07-10-2025, 03:34 PM
La oscuridad seguía cosquilleando detrás de mis ojos. Dos parpadeos y todo seguía blanco, un ruido constante entre los oídos y el pecho, pero mi memoria, mi maldita memoria perfecta me regalaba cada detalle que no podía ver, las luces rotas, el reflejo del metal, el aroma del licor derramado, el eco de los tacones de Rosse sobre el piso, podía reconstruirlo todo sin necesidad de mirar y eso me bastaba.
No hacía falta visión para entender que el mundo acababa de girar sobre su eje, escuchaba el grito ahogado de DaSilva, el chasquido de su orgullo rompiéndose, y supe que Rosse había dejado su marca en él, una cicatriz de las que no se curan ni con toda el agua del mar. —WUAWUAWUAWUA— Mi risa escapó entre el dolor y la confusión, rasgada pero viva, como una nota fuera de tono que aún logra brillar en el concierto.
—Eso te pasa por subestimar a una mujer con buen tacón y mala copa, carajo—murmuré, todavía sujetándome el abdomen, doblada pero sin rendirme. El ambiente había cambiado, el público, esa turba cobarde que aplaude cuando huele sangre, comenzó a abuchear. Su energía me atravesó como cuchillos, pero no dolía; al contrario, me avivaba. Que me griten, que me odien, que me vean, siempre lo hacen, lo hicieron en el concurso, lo hicieron en la competencia de botes, pero el ruido de la gente es solo música si sabes escucharla.
Entre ese caos reconocí la voz de Rosse, melodiosa y teatral, envolviendo todo como una canción de cabaret. Sentí el roce de su presencia antes de oírla hablarme, esa debe ser una forma suya de convertir el caos en arte. Cuando extendió la mano hacia mí, la ceguera dejó de importarme, no la vi, pero la recordé, con la precisión de quien graba imágenes en la piel, su tono era una orden y una caricia al mismo tiempo.
No tuve que pensarlo, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y la fruta que reposa en mí hizo el resto. En un instante, la altura del mundo se redujo, mis pies se encogieron, mis manos, mi respiración, todo de mi se volvió ligero, diminuto, manejable, la Mini Mini no Mi nunca deja de sorprenderme; ni siquiera el dolor impidió que el cambio fluyera, el peso desapareció y el aire me sostuvo por un segundo ante de que la mano de Rosse me recogiera con una elegancia que rozaba la teatralidad.
Su hombro era cálido y estable, un trono temporal, desde ahí, aunque ciega, lo veía todo con la mente, la multitud agitada, el mink avanzando, Alana aferrada al otro hombro de la diva. Perfect symmetry, decía ella, y aunque el mareo todavía me aturdía, reí otra vez, ronca y sincera. —Heh… Qué bien se siente el escenario, mon. —
Mi orgullo seguía intacto. No importaba haber fallado, ni el dolor punzante en el estómago, ni la vista perdida, lo que importaba era el fuego en el pecho, ese que solo se enciende cuando entiendes que ya no estás sola y mientras Rosse marcaba el paso, los tacones dictaban el compás, y yo podía jurar que el ritmo de su andar era el mismo que latía en mi corazón.
Los abucheos afuera crecían, mezclados con pasos apresurados de los refuerzos. El mundo entero parecía girar en nuestra contra, pero mientras Rosse hablaba y su voz convertía cada palabra en promesa entendí que aquello no era una retirada por miedo, era un nacimiento de una familia que, aunque no pedí, me encontró. Cuando proclamó el nombre, supe que ya era leyenda antes de comenzar. Piratas del Cabaret. No podía ser de otra forma. La risa volvió, fuerte, sonora, orgullosa.
—WUAWUAWUAWUAWUAWA… ¡Que tiemble el mundo, que la función apenas empieza, carajo! — Y así, diminuta sobre su hombro, con el perfume del cabaret aún en el aire, me dejé llevar por la música del caos. Ciega, herida, pero sonriendo. Porque por primera vez, entendí que mi lugar no era en un trono ni en una cocina, era en el escenario del mundo, junto a ellos. La familia que no esperaba, pero con la que reiría, bebería y pelearía conmigo hasta el final.
No hacía falta visión para entender que el mundo acababa de girar sobre su eje, escuchaba el grito ahogado de DaSilva, el chasquido de su orgullo rompiéndose, y supe que Rosse había dejado su marca en él, una cicatriz de las que no se curan ni con toda el agua del mar. —WUAWUAWUAWUA— Mi risa escapó entre el dolor y la confusión, rasgada pero viva, como una nota fuera de tono que aún logra brillar en el concierto.
—Eso te pasa por subestimar a una mujer con buen tacón y mala copa, carajo—murmuré, todavía sujetándome el abdomen, doblada pero sin rendirme. El ambiente había cambiado, el público, esa turba cobarde que aplaude cuando huele sangre, comenzó a abuchear. Su energía me atravesó como cuchillos, pero no dolía; al contrario, me avivaba. Que me griten, que me odien, que me vean, siempre lo hacen, lo hicieron en el concurso, lo hicieron en la competencia de botes, pero el ruido de la gente es solo música si sabes escucharla.
Entre ese caos reconocí la voz de Rosse, melodiosa y teatral, envolviendo todo como una canción de cabaret. Sentí el roce de su presencia antes de oírla hablarme, esa debe ser una forma suya de convertir el caos en arte. Cuando extendió la mano hacia mí, la ceguera dejó de importarme, no la vi, pero la recordé, con la precisión de quien graba imágenes en la piel, su tono era una orden y una caricia al mismo tiempo.
No tuve que pensarlo, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y la fruta que reposa en mí hizo el resto. En un instante, la altura del mundo se redujo, mis pies se encogieron, mis manos, mi respiración, todo de mi se volvió ligero, diminuto, manejable, la Mini Mini no Mi nunca deja de sorprenderme; ni siquiera el dolor impidió que el cambio fluyera, el peso desapareció y el aire me sostuvo por un segundo ante de que la mano de Rosse me recogiera con una elegancia que rozaba la teatralidad.
Su hombro era cálido y estable, un trono temporal, desde ahí, aunque ciega, lo veía todo con la mente, la multitud agitada, el mink avanzando, Alana aferrada al otro hombro de la diva. Perfect symmetry, decía ella, y aunque el mareo todavía me aturdía, reí otra vez, ronca y sincera. —Heh… Qué bien se siente el escenario, mon. —
Mi orgullo seguía intacto. No importaba haber fallado, ni el dolor punzante en el estómago, ni la vista perdida, lo que importaba era el fuego en el pecho, ese que solo se enciende cuando entiendes que ya no estás sola y mientras Rosse marcaba el paso, los tacones dictaban el compás, y yo podía jurar que el ritmo de su andar era el mismo que latía en mi corazón.
Los abucheos afuera crecían, mezclados con pasos apresurados de los refuerzos. El mundo entero parecía girar en nuestra contra, pero mientras Rosse hablaba y su voz convertía cada palabra en promesa entendí que aquello no era una retirada por miedo, era un nacimiento de una familia que, aunque no pedí, me encontró. Cuando proclamó el nombre, supe que ya era leyenda antes de comenzar. Piratas del Cabaret. No podía ser de otra forma. La risa volvió, fuerte, sonora, orgullosa.
—WUAWUAWUAWUAWUAWA… ¡Que tiemble el mundo, que la función apenas empieza, carajo! — Y así, diminuta sobre su hombro, con el perfume del cabaret aún en el aire, me dejé llevar por la música del caos. Ciega, herida, pero sonriendo. Porque por primera vez, entendí que mi lugar no era en un trono ni en una cocina, era en el escenario del mundo, junto a ellos. La familia que no esperaba, pero con la que reiría, bebería y pelearía conmigo hasta el final.
Resumen
