08-10-2025, 10:24 AM
— No, no es una cuerda… aunque tiene su forma, ¿eh? —reí suavemente, observando cómo se movía la planta que pendía de la grieta del techo—. Es una serpiente, un animal que se mueve como… ¿serpenteando? Zigzagueando —si no conocía a las serpientes, supuse que tampoco entendería el término de serpentear, que es al final de cuentas un movimiento que hacen las serpientes—. Y que a veces es venenoso, según su especie —comenté en voz alta, más para que me escuchara que para explicármelo a mí misma.
Sus palabras me arrancaron una sonrisa. Había algo tan puro en su forma de preguntar, en esa mezcla de curiosidad y franqueza que desarmaba cualquier cinismo—. Claro, seré tus ojos sin dudarlo —afirmé con firmeza, más quisiera yo en su lugar poder tener la bondad y amabilidad de cualquier extraño, aunque algo me decía que no todos acostumbraban a serlo—. No sería la primera vez que guío a alguien a tientas.
Con los gigantes como ella, con los que simpatizaba, acostumbraba a ir en su hombro, dejándome llevar por ellos. Confiaba con demasiada facilidad en la gente, y a su vez me enojaba a la mínima provocación. Acaricié mi colgante como si de una reliquia se tratase. Para mí lo era, de hecho. La seguí de cerca, tan cerca como que estaba encima de ella, mientras avanzaba, escuchando los crujidos de las hojas secas bajo sus pasos. ¿Nuestros, quizás? Ella se reía de su torpeza, pero yo no lo veía así; había algo hermoso en su manera de moverse, como si todo en su entorno fuera un descubrimiento—. No te preocupes —dije con tono tranquilo—, ir recto no tiene tanta importancia. A veces los mejores caminos son los que se tuercen un poco. Y, ahora mismo, me fío de tu oído.
Cuando mencionó el agua, mis orejas se movieron levemente, atentas, pero era mejor con el olfato, notando la humedad que inundaba mis fosas nasales; supuse que se trataría de un caudal cercano—. Sí, la noto también —confirmé, como si la joven necesitase de mi propia reafirmación para estar segura de lo que decía, pero estaba segura de que no lo necesitaba—. Es un río, no parece muy profundo. Puedes beber, aunque… —me deslicé por sus ropas hasta llegar al suelo para tocar el agua con las manos, probando su frescor—, mejor evita hacerlo directamente. Nunca se sabe si hay algo raro corriente arriba.
La observé mientras ella hablaba de la iglesia, del sacerdote, de lo pequeña que había sido su vida antes. Me quedé callada unos segundos, como si sus palabras me pesaran un poco en el pecho—. A veces ser distinta es justo lo que hace falta para ver las cosas que otros no pueden —susurré, casi con ternura, simpatizando con sus palabras y de alguna extraña forma, comprendiéndolas.
Toqué el colgante que llevaba al cuello, un gesto automático otra vez, mientras la miraba chapotear en el agua—. Y tú… no eres rara, Gwen. Solo eres nueva en un mundo grande. Y créeme, este mundo necesita más gente como tú —le sonreí con suavidad, aunque sabía que no podía verlo—. Cada uno tenemos nuestras peculiaridades. Yo, por ejemplo, soy enana, minúscula. No te pierdes gran cosa, no podrías verme casi.
Sus palabras me arrancaron una sonrisa. Había algo tan puro en su forma de preguntar, en esa mezcla de curiosidad y franqueza que desarmaba cualquier cinismo—. Claro, seré tus ojos sin dudarlo —afirmé con firmeza, más quisiera yo en su lugar poder tener la bondad y amabilidad de cualquier extraño, aunque algo me decía que no todos acostumbraban a serlo—. No sería la primera vez que guío a alguien a tientas.
Con los gigantes como ella, con los que simpatizaba, acostumbraba a ir en su hombro, dejándome llevar por ellos. Confiaba con demasiada facilidad en la gente, y a su vez me enojaba a la mínima provocación. Acaricié mi colgante como si de una reliquia se tratase. Para mí lo era, de hecho. La seguí de cerca, tan cerca como que estaba encima de ella, mientras avanzaba, escuchando los crujidos de las hojas secas bajo sus pasos. ¿Nuestros, quizás? Ella se reía de su torpeza, pero yo no lo veía así; había algo hermoso en su manera de moverse, como si todo en su entorno fuera un descubrimiento—. No te preocupes —dije con tono tranquilo—, ir recto no tiene tanta importancia. A veces los mejores caminos son los que se tuercen un poco. Y, ahora mismo, me fío de tu oído.
Cuando mencionó el agua, mis orejas se movieron levemente, atentas, pero era mejor con el olfato, notando la humedad que inundaba mis fosas nasales; supuse que se trataría de un caudal cercano—. Sí, la noto también —confirmé, como si la joven necesitase de mi propia reafirmación para estar segura de lo que decía, pero estaba segura de que no lo necesitaba—. Es un río, no parece muy profundo. Puedes beber, aunque… —me deslicé por sus ropas hasta llegar al suelo para tocar el agua con las manos, probando su frescor—, mejor evita hacerlo directamente. Nunca se sabe si hay algo raro corriente arriba.
La observé mientras ella hablaba de la iglesia, del sacerdote, de lo pequeña que había sido su vida antes. Me quedé callada unos segundos, como si sus palabras me pesaran un poco en el pecho—. A veces ser distinta es justo lo que hace falta para ver las cosas que otros no pueden —susurré, casi con ternura, simpatizando con sus palabras y de alguna extraña forma, comprendiéndolas.
Toqué el colgante que llevaba al cuello, un gesto automático otra vez, mientras la miraba chapotear en el agua—. Y tú… no eres rara, Gwen. Solo eres nueva en un mundo grande. Y créeme, este mundo necesita más gente como tú —le sonreí con suavidad, aunque sabía que no podía verlo—. Cada uno tenemos nuestras peculiaridades. Yo, por ejemplo, soy enana, minúscula. No te pierdes gran cosa, no podrías verme casi.
