17-10-2025, 06:38 PM
El estruendo del cañón me partió los pensamientos en dos. El aire olía a hierro quemado, a sal podrida y a miedo viejo. Vi el fogonazo antes de escuchar el rugido, y el proyectil pasó tan cerca que sentí cómo el calor me lamía la mejilla. La arena me golpeó el rostro, pero no me moví enseguida. Observé. A veces la guerra tiene un ritmo propio, una cadencia que solo quienes la han respirado pueden oír. Y yo la escuchaba en cada grito, en cada golpe de metal, en cada respiración rota. La mujer se movía entre el humo con una furia que no necesitaba presentación. Era grande, sí, pero lo que la hacía enorme no era su cuerpo, sino la manera en que reía. Esa carcajada, esa maldita risa que se alzaba sobre el caos como una bandera de locura, me atravesó más profundo que el estruendo del cañón.
No me impresiona la fuerza. He visto titanes caer y monstruos llorar, pero esa mujer tenía algo que no se fingía. No peleaba para sobrevivir, peleaba porque no sabía existir de otra manera. Cada giro de su hacha era una promesa cumplida de destrucción y junto a ella, aquel mink Jerome, según se presentó antes de lanzarse al infierno reía con un tono que parecía arrancado de otro mundo. Dos bestias distintas, una hecha de hierro y la otra de instinto, rompiendo hombres como si fueran ramas y entre ellos estaba yo, el lunarian con el fuego apagado.
Mis alas se abrieron instintivamente, no para volar todavía no puedo, sino para equilibrar el cuerpo cuando la tierra tembló bajo el impacto de un nuevo disparo. Un grupo de saqueadores se lanzó hacia mí con el ruido del hambre y la estupidez. No gritaron consignas ni insultos, solo cargaron, creyendo que el número basta cuando el valor escasea. La guadaña se movió sola, cortando el aire con un silbido largo. El primer hombre cayó antes de entender que ya estaba muerto, el segundo intentó retroceder, y mi rodilla lo alcanzó en el estómago con un golpe seco. No hay gloria en matar, solo oficio. La sangre salpicó mi brazo, y por un instante creí oler fuego en ella, el mío, el que ya no responde.
La mujer gritaba entre el caos, su voz como un trueno que partía el miedo en pedazos. —“¡Entonces recemos todos juntos, malditos!”— Y no sé por qué, pero algo en mí respondió. No con palabras, sino con el temblor que me recorrió la espalda, con el ardor que subió desde mis cicatrices. Hace años que no siento mi fuego, pero en ese instante juraría que algo dentro de mí respiró. La vi cortar hombres como si fuera una tormenta, y pensé que tal vez los dioses no estaban tan muertos como creía.
Otro cañonazo. Otra ráfaga de gritos. La arena negra se mezcló con la sangre hasta volverse barro. Jerome rugía su nombre al viento, yo apenas podía seguirle el paso, pero había una calma extraña en mi pecho, no era paz, era aceptación, si iba a morir aquí, al menos no lo haría solo. El fuego no siempre arde afuera, a veces basta con sentirlo hervir por dentro.
Ella volvió a gritar, esta vez más cerca: —“¡Oigan, perros del destino! ¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide salir!”—. Y esa frase, brutal, honesta, ridículamente viva, me arrancó algo parecido a una sonrisa. La primera en años. Me giré hacia ella, la vi cubierta de sangre y ceniza, y sentí que el mundo, por un instante, tenía sentido. — Tu tiene toa la razón, mujer del norte —murmuré, apenas audible entre los rugidos del combate —Si el sol va a olvidarse de uno, que lo haga con un buen motivo. —
El horizonte seguía lleno de velas negras. Seis barcos o quizá más. Cada uno con hombres dispuestos a matarnos solo por existir, pero había algo que ellos no sabían, los que ya han perdido todo no temen a nada. Alcé la guadaña, el filo brilló con la luz del fuego, y avancé una vez más hacia el ruido, no había final todavía, ni victoria, ni descanso. Solo la batalla, y tres almas que, sin quererlo, empezaban a pelear al mismo ritmo.
No me impresiona la fuerza. He visto titanes caer y monstruos llorar, pero esa mujer tenía algo que no se fingía. No peleaba para sobrevivir, peleaba porque no sabía existir de otra manera. Cada giro de su hacha era una promesa cumplida de destrucción y junto a ella, aquel mink Jerome, según se presentó antes de lanzarse al infierno reía con un tono que parecía arrancado de otro mundo. Dos bestias distintas, una hecha de hierro y la otra de instinto, rompiendo hombres como si fueran ramas y entre ellos estaba yo, el lunarian con el fuego apagado.
Mis alas se abrieron instintivamente, no para volar todavía no puedo, sino para equilibrar el cuerpo cuando la tierra tembló bajo el impacto de un nuevo disparo. Un grupo de saqueadores se lanzó hacia mí con el ruido del hambre y la estupidez. No gritaron consignas ni insultos, solo cargaron, creyendo que el número basta cuando el valor escasea. La guadaña se movió sola, cortando el aire con un silbido largo. El primer hombre cayó antes de entender que ya estaba muerto, el segundo intentó retroceder, y mi rodilla lo alcanzó en el estómago con un golpe seco. No hay gloria en matar, solo oficio. La sangre salpicó mi brazo, y por un instante creí oler fuego en ella, el mío, el que ya no responde.
La mujer gritaba entre el caos, su voz como un trueno que partía el miedo en pedazos. —“¡Entonces recemos todos juntos, malditos!”— Y no sé por qué, pero algo en mí respondió. No con palabras, sino con el temblor que me recorrió la espalda, con el ardor que subió desde mis cicatrices. Hace años que no siento mi fuego, pero en ese instante juraría que algo dentro de mí respiró. La vi cortar hombres como si fuera una tormenta, y pensé que tal vez los dioses no estaban tan muertos como creía.
Otro cañonazo. Otra ráfaga de gritos. La arena negra se mezcló con la sangre hasta volverse barro. Jerome rugía su nombre al viento, yo apenas podía seguirle el paso, pero había una calma extraña en mi pecho, no era paz, era aceptación, si iba a morir aquí, al menos no lo haría solo. El fuego no siempre arde afuera, a veces basta con sentirlo hervir por dentro.
Ella volvió a gritar, esta vez más cerca: —“¡Oigan, perros del destino! ¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide salir!”—. Y esa frase, brutal, honesta, ridículamente viva, me arrancó algo parecido a una sonrisa. La primera en años. Me giré hacia ella, la vi cubierta de sangre y ceniza, y sentí que el mundo, por un instante, tenía sentido. — Tu tiene toa la razón, mujer del norte —murmuré, apenas audible entre los rugidos del combate —Si el sol va a olvidarse de uno, que lo haga con un buen motivo. —
El horizonte seguía lleno de velas negras. Seis barcos o quizá más. Cada uno con hombres dispuestos a matarnos solo por existir, pero había algo que ellos no sabían, los que ya han perdido todo no temen a nada. Alcé la guadaña, el filo brilló con la luz del fuego, y avancé una vez más hacia el ruido, no había final todavía, ni victoria, ni descanso. Solo la batalla, y tres almas que, sin quererlo, empezaban a pelear al mismo ritmo.
