07-10-2025, 10:08 AM
Mi corazón apenas podía seguir el ritmo de los pasos que ocurrían a mi alrededor: Rosse, la multitud, DaSilva, todos, y aún así se me quedaban diminutos. Rosse hablaba y movía el aire a su alrededor como si fuera el dueño del mundo, y yo no tenía más que dejarme llevar. ¿Quién me iba a decir aquel día en el bar que Rosse guardaba tanto poder en su interior? No brillaba solo en el sentido metafórico de la palabra, sino en el sentido más literal: era luz. Pero no podía quedarme fascinada mirando, no había tiempo para pensar demasiado; simplemente sentir, seguir, confiar.
Rosse se había ganado mi confianza, y esperaba que motu proprio yo hubiese logrado lo mismo con él. Así pues, subí a su hombro sin dudarlo, ajustándome con cuidado, mis manos aferradas a la tela de su ropa como si fueran raíces invisibles que me sostenían. Mis dedos se enredaron un instante en un pliegue del vestido, como si quisieran asegurarme de que no caería. Luego, distraídamente, me llevé una mano al cuello, jugando con el pequeño collar que llevaba colgado: un gesto tonto, casi instintivo, que me calmaba y me recordaba que, aunque diminuta, todavía estaba allí, presente.
— Sí… sí, vamos —susurré con una mezcla de emoción y reverencia—. Tú marcas el camino.
Lo siguiente con lo que no esperaba encontrarme, era con una persona que podía llegar a hacerse tan pequeña como yo, pero a la vez podía huir de las pisadas de los grandes. Eso era evolución y no ser enana, quedando a merced de todos los gigantes. Sonreí, gratamente sorprendida, mientras mis dedos seguían jugueteando con mi collar, como si cada vuelta del hilo me diera fuerza. ¿Quién me iba a decir que por un grupo de matones acabaría juntándome con gente tan pintoresca? No era momento para cuestionar si de verdad aquel mink era un panda o no, tampoco de preguntarme cuál era el tamaño real de aquella oni, todos teníamos una tarea mucho más importante y vital que esa: sobrevivir.
Cada palabra de Rosse era música, cada gesto una coreografía que yo imitaba sin pensarlo. Si de verdad buscaba formar una tripulación de piratas, se esmeraba para que sus palabras llegasen a nuestros corazones. ¿En el resto estaría surtiendo el mismo efecto que en mí? ¿O tal vez soy de voluntad frágil?
Mi mirada no necesitaba buscar nada, tampoco podía; mis sentidos pequeños, alerta, percibían la vibración de la multitud, el eco de los pasos, el perfume de la ciudad y de Rosse mismo. Todo se combinaba en un ritmo que yo entendía y que, por una vez, no era Samba quien marcaba: la retirada no era miedo, era danza. Mientras avanzábamos, llevé otra vez la mano a mi cabello, apartando un mechón rebelde que caía sobre mis ojos, y noté cómo el sol se filtraba entre las calles, reflejándose tenuemente en mi collar, haciendo que brillara un instante.
Dejé que su voz me guiara, que su ritmo dictara mis movimientos. Reí bajito con su último comentario, casi como un eco de su travesura, y me acomodé un poco más, confiando en que mientras Rosse estuviera guiándonos a todos, el mundo se movería a nuestro compás. Hoy no éramos simples piratas, ni yo una mera observadora. Hoy éramos parte del espectáculo, y yo, aunque diminuta, me sentía gigante a su lado. Cada gesto suyo, cada palabra, cada respiración era un compás, y yo, felizmente, me dejaba llevar por el ritmo que nos conectaba a todos en aquel escenario improvisado y caótico.
Rosse se había ganado mi confianza, y esperaba que motu proprio yo hubiese logrado lo mismo con él. Así pues, subí a su hombro sin dudarlo, ajustándome con cuidado, mis manos aferradas a la tela de su ropa como si fueran raíces invisibles que me sostenían. Mis dedos se enredaron un instante en un pliegue del vestido, como si quisieran asegurarme de que no caería. Luego, distraídamente, me llevé una mano al cuello, jugando con el pequeño collar que llevaba colgado: un gesto tonto, casi instintivo, que me calmaba y me recordaba que, aunque diminuta, todavía estaba allí, presente.
— Sí… sí, vamos —susurré con una mezcla de emoción y reverencia—. Tú marcas el camino.
Lo siguiente con lo que no esperaba encontrarme, era con una persona que podía llegar a hacerse tan pequeña como yo, pero a la vez podía huir de las pisadas de los grandes. Eso era evolución y no ser enana, quedando a merced de todos los gigantes. Sonreí, gratamente sorprendida, mientras mis dedos seguían jugueteando con mi collar, como si cada vuelta del hilo me diera fuerza. ¿Quién me iba a decir que por un grupo de matones acabaría juntándome con gente tan pintoresca? No era momento para cuestionar si de verdad aquel mink era un panda o no, tampoco de preguntarme cuál era el tamaño real de aquella oni, todos teníamos una tarea mucho más importante y vital que esa: sobrevivir.
Cada palabra de Rosse era música, cada gesto una coreografía que yo imitaba sin pensarlo. Si de verdad buscaba formar una tripulación de piratas, se esmeraba para que sus palabras llegasen a nuestros corazones. ¿En el resto estaría surtiendo el mismo efecto que en mí? ¿O tal vez soy de voluntad frágil?
Mi mirada no necesitaba buscar nada, tampoco podía; mis sentidos pequeños, alerta, percibían la vibración de la multitud, el eco de los pasos, el perfume de la ciudad y de Rosse mismo. Todo se combinaba en un ritmo que yo entendía y que, por una vez, no era Samba quien marcaba: la retirada no era miedo, era danza. Mientras avanzábamos, llevé otra vez la mano a mi cabello, apartando un mechón rebelde que caía sobre mis ojos, y noté cómo el sol se filtraba entre las calles, reflejándose tenuemente en mi collar, haciendo que brillara un instante.
Dejé que su voz me guiara, que su ritmo dictara mis movimientos. Reí bajito con su último comentario, casi como un eco de su travesura, y me acomodé un poco más, confiando en que mientras Rosse estuviera guiándonos a todos, el mundo se movería a nuestro compás. Hoy no éramos simples piratas, ni yo una mera observadora. Hoy éramos parte del espectáculo, y yo, aunque diminuta, me sentía gigante a su lado. Cada gesto suyo, cada palabra, cada respiración era un compás, y yo, felizmente, me dejaba llevar por el ritmo que nos conectaba a todos en aquel escenario improvisado y caótico.
info
