13-10-2025, 10:43 PM
El cañonazo me pasó rozando, un silbido ardiente que me arrancó un mechón de cabello y dejó el aire oliendo a metal fundido. Me giré con una sonrisa tan amplia que casi me partía la cara y el mar rugía, los barcos seguían escupiendo fuego, y en la costa el mundo entero se había vuelto una sola masa de ruido, sangre y humo. El mink, Jerome según decía llamarse, destrozaba hombres como si fueran ramas secas. Sus garras cortaban el aire con una precisión que ni los mejores guerreros del North Blue soñaban. Y el otro el del fuego apagado en la espalda, el Lunarian se movía con un temple que sólo tienen los que han visto morir a los suyos y todavía creen en algo.
—¡YIKIKIIKIKI! —reí, sacudiendo la arena del hacha —¡Por fin encuentro carne con espíritu! ¡Dos demonios del mar y del cielo! — Mientras tanto un grupo de saqueadores corrió hacia mí. Pude ver el miedo en sus ojos antes de que el primero gritara, pero para el fue demasiado tarde porque giré sobre mis talones y el filo de mi hacha trazó un arco amplio, tanto que el impacto sacudió la tierra y los cuerpos salieron volando como muñecos rotos.
—¿Ven eso, cabrones? —les grité, mirando por encima del hombro —¡Así se hace espacio para beber después!—
Jerome soltó su carcajada bestial, esa que parece romper huesos solo de oírla, y yo respondí con otra igual de salvaje. Era un duelo, sí, pero no entre enemigos, sino entre iguales, una competencia sin palabras para ver quién hacía temblar más la costa. El Lunarian, en cambio, apenas habló, se movía entre el caos con esa calma vieja, casi sagrada. Su guadaña giraba con ritmo de danza, y sus alas abiertas parecían absorber la luz del fuego, lo vi sangrar un poco y aun así no detenerse, eso me hizo apretar los dientes, pero de emoción maldita sea.
—Tú, viejo— murmuré — Tú peleas como si cada golpe fuera un rezo.— Sin embargo, en ese momento otro cañonazo cayó cerca, levantando una ola de tierra y metal, solo alcancé a cubrí mis ojos con el antebrazo, escupí al suelo, y grité con fuerza porque al final no había mucho más que hacer. —¡Entonces recemos todos juntos, malditos! ¡Que los dioses se tapen los oídos si no aguantan este ruido! —
Me lancé otra vez al frente. Mi hacha mordió, mis músculos ardieron, el viento se llenó de ecos metálicos y sentí una lanza rozarme el costado, pero respondí con una rodilla en el pecho del hombre que la empuñaba, el sonido fue seco, satisfactorio para mis oídos, entonces apreté los dientes, la sangre caliente se mezcló con el sudor, y el gusto a hierro me recordó por qué seguía viva.
Alcé la vista hacia el horizonte, aún venían más barcos, decenas o quizás más, sin embargo, en mi pecho no había miedo, sino risa. —¡Que vengan todos! —rugí, girando el hacha sobre mi hombro —¡El invierno no se rinde, Gara! ¡YIKIKIIKIKI!— Me giré hacia el mink y el alado, ambos cubiertos de sangre y gloria.
—¡Oigan, perros del destino! —grité, con la voz rajada por la emoción —¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide de salir! ¡Y si morimos pues que el mar aprenda nuestro nombre!—El viento trajo una oleada de ceniza y el ulular del fuego, mi corazón latía con fuerza, no por furia, sino por una certeza rara y es que al parecer ya no estaba sola.
—¡YIKIKIIKIKI! —reí, sacudiendo la arena del hacha —¡Por fin encuentro carne con espíritu! ¡Dos demonios del mar y del cielo! — Mientras tanto un grupo de saqueadores corrió hacia mí. Pude ver el miedo en sus ojos antes de que el primero gritara, pero para el fue demasiado tarde porque giré sobre mis talones y el filo de mi hacha trazó un arco amplio, tanto que el impacto sacudió la tierra y los cuerpos salieron volando como muñecos rotos.
—¿Ven eso, cabrones? —les grité, mirando por encima del hombro —¡Así se hace espacio para beber después!—
Jerome soltó su carcajada bestial, esa que parece romper huesos solo de oírla, y yo respondí con otra igual de salvaje. Era un duelo, sí, pero no entre enemigos, sino entre iguales, una competencia sin palabras para ver quién hacía temblar más la costa. El Lunarian, en cambio, apenas habló, se movía entre el caos con esa calma vieja, casi sagrada. Su guadaña giraba con ritmo de danza, y sus alas abiertas parecían absorber la luz del fuego, lo vi sangrar un poco y aun así no detenerse, eso me hizo apretar los dientes, pero de emoción maldita sea.
—Tú, viejo— murmuré — Tú peleas como si cada golpe fuera un rezo.— Sin embargo, en ese momento otro cañonazo cayó cerca, levantando una ola de tierra y metal, solo alcancé a cubrí mis ojos con el antebrazo, escupí al suelo, y grité con fuerza porque al final no había mucho más que hacer. —¡Entonces recemos todos juntos, malditos! ¡Que los dioses se tapen los oídos si no aguantan este ruido! —
Me lancé otra vez al frente. Mi hacha mordió, mis músculos ardieron, el viento se llenó de ecos metálicos y sentí una lanza rozarme el costado, pero respondí con una rodilla en el pecho del hombre que la empuñaba, el sonido fue seco, satisfactorio para mis oídos, entonces apreté los dientes, la sangre caliente se mezcló con el sudor, y el gusto a hierro me recordó por qué seguía viva.
Alcé la vista hacia el horizonte, aún venían más barcos, decenas o quizás más, sin embargo, en mi pecho no había miedo, sino risa. —¡Que vengan todos! —rugí, girando el hacha sobre mi hombro —¡El invierno no se rinde, Gara! ¡YIKIKIIKIKI!— Me giré hacia el mink y el alado, ambos cubiertos de sangre y gloria.
—¡Oigan, perros del destino! —grité, con la voz rajada por la emoción —¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide de salir! ¡Y si morimos pues que el mar aprenda nuestro nombre!—El viento trajo una oleada de ceniza y el ulular del fuego, mi corazón latía con fuerza, no por furia, sino por una certeza rara y es que al parecer ya no estaba sola.
