07-10-2025, 08:05 PM
Este tío tenía probablemente menos humor y paciencia que yo, y mira que lograr esa hazaña era complicado. Antes de que pudiera acabar, o siquiera, empezar a bromearle sobre mis gustos amorosos y mi desnudez, pude sentir como su aura se estremecía violentamente hacia mi, tanto en forma espiritual como física y tangible. De repente, pude sentir como mi espíritu flaqueaba y, con ello, todos los músculos de mi cuerpo, no respondían a las señales de peligro que les mandaba mi cerebro.- Haoshoku… - Concluía hacia mi misma sintiendo, consecutivamente, sobre el cielo de mi cabeza, un impacto duro y frío que, a pesar de tener mi Kenbunshoku Haki activo premeditadamente, la sorpresa de estar bajo los efectos del Haoshoku me hicieron bajar la guardia en ese primer golpe, no pudiendo ser capaz de hacer nada frente aquel. Afortunadamente, el daño que sentía fruto de aquel garrotazo, no fue suficiente como para hacerme dejar de usar mi haki por lo que, ante los siguientes y venideros ataques, aunque me era imposible esquivarlos debido a mi estado inmóvil, si que utilicé mi energía espiritual para cubrir la zona de mi cuerpo en la que predije que iban a ir dirigidos sus ataques. De esta forma, una la parte superior de mi cráneo, se cubriría de un negro mateado, que brillaría en representación de mi Busoshoku Haki, colisionando, en un sonoro choque de voluntades, que reduciría enormemente el daño ocasionado por los dos siguientes ataques del cazarrecompensas, quien instaba a que cerrara el hocico, furioso y con su compostura completamente por los suelos. Mi agresor, si no se había desquitado lo suficiente con esos tres bateos, soltó su arma para, seguidamente, arrodillarse y propinarme un puñetazo también recubierto en Busoshoku Haki. Un puñetazo con su zurda - o mejor dicho, única mano - que, en esta ocasión, ni me hacía falta el Kenbunshoku para poder verlo venir. Un puñetazo que iba dirigido hacia la misma zona que sus anteriores ataques dejando, por tanto, mi Haki de Armamento para mitigar el daño lo máximo posible. Puede que él tuviera la sartén cogida por el mango, pero yo iba hacer todo lo posible - e incluso lo imposible, si es que lo imposible es también posible - en resistir y salir de allí.
Fue entonces que empezó a hablarle a mi propio jefe, el gallina que prácticamente estaba suplicando por su vida, recurriendo a tretas que no llevarían a ningún lado. Sentir como me cogía de la nuca y me alzaba por encima del suelo, como una muñeca de trapo, dejaba bastante claro que, en efecto, las amenazas de Nitobo valían una mierda. Mi asombro fue mayúsculo cuando, respaldando las ligeras sospechas que me surgieron al ver sus facciones, efectivamente, aquel hombre era nada más y nada menos un Tenryuubito, un Saint O’Heil y, aunque no sabía el nombre de la familia a la que pertenecían aquellos dos individuos de poder inconmensurable, era mucho más probable ahora que debía estar relacionado con ellos. Sonreí fervientemente hacia dentro, desactivando el haki de armamento de mi cabeza, pero sintiendo como mi sed de sangre y de batalla crecía en mi interior, de sólo pensar en lo que sería combatir de igual a igual con alguien de su linaje. Un deseo un tanto estúpido, dada la situación, pero que no podía esconder debido a mi espíritu beligerante, que empezó a visualizar en mi mente la posible coreografía bélica que surgiría entre los dos, ayudándome esa imaginación a entrar incluso en un estado zen y de tranquilidad. Al final, mantener el “mental” por el mero hecho de pensar en la propia batalla, era algo que me había ayudado desde siempre.
El Dragón Celestial, siguió informando al anciano de mi benefactor sobre sus “buenas” y “poco hostiles” intenciones, las cuáles se traducían en quedarse con el trono, fortuna y contratos comerciales del Emperador del Inframundo, culminando con plantearle las dos opciones que tenía. Aceptar y cederle todo para sobrevivir, a cambio de llevarse parte de su fortuna, hombres, e incluso con la opción de convertirme en una especie de esclava sexual - momento en el que el cazador me levantó más y zarandeó, como si fuera uno de sus premios - o, en cambio, que fuéramos los dos brutalmente apaleados para, eventualmente, convertirse en un esclavo de su negocio familiar. Conforme Sohem cesó de enumerar las dos disyuntivas que se le presentaban a Nitobo, pude notar como la mirada del anciano, rápidamente, se clavaban sobre mí, no pudiendo evitar en devolverle una mirada asesina.- Intenta hacerme algo, eres hombre muerto-bang. - Transmití con mi mirada. Ante la oferta del Saint O’Heil, desesperado y como si se estuviera aferrando a un clavo ardiendo, Nitobo decidió aceptar su trato, no pudiendo evitar que mis pupilas rodaran ante la falsa esperanza que le estaba dando el invasor.- Pero será iluso… Está claro que, nada más firme ese contrato, seremos hombres muertos-bang. - Para mi era un hecho que Sohem estaba jugando con nosotros o, al menos, es algo que habría hecho yo en su lugar. Arrebatarle la esperanza a una persona cuando cree que se ha salvado de una muerte segura, es un sentimiento placentero que jamás me cansaría de experimentar.- No puedo juzgarte, Sohem Burnedead. - Y desde luego, que no podía. Ahora, lo único que restaba era ir hasta el despacho de Nitobo, los tres y el pipiolo de pelos alborotados y alas que acababa de llegar y esperar a nuestro destino después de que hiciera firmar a Nitobo.- Quizás, esa es mi única oportunidad… -
Fue entonces que empezó a hablarle a mi propio jefe, el gallina que prácticamente estaba suplicando por su vida, recurriendo a tretas que no llevarían a ningún lado. Sentir como me cogía de la nuca y me alzaba por encima del suelo, como una muñeca de trapo, dejaba bastante claro que, en efecto, las amenazas de Nitobo valían una mierda. Mi asombro fue mayúsculo cuando, respaldando las ligeras sospechas que me surgieron al ver sus facciones, efectivamente, aquel hombre era nada más y nada menos un Tenryuubito, un Saint O’Heil y, aunque no sabía el nombre de la familia a la que pertenecían aquellos dos individuos de poder inconmensurable, era mucho más probable ahora que debía estar relacionado con ellos. Sonreí fervientemente hacia dentro, desactivando el haki de armamento de mi cabeza, pero sintiendo como mi sed de sangre y de batalla crecía en mi interior, de sólo pensar en lo que sería combatir de igual a igual con alguien de su linaje. Un deseo un tanto estúpido, dada la situación, pero que no podía esconder debido a mi espíritu beligerante, que empezó a visualizar en mi mente la posible coreografía bélica que surgiría entre los dos, ayudándome esa imaginación a entrar incluso en un estado zen y de tranquilidad. Al final, mantener el “mental” por el mero hecho de pensar en la propia batalla, era algo que me había ayudado desde siempre.
El Dragón Celestial, siguió informando al anciano de mi benefactor sobre sus “buenas” y “poco hostiles” intenciones, las cuáles se traducían en quedarse con el trono, fortuna y contratos comerciales del Emperador del Inframundo, culminando con plantearle las dos opciones que tenía. Aceptar y cederle todo para sobrevivir, a cambio de llevarse parte de su fortuna, hombres, e incluso con la opción de convertirme en una especie de esclava sexual - momento en el que el cazador me levantó más y zarandeó, como si fuera uno de sus premios - o, en cambio, que fuéramos los dos brutalmente apaleados para, eventualmente, convertirse en un esclavo de su negocio familiar. Conforme Sohem cesó de enumerar las dos disyuntivas que se le presentaban a Nitobo, pude notar como la mirada del anciano, rápidamente, se clavaban sobre mí, no pudiendo evitar en devolverle una mirada asesina.- Intenta hacerme algo, eres hombre muerto-bang. - Transmití con mi mirada. Ante la oferta del Saint O’Heil, desesperado y como si se estuviera aferrando a un clavo ardiendo, Nitobo decidió aceptar su trato, no pudiendo evitar que mis pupilas rodaran ante la falsa esperanza que le estaba dando el invasor.- Pero será iluso… Está claro que, nada más firme ese contrato, seremos hombres muertos-bang. - Para mi era un hecho que Sohem estaba jugando con nosotros o, al menos, es algo que habría hecho yo en su lugar. Arrebatarle la esperanza a una persona cuando cree que se ha salvado de una muerte segura, es un sentimiento placentero que jamás me cansaría de experimentar.- No puedo juzgarte, Sohem Burnedead. - Y desde luego, que no podía. Ahora, lo único que restaba era ir hasta el despacho de Nitobo, los tres y el pipiolo de pelos alborotados y alas que acababa de llegar y esperar a nuestro destino después de que hiciera firmar a Nitobo.- Quizás, esa es mi única oportunidad… -
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