Parte 2: Demons Banquet [Presente Absoluto/Tripu]
#1
Crucero/Puerto de Isla Samba, Dia 21 de Otoño, año 16.

Desde el momento en que sus pies habían pisado el navío, hasta prácticamente el final del día, lo único que había conocido era su cuarto.
Bueno, si es que conocía algo. Porque, siendo honestos, ¿acaso una hormiga sabe algo del mundo? No, por supuesto que no.

Y por eso —o quizás porque la conciencia humana es, en el fondo, caprichosa— se había quedado ahí dentro: encerrada en un lúgubre camarote sin ventanas, mirando el techo, pensando demasiado y haciendo nada.

Para ser justos, al principio había considerado tirarse en la cama y dormir, convencida de que, con suerte, el mal humor se evaporaría solo.
Sin embargo, las probabilidades de que eso ocurriera eran más o menos las mismas que las de que un meteorito cayera justo sobre ese punto exacto del planeta. Y Bai lo sabía.
Pero, terca —porque cuando uno está enfadado no queda otra que ser terco—, en un admirable acto de lógica inversa, decidió convertir su frustración en productividad.
No funcionó.
Así que, resignada, intentó relajarse, aunque sabía perfectamente que eso nunca había sido su especialidad.
Y al final, por pura terquedad, lo consiguió: se durmió.

Al despertar, descubrió que su humor había decidido, por motivos que nadie jamás comprendería, comportarse un poco mejor. Ya no se sentía tan mordaz; solo un poco, lo justo para seguir siendo ella en su versión molesta. Pero, en cómputo general, el resto de su mal humor se había ido durante el sueño o, en su defecto, rendido por aburrimiento.

Así que, más tranquila —y, en cierto modo, decepcionada por ello— decidió leer un rato hasta que su vista dijo basta.

Sí, veía borroso. Y borrosos estaban también sus sentimientos, lo cual, en retrospectiva, parecía un sistema perfectamente coherente.

Pensó que, quizá —y solo quizá— una visita nocturna al caballero de piel morena podría mejorar las cosas.
Claro que, para eso, primero tenía que encontrarlo, y la probabilidad de lograrlo era aproximadamente la misma que la de encontrar sentido a su propio día.

Así que se dedicó a buscarlo durante horas, convencida de que la insistencia sustituye, con bastante eficacia, a la esperanza.

Y lo encontró. Lo encontró bailando en una de esas clases que, a su parecer, no tenían sentido. Pues, para Bai, los bailes eran como las bacanales: nadie entendía nada, pero todos parecían pasarlo increíble. Mas no era lo increíble lo que despreciaba, sino la falta de coherencia.

Sin embargo, había algo en la manera en que Dong se movía —algo torpe e irregular, casi fuera de ritmo— que la desarmó por completo; entonces, él la vio, levantó la mano y le hizo una seña para que se acercara. Ella negó con la cabeza, desde lejos, aún desconcertada por lo que imaginaba. Luego, ella lo llamó y, él, fue.

A continuación, sin mediar palabra, lo arrastró hasta la habitación, y el mundo, tan cargado de absurdos, pareció entender —por una vez— su papel: el de callarse.
Las sábanas cedieron, los dos sintonizaron y, por un momento, Bai entendió que eso era lo que necesitaba para relajarse.

Y  no, no tenía hambre pese a que no había comido prácticamente nada en todo el día.
¿Por qué? Simple. Porque a su cuerpo todavía le estaban alimentando. ¡Y vaya que si lo hicieron!
Así que, para cuando el hambre real volvió, lo hizo de manera lenta y traicionera, obligandola a conformarse con un poco de fruta. La misma que había salvaguardado con un sentido práctico que, en ese momento, le pareció insultante.

Y sí, apretaba. Mucho. Casi tanto como su urgencia por volver a dormir. Pues, cansada como se hallaba, era lo único que quería.

Pero, como todos los infortunios, pronto llegó uno nuevo —puntual, inoportuno y ruidoso— que la obligó a renunciar a su descanso.
Pues alguien, en algún lugar del barco, —aunque sospechaba quién— había decidido que pasada la medianoche era el momento perfecto para convocar una reunión. Una reunión. A esas horas. Por eso llamaban a la puerta.

Y sí, efectivamente, lo has adivinado: abrió la puerta con el mismo top blanco que habia usado duranto de todo el día y una lencería semitransparente que, en circunstancias normales, habría considerado inapropiada, pero que en ese momento le pareció la opción más eficiente disponible. Pero, al ver que no era alguien que la entendiera se giró y llamó a Dong para que atendiera mientras dejaba la puerta abierta de par en par.

Aunque, a decir verdad, Bai no sabía si reírse, llorar o prender fuego a algo. Sólo quería dormir.

Pero no, allí estaba. En medio de alta mar, en la noche, rodeada de compañeros cuya lengua —y cuya lógica— seguía sin descifrar.
Y aunque su cuerpo pedía descanso, permaneció de pie, fingiendo interés, asintiendo sin saber muy bien a qué.Y sí, cabeceó varias veces. Las suficientes como para que la dejaran ir tras explicarle a Lan que ella no era portadora de ninguna akuma.

Por suerte, al día siguiente todo fue mejor.

Empezó con una cama sola, le siguió un desayuno copioso y, a media mañana, se encontró con Dong, con quien decidió —no sin cierto recelo— aprender a bailar.

Y ahora permitidme que os cuente un secreto.
La coordinación del cuerpo es un arte mucho más complejo de lo que parece. Incluso para quienes manejan con destreza un florete, donde cada paso importa tanto como el filo, o incluso para aquellos acostumbrados al contacto físico en el combate —donde la sincronía es clave—, la danza presenta un desafío distinto. Porque no basta con mover las extremidades; hay que hacerlo en armonía con un ritmo que no siempre se percibe y que se burla de la lógica.
Pues, en la danza, el cuerpo se resiste a obedecer, y la mente debe rendirse a un orden que no se impone por fuerza, sino por delicadeza y compás. Y, ese acto de rendición, amigos míos, es tan sencillo de enunciar como imposible de ejecutar, y pocos espíritus disciplinados lo soportan sin experimentar un sentimiento cercano a la vergüenza.

Por eso, y porque sentía que le debía algo al pobre hombre al que había devorado la noche anterior, decidió intentarlo hasta que, al menos, pudo dejar de pisarle los pies cada dos por tres.

Una vez logrado eso, ya sin fuerzas para más y consciente de que su sesión de entrenamiento no se había cumplido, decidió, por tanto, postergarla y dedicarse a asearse antes de ir a comer.
Sabía que en el comedor probablemente encontraría a alguien. Quién, exactamente, era un misterio digno de meditación; y aún así, planeaba convencer a alguien de acompañarla en el resto de la rutina.

No sería nada exagerado: unas sentadillas, zancadas, puente de glúteos... Incluso podía añadir unos burpees, saltos con las rodillas al pecho y un rato de comba —es decir, apenas un pequeño sacrificio corporal destinado a mantener a raya—. Además, si lograba encontrar a la persona adecuada, quizás también podría poner a prueba algún derechazo en una especie de combate amistoso; no por violencia, sino por pura curiosidad, y por ese extraño placer que tienen los cuerpos en movimiento cuando se rebelan contra la inercia de la mente.

Cita:Tema de embarque: Parte 1
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Parte 2: Demons Banquet [Presente Absoluto/Tripu] - por Bai Mudan - 11-10-2025, 02:42 AM

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