12-10-2025, 07:13 AM
¿No le había preguntado algo el cocinero?
Sí…podía estar seguro de que una pregunta llegó a él justo antes de que el loquito historiador se apareciera en su mesa a interrumpirlos con su historia fantasiosa, pero… ¿Qué era?
Dejó de prestar atención al intento de explorador y su mente empezó a divagar entre los recuerdos más recientes creados con el cocinero con el que ahora compartía mesa: lo encontró en la plaza…no…en el mercado…no…bueno…lo encontró en la calle, se supone que lo acompañaría a comprar insumos, pero terminaron en este restaurante y…y… ¿Qué más? Nada…No hay rastros de la pregunta que sabe que le fue formulada.
Suspira. Se rinde. La comida llega.
El mesero acomoda los platos en la mesa con la maestría de alguien acostumbrado a ese tipo de trabajos. El tintineo de los cubiertos y del vidrio de la vajilla resuena al chocar con la madera y, aún así, su mente se niega a prestar atención a su alrededor. Cualquier respuesta del historiador pasaba a segundo plano.
Comió por inercia y bebió un sorbo de su cerveza antes de que sus oídos si captaran algo interesante en medio de aquella conversación.
—¿Isla del cielo? ¿Especies miniaturas? ¿Gigantes? —Algo que si logró hacerlo salir de su trance y silencio autoimpuesto. Sus ojos brillaron…Lo que daría por estudiar especies como esas y lo que pagarían en el mercado negro por órganos tan extraños…quizá no para trasplantes, pero seguro algún aficionado o coleccionista pagaría muy bien por ello. —Sería muy interesante conocer a un gigante ¿No lo crees, cocinero? —Si su memoria fuera mejor, sabría que en su propia tripulación viajaba un coloso de cabellos rojos como la sangre y si pudiera recordar algo de su pasado sabría que esas personas miniatura eran “endémicos” de una isla cercana a la isla en dónde él había nacido. —¿Sabes como encontrar especies así, Otto?
—¡Ah! Por supuesto…Los gigantes viven en el Reino de Elbaph y esos pequeños seres de los que te habló tu madre —habló mientras miraba ahora al cocinero —…supongo que deben ser los tontattas, se supone que viven en una isla del Nuevo Mundo, aunque admito que no he investigado mucho más sobre ese reino y no crean que son solo historias, son lugares reales…muy reales, incluso las islas del cielo —. La voz del historiador se alzó lo suficiente como para que las personas de las mesas su alrededor se rieran, algunos disimuladamente y otros a carcajada limpia, una acción que logró que el chico se hundiera en su asiento, avergonzado y refugiándose en la comida que el mesero trajo antes.
—Jmmmm…—Sin embargo, no fue una risa ni una burla lo que consiguió del pelirosa, solo una mirada de curiosidad que se amplió aún más cuando escuchó la propuesta del pelinegro a su lado. —El cocinero tiene razón…si lo que dices es cierto ¿Estarías dispuesto a compartir ese conocimiento? No somos personas que se vayan a quedar mucho tiempo en esta isla, hay mucho del mundo aún por recorrer y tu…por más que parezcas tener entusiasmo, no pareces alguien listo para surcar los mares… ¿Alguien si quiera se ha unido a ese grupo de exploración? —El chico siguió comiendo, aún más avergonzado ante la pregunta y, sin una palabra que saliera de su boca, el doctor pudo comprender que tal vez no le iba a tan bien en el proceso de reclutamiento. Suspiró. —Lo supuse…Te ves inocente, ingenuo, cualquiera allá afuera haría lo que quisiera contigo, te despojarían de todo lo que tienes y terminarías en una zanja —. Se encogió de hombros como si la crudeza de sus palabras no significaran nada…no era su culpa hablar así…solo…era culpa del alcohol que empezaba a desinhibirlo.
—Yo…eh…
—Escucha…si quieres hacer que tu investigación valga la pena…Jmmm…deja que otros investiguen el campo por ti antes de arriesgarte a una aventura que podría matarte —. Lo decía en serio, porque por la pinta que tenía ese chico, sería una víctima perfecta para él si se lo hubiera encontrado en otras circunstancias. —Si compartes esa información que tienes podríamos intentar encontrar ese lugar o pistas que te lleven al mismo… ¿Tienes un den den mushi? Supongo que sí… ¿Por qué no dejas que nos encarguemos de…enviarte pistas? —El pelirosa dio un trago a su bebida… ¿Cómo es que la cerveza de coco tostado podía saber tan bien? Debía pedir más de ese elixir, pero entonces…
—¡BIEN! —Las manos del historiador golpearon la mesa y sus ojos brillaron con emoción, como si en lugar de desanimarse hubiera encontrado un nuevo aire. —Los llevaré a mi estudio…tienes razón, no puedo viajar aún y nadie ha aceptado ir conmigo, pero si consigo pistas de personas que recorren el mar, tal vez…solo tal vez…alguien podría creerme y podría partir hacia el Grand Line…
El médico, quien en medio de ese discurso se llevaba una cucharada de comida a la boca, dejó esta a medio camino para mirar al chico con la boca abierta, era imposible disimular su cara de sorpresa… ¿Tan fácil confiaba? Razón tuvo al llamarlo “ingenuo” antes.
***
No tardaron mucho más en el restaurante. El almuerzo fue rápido y luego de pagar y de ganarse unas miradas de pesar por parte de los otros comensales, como si sintieran pena por ellos al verlos acompañados del historiador, salieron del sitio en dirección hacia una zona más tranquila de la isla.
—Solo prométanme que en verdad enviarán cualquier cosa que pueda ser útil para la investigación, les daré mi den den mushi cuando entremos al estudio —dijo el chico antes de abrir la puerta de una modesta y solitaria casa en la que solo un gato se tomó la molestia de salir a recibirlos o, mejor dicho, se tomó la molestia de recibir a Otto. —Bienvenidos, pónganse cómodos.
Hyak entró de inmediato, aunque sus pasos eran erráticos y tuvo que sostenerse del marco de la puerta para no tropezar con el quicio que separaba el patio de la entrada de la casa. ¿Por qué todo giraba a su alrededor?
—Cocinero…soy yo o… ¿las cosas están dando vueltas? —Se sostuvo la cabeza y no tardó en sentarse en un sillón de cuero café en cuyos brazos reposaban unos apuntes.
—¡Ah! Cuidado con eso…son notas que he tomado de los diarios de un explorador que fue amigo de mi abuelo…contienen una ruta que lleva a una isla cuyos habitantes humanos viven más que el resto…se dice que pueden ser el efecto de que sean cercanos a la isla de la fuente de la juventud —. Le pasó los apuntes al pelinegro antes de tomar al médico de la mano y arrastrarlo a una habitación llena de libros, papeles, mapas, planos y uno que otro mapamundi. —Ahora sí… ¡Bienvenidos!
El doctor ajustó sus gafas —unas que solo usaba para verse interesante y no por necesidad real — y miró a su alrededor, pero su estado no cambió, incluso cuando se acercó a un mapa vio como las islas se movían y las letras se desordenaban…era inútil…no podía ayudar así, de hecho, cuando se acercó de regreso al cocinero, tuvo que apoyar su mano en el hombro ajeno para evitar caer.
—Ugh…lo siento… —Un sonrojo cubrió sus mejillas y solo atinó a mirar hacia otro lado, molesto por como habían resultado las cosas y ansioso…cada vez más ansioso… ¿Por qué? Porque necesitaba oler algo de la esencia de menta que llevaba consigo y la última vez que metió su mano al bolsillo para encontrarla, el frasco estaba casi vacío, así no se servía…en cualquier momento estallaría.
—¡Ah! De todos modos… ¿Qué importa? ¿Qué harás si encuentras la isla? Seguro el gobierno la usará y quien sabe que cosa te harían a ti…además ¿Inmortalidad? No necesitas magia para obtenerla…déjenme investigar un poco a esas medusas o esa gente con larga vida y les aseguro que la obtendría antes de que encontraran esa dichosa fuente —. Intentó cruzarse de brazos, pero eso consiguió que su equilibrio se viera en peligro y terminó de nuevo aferrándose al cocinero para no caer.
El historiador parpadeó, mirándolo desde el escritorio en donde rebuscaba mapas que pudieran ayudar al cocinero en su investigación. Lejos de ofenderse por la reacción del pelirosa, pareció notar lo obvio.
—¿Te emborrachaste con una sola cerveza?
—N…no —. Sí.
El chico soltó una risa genuina y siguió enfrascado buscando mapas y, luego de unos segundos, ordenó varios sobre su escritorio.
