10-10-2025, 03:03 PM
—¿Marchitarme? —repetí, dejando que la palabra rodara entre mis labios con una sonrisa distraída, como si probara su sabor —Si supieras cuántas veces lo he hecho, Darling, podrías escribir un jardín entero con mis restos. —Levanté el rostro hacia el cielo, dejando que la luz se derramara sobre mí. Samba tenía un cielo tan claro que dolía verlo, el tipo de azul que parece pintado por alguien que no ha conocido la tristeza.
—Pero las flores, incluso marchitas, siguen siendo hermosas. Solo cambian de escenario. —bajé la mirada hacia ella, la sonrisa curvada con cierta dulzura —Algunas viven en los altares, otras en los recuerdos de quien se atrevió a tocarlas. — Sus palabras, su risa, su torpeza; todo en Gwen parecía venir de un sitio donde la malicia no ha nacido todavía y eso, en un mundo como el mío, era un lujo, uno muy peligroso.
—Si tropiezas conmigo —le murmuré, con un dejo burlón —Al menos prométeme que no pedirás perdón, soy de los que cree que hay caídas que valen la pena. — El Den Den Mushi asomó sus ojos de nuevo, curioso, como si reconociera la voz de su nueva dueña. Me incliné un poco hacia él, hablándole como si fuera un niño caprichoso.
—Cuídala bien, ¿sí? Que no se pierda por los mares ni por las bocas equivocadas— y el molusco, en un gesto casi cómico, asintió con su caparazón rosado entonces no pude evitar reírme, una risa baja, más humana que teatral.
—Parece que ya te tiene cariño —comenté, volviendo a mirarla —Eso o sabe reconocer a las almas brillantes. — Gwen hablaba con una fe tan simple que dolía. Fe en mí, en ese pequeño caracol, en el mar mismo, mientras tanto, yo me debatía entre el deseo de protegerla y la certeza de que un hombre como yo solo sabe arrastrar a otros a su propia marea.
Aun así, la escuché con atención, cada palabra, cada promesa ingenua, cada sueño vestido de esperanza. —El público, dices, Gwen —sonreí despacio —El público siempre espera, Gwen, pero lo que no saben es que el verdadero espectáculo ya empezó desde que pusiste un pie en mi cubierta. — Ella se reía, y el aire parecía llenarse de música, yo, en cambio, me descubrí mirándola con algo que no había sentido en años.
Cuando mencionó aquel nombre —Owen— el eco de su voz cambió. No era tristeza lo que la envolvía, sino gratitud, me quedé en silencio unos segundos, ese concepto, esa palabra “Familia.” Oh honey. qué palabra más peligrosa. En mi mundo, las familias se hacen a fuego, a sangre y a traición, pero ella hablaba de la suya como si fuera un milagro.
—Lo conoceré —le dije al fin, sonando casi serio —Y si no me cae bien, bueno, tendré que competir por tu atención. —alcé una ceja, dejando que el tono coqueto suavizara la frase —No me subestimes, puedo ser tan encantador como un demonio con flores. —La vi avanzar unos pasos, segura, libre en ese momento no buscaba ya que la guiara, ni que la salvara. Solo que la acompañara y para alguien que no puede ver, comenzó a tener suficiente espíritu aventurero para convertirse en mi protegida.
Ese pensamiento me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Avancé detrás de ella, sin prisa, observando cómo la luz del atardecer bañaba su cabello. Cada movimiento suyo era un recordatorio de que, aunque ella decía no ver, era la única capaz de mirar de verdad. —Tienes razón, honey —dije finalmente, alzando la voz lo suficiente para que me escuchara —El público nos espera.—
Mis dedos rozaron el borde de mi capa, y la brisa marina la hizo ondear, como si fuera el telón que anuncia el cierre de un acto. —Pero que no te engañen los aplausos —añadí, bajando un poco el tono, como si se lo confesara solo al viento —Algunos de nosotros no bailamos para ser vistos, bailamos para seguir vivos.— Quizás ahora mismo Gwendolyn no entendería esta frase, no sabría a que me refería, pero el futuro esta mas cerca de lo que parece.
Me acerqué a ella y extendí el brazo, ofreciéndoselo una vez más, con esa elegancia de cabaret que no me abandona ni en el silencio. —Vamos, flor de invierno. —su nombre favorito en mis labios sonó como un verso improvisado —Hagamos que esta isla recuerde por qué las estrellas también saben robar corazones. — Y cuando ella tomó mi brazo, el Den Den Mushi soltó un pequeño sonido, como un aplauso diminuto que sellaba la escena, aunque probablemente haya sido imaginación mía.
Avanzamos entre el bullicio de Samba, con las risas, la música y el eco del mar mezclándose detrás. Dos figuras distintas, una flor y una estrella, y entre ambas el principio de un nuevo pecado disfrazado de promesa.
—Pero las flores, incluso marchitas, siguen siendo hermosas. Solo cambian de escenario. —bajé la mirada hacia ella, la sonrisa curvada con cierta dulzura —Algunas viven en los altares, otras en los recuerdos de quien se atrevió a tocarlas. — Sus palabras, su risa, su torpeza; todo en Gwen parecía venir de un sitio donde la malicia no ha nacido todavía y eso, en un mundo como el mío, era un lujo, uno muy peligroso.
—Si tropiezas conmigo —le murmuré, con un dejo burlón —Al menos prométeme que no pedirás perdón, soy de los que cree que hay caídas que valen la pena. — El Den Den Mushi asomó sus ojos de nuevo, curioso, como si reconociera la voz de su nueva dueña. Me incliné un poco hacia él, hablándole como si fuera un niño caprichoso.
—Cuídala bien, ¿sí? Que no se pierda por los mares ni por las bocas equivocadas— y el molusco, en un gesto casi cómico, asintió con su caparazón rosado entonces no pude evitar reírme, una risa baja, más humana que teatral.
—Parece que ya te tiene cariño —comenté, volviendo a mirarla —Eso o sabe reconocer a las almas brillantes. — Gwen hablaba con una fe tan simple que dolía. Fe en mí, en ese pequeño caracol, en el mar mismo, mientras tanto, yo me debatía entre el deseo de protegerla y la certeza de que un hombre como yo solo sabe arrastrar a otros a su propia marea.
Aun así, la escuché con atención, cada palabra, cada promesa ingenua, cada sueño vestido de esperanza. —El público, dices, Gwen —sonreí despacio —El público siempre espera, Gwen, pero lo que no saben es que el verdadero espectáculo ya empezó desde que pusiste un pie en mi cubierta. — Ella se reía, y el aire parecía llenarse de música, yo, en cambio, me descubrí mirándola con algo que no había sentido en años.
Cuando mencionó aquel nombre —Owen— el eco de su voz cambió. No era tristeza lo que la envolvía, sino gratitud, me quedé en silencio unos segundos, ese concepto, esa palabra “Familia.” Oh honey. qué palabra más peligrosa. En mi mundo, las familias se hacen a fuego, a sangre y a traición, pero ella hablaba de la suya como si fuera un milagro.
—Lo conoceré —le dije al fin, sonando casi serio —Y si no me cae bien, bueno, tendré que competir por tu atención. —alcé una ceja, dejando que el tono coqueto suavizara la frase —No me subestimes, puedo ser tan encantador como un demonio con flores. —La vi avanzar unos pasos, segura, libre en ese momento no buscaba ya que la guiara, ni que la salvara. Solo que la acompañara y para alguien que no puede ver, comenzó a tener suficiente espíritu aventurero para convertirse en mi protegida.
Ese pensamiento me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Avancé detrás de ella, sin prisa, observando cómo la luz del atardecer bañaba su cabello. Cada movimiento suyo era un recordatorio de que, aunque ella decía no ver, era la única capaz de mirar de verdad. —Tienes razón, honey —dije finalmente, alzando la voz lo suficiente para que me escuchara —El público nos espera.—
Mis dedos rozaron el borde de mi capa, y la brisa marina la hizo ondear, como si fuera el telón que anuncia el cierre de un acto. —Pero que no te engañen los aplausos —añadí, bajando un poco el tono, como si se lo confesara solo al viento —Algunos de nosotros no bailamos para ser vistos, bailamos para seguir vivos.— Quizás ahora mismo Gwendolyn no entendería esta frase, no sabría a que me refería, pero el futuro esta mas cerca de lo que parece.
Me acerqué a ella y extendí el brazo, ofreciéndoselo una vez más, con esa elegancia de cabaret que no me abandona ni en el silencio. —Vamos, flor de invierno. —su nombre favorito en mis labios sonó como un verso improvisado —Hagamos que esta isla recuerde por qué las estrellas también saben robar corazones. — Y cuando ella tomó mi brazo, el Den Den Mushi soltó un pequeño sonido, como un aplauso diminuto que sellaba la escena, aunque probablemente haya sido imaginación mía.
Avanzamos entre el bullicio de Samba, con las risas, la música y el eco del mar mezclándose detrás. Dos figuras distintas, una flor y una estrella, y entre ambas el principio de un nuevo pecado disfrazado de promesa.
Indicaciones para el Staff
