12-10-2025, 01:41 AM
Kibai se crujió las falanges observando el trabajo del sargento. Con el nombre pintado en aquel tono dorado y el símbolo de la Marina en la bandera, el Royal Quiver empezaba a parecer más un barco propiamente dicho. Con una sonrisa de orgullo, hizo un breve paseo por el barco, asegurándose de que todos los aparejos estuviesen preparados para iniciar los preparativos de la marcha, antes de bajar a la bodega, donde recogió los barriles de agua dulce que habían consumido durante aquellos días y se dirigió hacia los puestos cercanos, provisto con una pequeña lista en la que había anotado las provisiones que debían renovar antes de salir.
El mercado de la Isla Kárate era muy distinto al de Roshwan. El tamaño no era demasiado mayor, pero el ajetreo era considerable, y las mercancías mucho más variadas. El arroz parecía ser el principal objeto de comercio, aunque las frutas abundaban, así como el olor picante de las especias.
"Supongo que esto también será gracias al clima" pensó el mink mientras colocaba uno de los barriles junto a la manivela mecánica de un pozo y comenzaba a bombear agua.
Como añadidura, había una considerable cantidad de monjes, cosa que no sorpendió a Kibai teniendo en cuenta los numerosos templos que asomaban por encima de los primeros tejados. Aquellos humanos (en su mayoría) iban ataviados con túnicas que exhibían diferentes símbolos de sus dojos, aunque la convivencia parecía ser pacífica entre ellos. Deseoso de tener una mejor perspectiva de aquel lugar, el mink se apresuró hacer rodar los barriles ya rellenos con agua dulce de vuelta al barco, así como a dejar en la bodega los dos sacos de víveres frescos (y un nuevo suministro de leche fresco para animar las primeras noches), antes de dirigirse hacia uno de los numerosos callejones que salían del puerto.
Con cuidado que nadie le echase el ojo encima, Kibai sacó las garras y comenzó a encaramarse al tejado de uno de los edificios, empleando los canalones y alféizares para darse impulso. Tras un breve rato de escalada, consigió ponerse de pie en el tejado, dónde se sentó a contemplar el panorama que se extendía ante sus ojos.
La enorme montaña dominaba completamente la isla. En ella, contruidos como si fuesen gigantescos brotes de piedra y madera, numerosos dojos de artes marciales se organizaban a diferentes alturas, escalando hasta la gigantesca estructura que se adivinaba en la cumbre, muchos metros por encima de su cabeza. A su base, casi como si la montaña fuese un nenúfar, enormes campos de arroz se extendían en todo su contorno, dando al conjunto de la isla una apariencia cuanto menos curiosa.
Soltando un suspiro, Kibai se dejó caer sobre el tejado, disfrutando del agradable calor del sol y cruzó los brazos detrás de la espalda, echando un ojo de vez en cuando hacia el barco por si sus compañeros volvían para zarpar.
El mercado de la Isla Kárate era muy distinto al de Roshwan. El tamaño no era demasiado mayor, pero el ajetreo era considerable, y las mercancías mucho más variadas. El arroz parecía ser el principal objeto de comercio, aunque las frutas abundaban, así como el olor picante de las especias.
"Supongo que esto también será gracias al clima" pensó el mink mientras colocaba uno de los barriles junto a la manivela mecánica de un pozo y comenzaba a bombear agua.
Como añadidura, había una considerable cantidad de monjes, cosa que no sorpendió a Kibai teniendo en cuenta los numerosos templos que asomaban por encima de los primeros tejados. Aquellos humanos (en su mayoría) iban ataviados con túnicas que exhibían diferentes símbolos de sus dojos, aunque la convivencia parecía ser pacífica entre ellos. Deseoso de tener una mejor perspectiva de aquel lugar, el mink se apresuró hacer rodar los barriles ya rellenos con agua dulce de vuelta al barco, así como a dejar en la bodega los dos sacos de víveres frescos (y un nuevo suministro de leche fresco para animar las primeras noches), antes de dirigirse hacia uno de los numerosos callejones que salían del puerto.
Con cuidado que nadie le echase el ojo encima, Kibai sacó las garras y comenzó a encaramarse al tejado de uno de los edificios, empleando los canalones y alféizares para darse impulso. Tras un breve rato de escalada, consigió ponerse de pie en el tejado, dónde se sentó a contemplar el panorama que se extendía ante sus ojos.
La enorme montaña dominaba completamente la isla. En ella, contruidos como si fuesen gigantescos brotes de piedra y madera, numerosos dojos de artes marciales se organizaban a diferentes alturas, escalando hasta la gigantesca estructura que se adivinaba en la cumbre, muchos metros por encima de su cabeza. A su base, casi como si la montaña fuese un nenúfar, enormes campos de arroz se extendían en todo su contorno, dando al conjunto de la isla una apariencia cuanto menos curiosa.
Soltando un suspiro, Kibai se dejó caer sobre el tejado, disfrutando del agradable calor del sol y cruzó los brazos detrás de la espalda, echando un ojo de vez en cuando hacia el barco por si sus compañeros volvían para zarpar.
