07-10-2025, 06:45 AM
Día 57, Verano
22:00
El aire de la base yakuza estaba impregnado del inconfundible olor a tabaco, madera encerada, pólvora y sake viejo. Los pasillos, silenciosos la mayor parte de la noche, se extendían como un laberinto de sombras interrumpido apenas por la tenue luz rojiza de los faroles. Era una calma tensa, el tipo de silencio que solo se encuentra en lugares donde la violencia no es excepción, sino norma.
En el ala este, más allá del corredor principal, una puerta entreabierta dejaba escapar risas contenidas y el sonido húmedo de un murmullo interrumpido. La habitación pertenecía al personal de la base, y en ella se encontraba Sayaka, una joven encargada de tareas menores, lo bastante discreta para no levantar sospechas ni hacer enfadar a nadie, salvo por aquella noche.
El intruso, desconocido entonces para todos, había entrado con una precisión quirúrgica. Nadie lo había visto atravesar los controles ni escuchar las alarmas del perímetro, pero de algún modo había llegado hasta el corazón del refugio sin ser detectado. Nadie excepto la muchacha del servicio, que lo había encontrado antes que los guardias. Lo demás fue un desenlace previsible, o tal vez inevitable.
Primero fueron los susurros. Luego, los roces. Después, el golpe sordo de un cuerpo contra el colchón, el cabezal de una cama golpeando una pared, y el crujir de los tablones de madera. Y, finalmente, los sonidos de gemidos que no dejaban lugar a la duda.
El eco se filtró por las paredes del pasillo contiguo.
Los dos guardias de ronda, hombres curtidos, pero no insensibles al escándalo, intercambiaron miradas perplejas. Uno de ellos carraspeó, como dudando si debía ignorarlo. El otro, más veterano en el lugar, comprendió que no se trataba de la situación de ruidos habituales, pues los gemidos eran femeninos, y bajó la mano hacia su radio.
-Alguien ha entrado en el dormitorio. -Murmuró, con una ceja arqueada.
-¿A estas horas?
-Sí. Y no parece... "Trabajo" de la casa... -Sus dudas estaban fundadas, así que el aviso se transmitió en menos de un minuto al resto del complejo.
Mientras tanto, en el otro extremo del mismo, Hana escuchó el reporte con una mezcla de curiosidad y molestia. Dejó el vaso de cristal sobre la mesa de su despacho, con el hielo aún repiqueteando contra las paredes del whisky, y se incorporó con calma.
No preguntó más. Tampoco dio explicaciones.
Solo se giró hacia el panel de madera cercano a la entrada de sus aposentos y lo deslizó con un suave clic. Detrás, el acceso secreto a los dormitorio de sus hombres, un pasadizo que atravesaba la bóveda de sus tesoros, invisible para cualquiera que no conociera su existencia.
Sus pasos resonaron apenas como un roce. Cada centímetro de su avance estaba medido, y el reflejo de la luz roja del farol iluminaba intermitentemente su silueta, la de una mujer acostumbrada a moverse entre el peligro y la sensualidad con idéntica naturalidad.
En ese mismo instante, los guardias asignados a la patrulla nocturna ya habían llegado a la puerta principal del cuarto.
Uno de ellos alzó la mano y golpeó con fuerza. Para entonces ya habían incluso reconocido a la "causante" de los sonidos.
-¡Señorita Sayaka! ¿Está todo bien ahí dentro?
El ruido que siguió fue confuso, nervioso. Unos pasos apresurados, un mueble que se desplazaba, un golpe contra la pared. Nadie contestó.
El guardia no esperó otra señal. Sabía que Hana estaba en camino, si no entraban ahí antes que ella, ellos también serían castigados.
-Abridla.
El cerrojo cedió con un chasquido seco, y la puerta se abrió violentamente. La luz del pasillo inundó el interior del cuarto.
Pero lo que los hombres no sabían era que Hana ya estaba dentro. Había entrado desde la pared lateral, silenciosa, deslizándose como una sombra entre los biombos. Su figura se delineó a contraluz, observando la escena con una mirada afilada que oscilaba entre la sorpresa y la frialdad.
El tiempo pareció detenerse un instante.
Había dos cuerpos en aquella cama, el de la asistenta, con los ojos desorbitados, y el de un hombre que claramente no era de la casa.
La expresión de Hana no cambió. Ni un solo músculo de su rostro traicionó emoción alguna, hasta que ella no permitió a una leve sonrisa escapar tímidamente de sus labios. Tras ello, exhaló el humo de su cigarro, que ascendió en espirales lentas hasta perderse en la penumbra del techo.
Con una voz baja, firme, que no necesitó elevar para ser obedecida, dictó sus órdenes.
-Rodead el cuarto. Nadie sale.
Los hombres se movieron de inmediato, uno a cada lado, otro cubriendo el pasillo principal. El sonido metálico de las armas desenvainadas llenó el aire.
Desde su posición, Hana avanzó un paso, el humo aún escapando entre sus labios. La expresión seguía siendo la misma, un equilibrio extraño entre curiosidad y amenaza.
La trampa se había cerrado, y el intruso estaba rodeado.
Y, sin embargo, la tensión que flotaba en el ambiente le decía a la hermosa yakuza que aquella no era una noche cualquiera cualquiera… Sino la de un encuentro que prometía ser algo mucho más peligroso.
En el ala este, más allá del corredor principal, una puerta entreabierta dejaba escapar risas contenidas y el sonido húmedo de un murmullo interrumpido. La habitación pertenecía al personal de la base, y en ella se encontraba Sayaka, una joven encargada de tareas menores, lo bastante discreta para no levantar sospechas ni hacer enfadar a nadie, salvo por aquella noche.
El intruso, desconocido entonces para todos, había entrado con una precisión quirúrgica. Nadie lo había visto atravesar los controles ni escuchar las alarmas del perímetro, pero de algún modo había llegado hasta el corazón del refugio sin ser detectado. Nadie excepto la muchacha del servicio, que lo había encontrado antes que los guardias. Lo demás fue un desenlace previsible, o tal vez inevitable.
Primero fueron los susurros. Luego, los roces. Después, el golpe sordo de un cuerpo contra el colchón, el cabezal de una cama golpeando una pared, y el crujir de los tablones de madera. Y, finalmente, los sonidos de gemidos que no dejaban lugar a la duda.
El eco se filtró por las paredes del pasillo contiguo.
Los dos guardias de ronda, hombres curtidos, pero no insensibles al escándalo, intercambiaron miradas perplejas. Uno de ellos carraspeó, como dudando si debía ignorarlo. El otro, más veterano en el lugar, comprendió que no se trataba de la situación de ruidos habituales, pues los gemidos eran femeninos, y bajó la mano hacia su radio.
-Alguien ha entrado en el dormitorio. -Murmuró, con una ceja arqueada.
-¿A estas horas?
-Sí. Y no parece... "Trabajo" de la casa... -Sus dudas estaban fundadas, así que el aviso se transmitió en menos de un minuto al resto del complejo.
Mientras tanto, en el otro extremo del mismo, Hana escuchó el reporte con una mezcla de curiosidad y molestia. Dejó el vaso de cristal sobre la mesa de su despacho, con el hielo aún repiqueteando contra las paredes del whisky, y se incorporó con calma.
No preguntó más. Tampoco dio explicaciones.
Solo se giró hacia el panel de madera cercano a la entrada de sus aposentos y lo deslizó con un suave clic. Detrás, el acceso secreto a los dormitorio de sus hombres, un pasadizo que atravesaba la bóveda de sus tesoros, invisible para cualquiera que no conociera su existencia.
Sus pasos resonaron apenas como un roce. Cada centímetro de su avance estaba medido, y el reflejo de la luz roja del farol iluminaba intermitentemente su silueta, la de una mujer acostumbrada a moverse entre el peligro y la sensualidad con idéntica naturalidad.
En ese mismo instante, los guardias asignados a la patrulla nocturna ya habían llegado a la puerta principal del cuarto.
Uno de ellos alzó la mano y golpeó con fuerza. Para entonces ya habían incluso reconocido a la "causante" de los sonidos.
-¡Señorita Sayaka! ¿Está todo bien ahí dentro?
El ruido que siguió fue confuso, nervioso. Unos pasos apresurados, un mueble que se desplazaba, un golpe contra la pared. Nadie contestó.
El guardia no esperó otra señal. Sabía que Hana estaba en camino, si no entraban ahí antes que ella, ellos también serían castigados.
-Abridla.
El cerrojo cedió con un chasquido seco, y la puerta se abrió violentamente. La luz del pasillo inundó el interior del cuarto.
Pero lo que los hombres no sabían era que Hana ya estaba dentro. Había entrado desde la pared lateral, silenciosa, deslizándose como una sombra entre los biombos. Su figura se delineó a contraluz, observando la escena con una mirada afilada que oscilaba entre la sorpresa y la frialdad.
El tiempo pareció detenerse un instante.
Había dos cuerpos en aquella cama, el de la asistenta, con los ojos desorbitados, y el de un hombre que claramente no era de la casa.
La expresión de Hana no cambió. Ni un solo músculo de su rostro traicionó emoción alguna, hasta que ella no permitió a una leve sonrisa escapar tímidamente de sus labios. Tras ello, exhaló el humo de su cigarro, que ascendió en espirales lentas hasta perderse en la penumbra del techo.
Con una voz baja, firme, que no necesitó elevar para ser obedecida, dictó sus órdenes.
-Rodead el cuarto. Nadie sale.
Los hombres se movieron de inmediato, uno a cada lado, otro cubriendo el pasillo principal. El sonido metálico de las armas desenvainadas llenó el aire.
Desde su posición, Hana avanzó un paso, el humo aún escapando entre sus labios. La expresión seguía siendo la misma, un equilibrio extraño entre curiosidad y amenaza.
La trampa se había cerrado, y el intruso estaba rodeado.
Y, sin embargo, la tensión que flotaba en el ambiente le decía a la hermosa yakuza que aquella no era una noche cualquiera cualquiera… Sino la de un encuentro que prometía ser algo mucho más peligroso.
Off
Hana
Recordatorio
