17-10-2025, 06:26 PM
El mundo se balanceó antes de abrirse por completo. No era la primera vez que me metía en una caja, aunque sí la primera que se abría sola, sin que nadie me sacara. La luz me cegó un instante, y el aire húmedo del puerto entró como un bofetón. — ¿Dónde…? —musité, asomando apenas la cabeza entre los pliegues de la chaqueta del gigante. Según había comentado Rosse, aquel nuevo gigante se llama Eros. Recién lo había conocido y recién me había escondido en un bolsillo de su ropa, no por necesidad, pero sí deseaba descansar y ¿qué mejor manera que meciéndome en el dulce vaivén de la tela moviéndose, cubriéndome de todo sol? No, no era una caja. Tampoco había una tapa que se abriese, pero sí una tela que se apartaba de forma natural. Desde ahí, lo veía todo: las velas ondeando, el gentío, el brillo del mar, y un capitán que parecía salido de un cuadro caro y maldito a partes iguales, haciendo su papel y ordenando a toda la tripulación que fuesen de un lado a otro cargando los suministros, listos para empezar el primer y largo viaje del Crimson Stage.
Entonces me di cuenta. Pronto estaríamos surcando los mares. Ese hecho me puso nerviosa pero más aún me asustó los gritos indiscriminados de la gente. No era capaz de distinguir entre gritos de felicidad y gritos de susto, así que de un brinco, saqué mi cabeza de aquel bolsillo.— ¡Ah! ¡Ah! ¡¿Qué demonios pasa aquí?! —chillé, tropezando con el borde del bolsillo y cayendo de cabeza sobre el suelo, a los pies del propio Eros. Reboté, literalmente, como si la tela me escupiera de vuelta.
Me senté, despeinada y completamente indignada, mientras me sacudía las manos. Por fin me puse en pie, y aunque para ellos no habría una gran diferencia entre estar sentada y de pie… bueno, para mí tampoco la había, seguían siendo demasiado altos todos, pero no por ello me dejé impresionar fácilmente—. ¿Tanto he dormido como para haber llegado hasta aquí sin siquiera percatarme —rezongué, aunque sin levantar mucho la voz, pues era un pensamiento en voz alta, lanzado más bien para mí misma—... Oigan, ¿qué queda por hacer? —pues no era excusa haber estado dormida en el bolsillo de un compañero. En algo tenía que colaborar. Viajar en un barco donde no había colaborado, donde todo se me había regalado, no era especialmente cómodo a nivel moral.
Noté que todos me miraban, o así se sentía. Gente altísima. Demasiado altísima. Rosse brillaba como una estrella caída, Gwendolyn parecía un ángel distraído, y el resto… bueno, el resto eran montañas con ropa. Varo, Eros, Mercedes, y unos tal Owen y Giyuu. Nombres conocidos y desconocidos a partes iguales. La escena frente a mí era un caos, sí, pero uno encantador, de esos que te hacen sonreír aunque no entiendas nada. En medio del caos, me acordé de mi madre, llevé de forma instintiva mi mano hacia el colgante de mi pecho. Había risas, pasos acelerados, cajas apilándose, sogas crujiendo, y en medio de todo, el capitán Rosse brillando como siempre, con esa forma suya tan exageradamente natural de ser el centro de todo. Su voz se alzaba sobre el ruido como una trompeta de carnaval, aunque esta vez no parecía estar dando voces de órdenes. Parpadeé un par de veces, confundida, antes de escalar por una caja y sentarme sobre ella. Desde ahí lo veía todo. Pequeña entre gigantes, claro, aunque a estas alturas ya me movía entre ellos como quien pasea por un barrio conocido.
— ¿He oído... boda? —pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa curiosa, la voz tan pequeña como una campanita entre tanto bullicio. Y lo había oído bien. Entre gritos, aplausos y exclamaciones, distinguí el rostro sonrojado de Gwen, tan dulce y nerviosa, y a su lado un muchacho que parecía debatirse entre huir o desmayarse. Y Rosse, claro, girando a su alrededor como si fuera el maestro de ceremonias de un teatro imposible.
— Oh, pero si es nuestra Gwen... —dije con cariño, inclinando la cabecita mientras agitaba una manita en dirección a Gwen—. ¡Así que te nos casas, querida! Y yo que pensaba que hoy solo habría trabajo y tormenta, no corazones desbordando por el puerto.
Me estiré un poco más, alzando la voz lo justo para hacerme oír sin romper el encanto del momento, o más bien el encanto de los enamorados, observando el brillo de Gwen, el desconcierto del chico, la confusión de la tripulación que aún no entendía si debía reír o brindar—. Si es amor de verdad, que los mares los bendigan, y que ni la peor tormenta los haga soltarse, vaya. Y bueno —añadí al final, con un deje de humor—, ya que hay boda, espero que alguien piense en invitar a la dama de honor más pequeña del mundo, porque no pienso quedarme fuera del brindis.
Entonces me di cuenta. Pronto estaríamos surcando los mares. Ese hecho me puso nerviosa pero más aún me asustó los gritos indiscriminados de la gente. No era capaz de distinguir entre gritos de felicidad y gritos de susto, así que de un brinco, saqué mi cabeza de aquel bolsillo.— ¡Ah! ¡Ah! ¡¿Qué demonios pasa aquí?! —chillé, tropezando con el borde del bolsillo y cayendo de cabeza sobre el suelo, a los pies del propio Eros. Reboté, literalmente, como si la tela me escupiera de vuelta.
Me senté, despeinada y completamente indignada, mientras me sacudía las manos. Por fin me puse en pie, y aunque para ellos no habría una gran diferencia entre estar sentada y de pie… bueno, para mí tampoco la había, seguían siendo demasiado altos todos, pero no por ello me dejé impresionar fácilmente—. ¿Tanto he dormido como para haber llegado hasta aquí sin siquiera percatarme —rezongué, aunque sin levantar mucho la voz, pues era un pensamiento en voz alta, lanzado más bien para mí misma—... Oigan, ¿qué queda por hacer? —pues no era excusa haber estado dormida en el bolsillo de un compañero. En algo tenía que colaborar. Viajar en un barco donde no había colaborado, donde todo se me había regalado, no era especialmente cómodo a nivel moral.
Noté que todos me miraban, o así se sentía. Gente altísima. Demasiado altísima. Rosse brillaba como una estrella caída, Gwendolyn parecía un ángel distraído, y el resto… bueno, el resto eran montañas con ropa. Varo, Eros, Mercedes, y unos tal Owen y Giyuu. Nombres conocidos y desconocidos a partes iguales. La escena frente a mí era un caos, sí, pero uno encantador, de esos que te hacen sonreír aunque no entiendas nada. En medio del caos, me acordé de mi madre, llevé de forma instintiva mi mano hacia el colgante de mi pecho. Había risas, pasos acelerados, cajas apilándose, sogas crujiendo, y en medio de todo, el capitán Rosse brillando como siempre, con esa forma suya tan exageradamente natural de ser el centro de todo. Su voz se alzaba sobre el ruido como una trompeta de carnaval, aunque esta vez no parecía estar dando voces de órdenes. Parpadeé un par de veces, confundida, antes de escalar por una caja y sentarme sobre ella. Desde ahí lo veía todo. Pequeña entre gigantes, claro, aunque a estas alturas ya me movía entre ellos como quien pasea por un barrio conocido.
— ¿He oído... boda? —pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa curiosa, la voz tan pequeña como una campanita entre tanto bullicio. Y lo había oído bien. Entre gritos, aplausos y exclamaciones, distinguí el rostro sonrojado de Gwen, tan dulce y nerviosa, y a su lado un muchacho que parecía debatirse entre huir o desmayarse. Y Rosse, claro, girando a su alrededor como si fuera el maestro de ceremonias de un teatro imposible.
— Oh, pero si es nuestra Gwen... —dije con cariño, inclinando la cabecita mientras agitaba una manita en dirección a Gwen—. ¡Así que te nos casas, querida! Y yo que pensaba que hoy solo habría trabajo y tormenta, no corazones desbordando por el puerto.
Me estiré un poco más, alzando la voz lo justo para hacerme oír sin romper el encanto del momento, o más bien el encanto de los enamorados, observando el brillo de Gwen, el desconcierto del chico, la confusión de la tripulación que aún no entendía si debía reír o brindar—. Si es amor de verdad, que los mares los bendigan, y que ni la peor tormenta los haga soltarse, vaya. Y bueno —añadí al final, con un deje de humor—, ya que hay boda, espero que alguien piense en invitar a la dama de honor más pequeña del mundo, porque no pienso quedarme fuera del brindis.
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