08-10-2025, 09:07 AM
Aquella sí que era una persona curiosa. Me parecía que, de todos los viajeros que había conocido hasta ese momento, este era uno de esos en los que se podía ver más de lo que se aparentaba; la manera en la que se movía y hablaba al hacer uso de la pipa, y el hecho simplemente de pronunciar su límite al tabaco, fueron algo que me quedó claro. Aunque, antes de que pudiera retraer el brazo, cuando solté aquella calada y el humo se fue suavemente, tomó la pipa y le dio él mismo una calada. Lo miré con una sonrisa que se convirtió en carcajada mientras palmeaba una de mis rodillas, ahí sentada en el piso, viendo al enorme desde abajo, cómo tomaba suave y delicadamente la pipa.
—¡HUHUHYYAAAHYYAAA! —me carcajeé divertida—. Bueno, siempre pudiste negarte, no hay ningún motivo por el que tengas que fumar —dije, mientras me encogía de hombros y tomaba la pipa de vuelta. En lo que él hablaba, volteé otra vez los pescados, que ya iban tomando tonalidad de cocido.
—Paciencia en la forja. Agradezco la bienvenida; espero que algún día puedas llegar a hacerlo. Si es tu sueño, ve y persíguelo —dije simplemente, estando relajada y sonriente, aunque atenta. No parecía mal chico. ¿Desconfiaba? Claro. Al final del día, aunque yo podría ser considerada una pirata, ni siquiera tengo precio por mi cabeza, y hay todo tipo de gente en este mundo.
—¡Sería un placer escucharla! —proferí, y casi inmediatamente la canción comenzó a salir de su boca. Cuando Heras comenzó a cantar, interpretando una suerte de actuación para mí que me pareció muy entretenida de ver y encantadora, me reí entre parte y parte mientras me apoyaba en mis rodillas y daba otra calada de mi cosecha especial. Mis ojos comenzaron a ponerse un poco rojos.
Cerré los ojos, disfrutando un poco, hasta que sentí su mano en mi espalda.
“Wow”, pensé, “este chico…”. Seguí observando cada gesto, cómo acariciaba el dorso de mi mano, y aunque cualquier otra pudo haberse desprendido de ser tocada por un extraño, por alguna razón tuve la sensación de que iba a divertirme si dejaba que continuara hasta ver a dónde llegaba.
La letra de la canción era hermosa; definitivamente era alguna de aquellas canciones de romance que se cantaban en altamar por las mujeres. Cuando lo vi estirar sus alas negras, dándole la espalda al último rayo de sol, se me escapó un:
—Es hermoso —.
Las notas las traía el viento hasta mis oídos y, mientras, mi mente era maravillada por el espectáculo que estaba viendo.
Él volvió a tomarme de la mano; yo no las quité.
—Estuviste estupendo —le dije—.
Puedo ver que sabes cómo entretener y encantar a las mujeres —agregué. Mi mirada centelleó; era algo picante y salvaje, pero no había intenciones malas ni en el comentario ni en cómo lo observaba.
—Fue una canción fabulosa —miré hacia arriba, esperando que soltara mis manos antes de acomodar la pipa—. Nunca la había escuchado, y además puedo decirte que cantas ciertamente mejor que muchos, mejor que yo, eso seguro. HAHAH —comenté, ahora sí despegando mis manos para dar una vuelta a los pescados y entonces tenderle uno que ya estaba en su punto—.
—Te ha quedado exquisito, Heras —le sostuve la mirada fijamente, genuinamente dedicando aquel cumplido.
—Ahora que lo pienso, no estoy acostumbrada a ese tipo de música —analicé un momento—, aunque me ha encantado.
—En mi pueblo las canciones suenan un poco diferentes. Yo no era de las mujeres que sabían cantar precisamente, aunque hacía algunos sonidos que acompañaban al grupo —esbocé una sonrisa melancólica por el recuerdo feliz—.
—Sonaba algo así como…
Comencé a dar golpes en la arena que sonaron como un pequeño tambor, a la par que daba palmadas en mi muslo.
Los sonidos y las palabras salieron de mi boca en el idioma de las Kuja, mientras la fogata chisporroteaba y los pescados se cocían.
Eché hacia atrás tomando aire fuertemente; mis mechones de cabello se deslizaron conmigo, algunos cayendo hacia enfrente, otros hacia atrás, despejando mi frente y los costados del rostro.
Miré a la luna, y luego de encontrar el ritmo, la voz salió por mi garganta.
No era una voz para cantar del todo armoniosa; era un canto ceremonial tradicional. Sonaba profunda, pero un poco rasposa, golpeada, pero progresivamente melódica, acompañada de un ritmo hipnotizante.
Comencé a mecerme adelante y atrás, como si estuviera cantando una canción de cuna a mí misma.
De mi estómago salió el sonido de un ave, un chillido agudo armónico que acompañó al párrafo varias veces.
Y poco a poco, fui callando la voz, hasta terminar la canción.
—Era una canción que cantábamos en las ceremonias del pueblo —comenté—.
—Lo bonito era cantar juntos.
—¿Está bueno el pescado?
—¡HUHUHYYAAAHYYAAA! —me carcajeé divertida—. Bueno, siempre pudiste negarte, no hay ningún motivo por el que tengas que fumar —dije, mientras me encogía de hombros y tomaba la pipa de vuelta. En lo que él hablaba, volteé otra vez los pescados, que ya iban tomando tonalidad de cocido.
—Paciencia en la forja. Agradezco la bienvenida; espero que algún día puedas llegar a hacerlo. Si es tu sueño, ve y persíguelo —dije simplemente, estando relajada y sonriente, aunque atenta. No parecía mal chico. ¿Desconfiaba? Claro. Al final del día, aunque yo podría ser considerada una pirata, ni siquiera tengo precio por mi cabeza, y hay todo tipo de gente en este mundo.
—¡Sería un placer escucharla! —proferí, y casi inmediatamente la canción comenzó a salir de su boca. Cuando Heras comenzó a cantar, interpretando una suerte de actuación para mí que me pareció muy entretenida de ver y encantadora, me reí entre parte y parte mientras me apoyaba en mis rodillas y daba otra calada de mi cosecha especial. Mis ojos comenzaron a ponerse un poco rojos.
Cerré los ojos, disfrutando un poco, hasta que sentí su mano en mi espalda.
“Wow”, pensé, “este chico…”. Seguí observando cada gesto, cómo acariciaba el dorso de mi mano, y aunque cualquier otra pudo haberse desprendido de ser tocada por un extraño, por alguna razón tuve la sensación de que iba a divertirme si dejaba que continuara hasta ver a dónde llegaba.
La letra de la canción era hermosa; definitivamente era alguna de aquellas canciones de romance que se cantaban en altamar por las mujeres. Cuando lo vi estirar sus alas negras, dándole la espalda al último rayo de sol, se me escapó un:
—Es hermoso —.
Las notas las traía el viento hasta mis oídos y, mientras, mi mente era maravillada por el espectáculo que estaba viendo.
Él volvió a tomarme de la mano; yo no las quité.
—Estuviste estupendo —le dije—.
Puedo ver que sabes cómo entretener y encantar a las mujeres —agregué. Mi mirada centelleó; era algo picante y salvaje, pero no había intenciones malas ni en el comentario ni en cómo lo observaba.
—Fue una canción fabulosa —miré hacia arriba, esperando que soltara mis manos antes de acomodar la pipa—. Nunca la había escuchado, y además puedo decirte que cantas ciertamente mejor que muchos, mejor que yo, eso seguro. HAHAH —comenté, ahora sí despegando mis manos para dar una vuelta a los pescados y entonces tenderle uno que ya estaba en su punto—.
—Te ha quedado exquisito, Heras —le sostuve la mirada fijamente, genuinamente dedicando aquel cumplido.
—Ahora que lo pienso, no estoy acostumbrada a ese tipo de música —analicé un momento—, aunque me ha encantado.
—En mi pueblo las canciones suenan un poco diferentes. Yo no era de las mujeres que sabían cantar precisamente, aunque hacía algunos sonidos que acompañaban al grupo —esbocé una sonrisa melancólica por el recuerdo feliz—.
—Sonaba algo así como…
Comencé a dar golpes en la arena que sonaron como un pequeño tambor, a la par que daba palmadas en mi muslo.
Los sonidos y las palabras salieron de mi boca en el idioma de las Kuja, mientras la fogata chisporroteaba y los pescados se cocían.
Eché hacia atrás tomando aire fuertemente; mis mechones de cabello se deslizaron conmigo, algunos cayendo hacia enfrente, otros hacia atrás, despejando mi frente y los costados del rostro.
Miré a la luna, y luego de encontrar el ritmo, la voz salió por mi garganta.
No era una voz para cantar del todo armoniosa; era un canto ceremonial tradicional. Sonaba profunda, pero un poco rasposa, golpeada, pero progresivamente melódica, acompañada de un ritmo hipnotizante.
Comencé a mecerme adelante y atrás, como si estuviera cantando una canción de cuna a mí misma.
De mi estómago salió el sonido de un ave, un chillido agudo armónico que acompañó al párrafo varias veces.
Y poco a poco, fui callando la voz, hasta terminar la canción.
—Era una canción que cantábamos en las ceremonias del pueblo —comenté—.
—Lo bonito era cantar juntos.
—¿Está bueno el pescado?
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