16-10-2025, 08:28 PM
Moja se mantiene apoyado en la borda unos segundos más, observando el puerto. La actividad en la ciudad ha aumentado de forma evidente: marineros cargando suministros a toda prisa, estibadores empujando carretas y, sobre todo, un número notable de agentes del Gobierno Mundial desplegados por la zona. Sus uniformes destacan entre la multitud; patrullan en grupos organizados, revisan documentos en los puntos de acceso y mantienen conversaciones breves y tensas con los encargados del puerto.
La escena transmite un mensaje claro: nada se deja al azar cuando se abre un paso temporalmente hacia el Grand Line.
Moja observa en silencio, sin alterar su expresión. Para él, esa disciplina estructurada resulta familiar, incluso tranquilizadora. Luego se separa de la barandilla y se dirige al interior para organizar sus pertenencias antes de la partida.
Su equipo personal es modesto pero funcional. Extiende ordenadamente sobre una caja de carga su abrigo reglamentario, una brújula bien calibrada y un intercomunicador Den Den Mushi portátil, pequeño y dormido dentro de una caja acolchada. Toma la brújula y el Den Den Mushi y los guarda en los bolsillos interiores de su uniforme, asegurándolos con precisión. No son objetos que planee usar de inmediato, pero los quiere a mano por si acaso.
A continuación, toma sus guanteletes de combate, su arma principal. El metal refleja las luces del puerto. Se sienta en silencio sobre una de las cajas y comienza a revisarlos con minuciosidad: comprueba el ajuste de las correas, la firmeza de las placas articuladas, la alineación de los nudillos reforzados. Luego flexiona las manos con ellos puestos, asegurándose de que no haya holgura ni bloqueo en el movimiento. Un soldado no parte sin revisar su herramienta más importante. Terminada la revisión, vuelve a guardarlos en su sitio, listos para usarse al primer aviso.
Acto seguido, Moja inicia su revisión de la cubierta con paso firme, siguiendo un orden que ya se ha vuelto natural para él. Empieza por babor, comprobando que las cuerdas estén bien tensadas y que las defensas laterales sigan firmes en su sitio. Tira de un par de nudos para probar su resistencia y ajusta uno que nota algo flojo, dándole una vuelta extra con calma. Pasa después por la zona de carga, donde están los barriles y cajas sujetas. Se agacha, revisa las cuñas de madera y palpa las sogas que los aseguran. Hay una cuerda con holgura leve; la corrige sin dudar, dejando todo bien firme para evitar problemas cuando el barco empiece a moverse en aguas más exigentes. Continúa hacia el mástil principal, levantando la vista para asegurarse de que las velas estén correctamente enrolladas y las jarcias bien colocadas. Escucha el crujido estable de la madera y el silbido del viento entre las cuerdas: nada suena fuera de lo habitual. En proa, comprueba los anclajes y cadenas, pasando la mano por la madera para sentir su solidez. Luego se dirige a popa, donde echa un vistazo rápido al timón y a la base de la rueda, asegurándose de que todo esté firme.
Después da una ronda tranquila por la cubierta, Moja se encuentra en la popa, desde donde contempla el mar abierto. Más allá de la línea visible, el Grand Line los espera. La sensación que lo invade no es ansiedad, sino concentración absoluta. Una nueva etapa, otro entorno que requerirá precisión, calma y disciplina. Cruza los brazos detrás de la espalda y espera la orden de partida, en silencio.
Todo está listo.
El viento cambiará. El rumbo también.
Pero la misión sigue siendo la misma.
La escena transmite un mensaje claro: nada se deja al azar cuando se abre un paso temporalmente hacia el Grand Line.
Moja observa en silencio, sin alterar su expresión. Para él, esa disciplina estructurada resulta familiar, incluso tranquilizadora. Luego se separa de la barandilla y se dirige al interior para organizar sus pertenencias antes de la partida.
Su equipo personal es modesto pero funcional. Extiende ordenadamente sobre una caja de carga su abrigo reglamentario, una brújula bien calibrada y un intercomunicador Den Den Mushi portátil, pequeño y dormido dentro de una caja acolchada. Toma la brújula y el Den Den Mushi y los guarda en los bolsillos interiores de su uniforme, asegurándolos con precisión. No son objetos que planee usar de inmediato, pero los quiere a mano por si acaso.
A continuación, toma sus guanteletes de combate, su arma principal. El metal refleja las luces del puerto. Se sienta en silencio sobre una de las cajas y comienza a revisarlos con minuciosidad: comprueba el ajuste de las correas, la firmeza de las placas articuladas, la alineación de los nudillos reforzados. Luego flexiona las manos con ellos puestos, asegurándose de que no haya holgura ni bloqueo en el movimiento. Un soldado no parte sin revisar su herramienta más importante. Terminada la revisión, vuelve a guardarlos en su sitio, listos para usarse al primer aviso.
Acto seguido, Moja inicia su revisión de la cubierta con paso firme, siguiendo un orden que ya se ha vuelto natural para él. Empieza por babor, comprobando que las cuerdas estén bien tensadas y que las defensas laterales sigan firmes en su sitio. Tira de un par de nudos para probar su resistencia y ajusta uno que nota algo flojo, dándole una vuelta extra con calma. Pasa después por la zona de carga, donde están los barriles y cajas sujetas. Se agacha, revisa las cuñas de madera y palpa las sogas que los aseguran. Hay una cuerda con holgura leve; la corrige sin dudar, dejando todo bien firme para evitar problemas cuando el barco empiece a moverse en aguas más exigentes. Continúa hacia el mástil principal, levantando la vista para asegurarse de que las velas estén correctamente enrolladas y las jarcias bien colocadas. Escucha el crujido estable de la madera y el silbido del viento entre las cuerdas: nada suena fuera de lo habitual. En proa, comprueba los anclajes y cadenas, pasando la mano por la madera para sentir su solidez. Luego se dirige a popa, donde echa un vistazo rápido al timón y a la base de la rueda, asegurándose de que todo esté firme.
Después da una ronda tranquila por la cubierta, Moja se encuentra en la popa, desde donde contempla el mar abierto. Más allá de la línea visible, el Grand Line los espera. La sensación que lo invade no es ansiedad, sino concentración absoluta. Una nueva etapa, otro entorno que requerirá precisión, calma y disciplina. Cruza los brazos detrás de la espalda y espera la orden de partida, en silencio.
Todo está listo.
El viento cambiará. El rumbo también.
Pero la misión sigue siendo la misma.
Offroll
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
