revolucionarios avanzaban lentamente, teniéndose únicamente el uno al otro en aquella penumbra, con la dificultad añadida de que tenían que medir las distancias para emerger en el lugar correcto, pues hacerlo antes de tiempo podía suponer aparecer en un lugar lleno de enemigos y por ende echar a perder la infiltración. A medida que se acercaban a castillo podían sentir una creciente cantidad de presencias. No había ninguna que se destacara por encima del resto, y tampoco se movían de ninguna forma extraña. Cuando se acercaron más todavía, encontrándose a treinta metros del punto en el que emerger, podrían llegar a sentir a ciento treinta metros a cincuenta presencias bastante poderosas. No eran tan poderosas como ninguno de los dos, pero sí que eran mucho más fuertes que cualquiera de los guardias que se habían enfrentado anteriormente. Además de esas cincuenta presencias, había una más, una notablemente más débil, algo más débil incluso que una persona normal. A juzgar por la disposición de esas cincuenta y una personas podían intuir que se trataba del Rey Juan y su guardia personal.
Gracias a las increíbles dotes de orientación que comandante y mariscal compartían, emergieron en el lugar indicado por Stutely. Fue la decisión idónea, sin duda, pues de haber continuado avanzando más podrían haber caído en las mazmorras del castillo.
Cuando los dos revolucionarios salieron, viendo de nuevo la luz del día, se percataron de que se encontraban en el enorme hall del castillo. Era una estancia enorme. A su izquierda, a algo más de diez metros, se encontraban las enormes puertas del castillo. A los lados de estas puertas había enormes ventanales que hacían del interior un lugar extremadamente luminoso. Ventanales que se elevaban más de una treintena de metros, pues el techo de la estancia, en el cual colgaban lujosas lámparas de araña, alcanzaba los tres pisos, a juzgar por los distintos balcones que había en las paredes laterales. Al lado derecho de la estancia, una puerta de madera de la mejor calidad y decorada con numerosos relieves daba acceso a la sala del trono, lugar en el que podían sentir a aquellas cincuenta y un presencias. A ambos lados de esta majestuosa puerta, dos grandes escalinatas con barandillas de mármol daban paso al piso superior.
En el centro del gran hall, se alzaba una lujosa fuente. En el centro de la fuente se alzaba una imponente figura de un león, de cuya salía un chorro de agua.
Y al lado de la fuente, de pie, se encontraba un hombre, quien parecía estaba esperándoles.
Una vez pasado ese pequeño susto y habiendo decidido que el monje sería quien asistiera a los rebeldes mientras el Comandante de los Ejércitos del Oeste y su fiel mano derecha se infiltraban en el castillo para apresar al tirano rey Juan, salieron todos de aquel enorme edificio, dejando allí a los inmovilizados guardias, custodiados por algunos rebeldes para que nadie aprovechara su precaria situación para causarles ningún mal.
Una vez fuera de las gruesas paredes de piedra, pudieron tener una mayor percepción de la situación en la que se encontraba Kamome. Había un ligero olor a humo en el ambiente, el cual provenía de las varias columnas que se alzaban por diversos puntos de la ciudad. Estas columans de humo se debían a pequeños fuegos causados por los numerosos disturbios que se habían formado, en los que rebeldes civiles atacaban a los guardias con aquello que tenían a mano, entre lo que se incluían botellas rellenas con alcohol o aceite que prendían fuego y lanzaban. Guardias que se movían desde el hospital y la reserva de alimentos en dirección a la plaza central, pues era el lugar en donde una gran cantidad de rebeldes se había comenzado a reunir para tratar de asaltar el castillo.
Stutely dio la orden de comenzar a moverse en dirección a la plaza. La orden fue acatada al instante por rebeldes y revolucionarios. Avanzaban a un ritmo relativamente rápido, pero mover tal cantidad de cañones suponía un esfuerzo colosal, por lo que, si bien mantenían un buen ritmo, seguían sin ir tan rápido como desearían, teniendo en cuenta que cada minuto que se retrasaran en ir a ayudar a sus compañeros y hermanos de batalla podía suponer un aumento de muertes. Lo que en un principio era un grupo de poco más de ciento cincuenta personas fue creciendo en tamaño, pues aquellos ciudadanos que los veían y estaban dispuestos a luchar por su libertad se iban sumando a ellos. Aquellos ciudadanos de a pie, armados con palos, escobas o tapas de barril que hacían las veces de escudos, no sólo caminaban junto a aquellos valientes que habían desafiado al orden establecido con el único propósito de lograr una vida mejor para todos. No. Lo más fuertes se unieron a aquellos que empujaban los cañones, relevando a aquellos que estaban más cansados, logrando de esa forma avanzar con mayor rapidez. De lo que en un principio parecía un simple murmullo, fue emergiendo una canción, comenzó a resonar cada vez más alto por las calles de Kamome a medida que el grupo crecía hasta convertirse en toda una multitud.
Podía parecer una simple canción, pero era mucho más. Aquella canción unía una multitud de voces, todas distintas, en una sola. Una sola voz que encendía la llama de la revolución en los corazones de quienes la escuchaban. Una voz que les llamaba a luchar por obtener aquello que era suyo y les habían arrebatado, su libertad.
La gente se fue congregando en la gran plaza, donde un gran número de forajidos y civiles se encontraba frente al ejército real. Ambos bandos se mantenían alejados, con una creciente tensión en el ambiente, pues nadie quería ser quien lanzara la primera piedra y convertirse en el causante de una verdadera carnicería. Los rebeldes se ocupaban en el centro de la plaza, así como la zona más alejada del castillo, mientras que los militares se posicionaban en el otro extremo, así como en las calles que daban a ese lado. Para tratar de evitar lo más posible un enfrentamiento directo, los rebeldes habían formado una gran barricada con muebles y demás cosas de madera, a la vez que habían lanzado leña y aceite en llamas, creando numerosas hogueras entre su posición y la de las tropas leales al rey.
La columna de humo que provenía de la gran plaza era cada vez más grande, lo cual solo podía significar que estaban cada vez más cerca. El más anciano de los líderes rebeldes entregó un papel a una de las tres trillizas, antes de darle un suave beso en la cabeza - Tened mucho cuidado, ¿entendido? - le dijo, preocupado, a la joven - Si véis que es muy peligroso, venid los cinco a la plaza - le puso suavemente la mano en la cabeza, a lo que la joven asintió antes de darle un fuerte abrazo - Tranquilas, no vamos a dejar que le pase nada a Robin - la joven asintió nuevamente, antes de llamar a sus hermanas e ir junto al mink y al pescador
- Seguidnos. Nosotras os guiaremos hasta el castillo - les pidió Lei con una sonrisa, aunque se podía percibir una gran seriedad en sus palabras. Tras asegurarse de que los cinco estaban listo y después de despedirse tanto del anciano y el sobrino de su amado Robin como del invidente monje, se alejaron de aquel gran grupo de personas. Se movían rápidamente, sin intención de perder un solo minuto, por aquellas calles que conocían como la palma de su mano. Stutely le había entregado a la joven de la cicatriz un mapa con indicaciones para sortear a posibles patrullas, pero no les hizo ninguna falta. Las calles estaban completamente desiertas. Todo aquel que no se había encerrado en su casa ahora estaba en la plaza central o se dirigía hacia allí, por lo que tras consultarlo con la pareja revolucionaria, optaron por tomar el camino más rápido.
No tardaron mucho en llegar al lugar indicado. No era nada especial. Era simplemente una calle más, pero se trataba de un punto lo suficientemente cerca de las murallas como para que el trayecto que tuvieran que hacer los revolucionarios no fuera eterno, y además les permitía sortear el foso que rodeaba varios ángulos del castillo.
- Vale, aquí estamos - dijo Lei, enormemente nerviosa - Si desde aquí hacéis un túnel y avanzáis doscientos metros en línea recta, emergeréis en el hall principal del castillo - les indicó, entregando el papel que el anciano les había dado al pescador. Se podía percibir sin ningún tipo de problema lo nerviosa que se encontraba, pues su brazo temblaba notablemente - Nosotras no podemos acompañaros más lejos de aquí - dijo, preocupada - Tened mucho cuidado - una de sus hermanas se acercó a ella, apoyando la mano en su hombro - No podemos deciros donde se encuentra el rey Juan exactamente, pero seguro que dentro podéis encontrar a alguien del servicio para que os guíe - la tercera hermana se acercó, apoyando la mano en el otro hombro - Ya nos habéis visto. Si os hacen alguna herida, no os preocupéis que cuando ganemos nosotras os curamos, ¿verdad Lei? - dijo Dima, mostrando el pulgar de la mano que no tenía apoyada en el hombro de su hermana con una sonrisa, haciendo que Rian hiciera lo mismo y provocando que Lei mostrara los dos a modo de despedida y deseo de buena suerte.
Lo único que restaba era infiltrarse en el castillo, pero lo que no sabía el dúo revolucionario era que lo duro que iba a ser esto. El úrsido mariscal revolucionario tenía que ir abriendo la tierra con sus poderes. Los dos revolucionarios avanzaban lentamente, teniéndose únicamente el uno al otro en aquella penumbra, con la dificultad añadida de que tenían que medir las distancias para emerger en el lugar correcto, pues hacerlo antes de tiempo podía suponer aparecer en un lugar lleno de enemigos y por ende echar a perder la infiltración. A medida que se acercaban a castillo podían sentir una creciente cantidad de presencias. No había ninguna que se destacara por encima del resto, y tampoco se movían de ninguna forma extraña. Cuando se acercaron más todavía, encontrándose a treinta metros del punto en el que emerger, podrían llegar a sentir a ciento treinta metros a cincuenta presencias bastante poderosas. No eran tan poderosas como ninguno de los dos, pero sí que eran mucho más fuertes que cualquiera de los guardias que se habían enfrentado anteriormente. Además de esas cincuenta presencias, había una más, una notablemente más débil, algo más débil incluso que una persona normal. A juzgar por la disposición de esas cincuenta y una personas podían intuir que se trataba del Rey Juan y su guardia personal.
Gracias a las increíbles dotes de orientación que comandante y mariscal compartían, emergieron en el lugar indicado por Stutely. Fue la decisión idónea, sin duda, pues de haber continuado avanzando más podrían haber caído en las mazmorras del castillo.
Cuando los dos revolucionarios salieron, viendo de nuevo la luz del día, se percataron de que se encontraban en el enorme hall del castillo. Era una estancia enorme. A su izquierda, a algo más de diez metros, se encontraban las enormes puertas del castillo. A los lados de estas puertas había enormes ventanales que hacían del interior un lugar extremadamente luminoso. Ventanales que se elevaban más de una treintena de metros, pues el techo de la estancia, en el cual colgaban lujosas lámparas de araña, alcanzaba los tres pisos, a juzgar por los distintos balcones que había en las paredes laterales. Al lado derecho de la estancia, una puerta de madera de la mejor calidad y decorada con numerosos relieves daba acceso a la sala del trono, lugar en el que podían sentir a aquellas cincuenta y un presencias. A ambos lados de esta majestuosa puerta, dos grandes escalinatas con barandillas de mármol daban paso al piso superior.
En el centro del gran hall, se alzaba una lujosa fuente. En el centro de la fuente se alzaba una imponente figura de un león, de cuya salía un chorro de agua.
Y al lado de la fuente, de pie, se encontraba un hombre, quien parecía estaba esperándoles.
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