30 de Otoño. Año 16.
Reino de Samba, South Blue ~ 22:36 p.m.
Reino de Samba, South Blue ~ 22:36 p.m.
El puerto de Samba hervía con la misma vida que su selva. Olores a sal, sudor y madera mojada se mezclaban en el aire como si cada molécula quisiera recordar a los presentes que estaban a punto de dejar atrás algo más que un pedazo de tierra. El murmullo del gentío formaba una masa sonora confusa, llena de esperanzas rotas y promesas que aún no existían, pero que aún así se buscaban.
Krysser caminaba junto a Fyodor, con su abrigo oscuro alzado hasta la mandíbula y la capucha echada sobre la cabeza, cubriendo su rostro de miradas curiosas y tratando de pasar desapercibido entre la multitud, aunque su descomunal tamaño no hiciera fácil algo así. Por fortuna, en aquel inmenso mar, había gente aún más grande que el mink, capaces de opacar incluso su figura y otros aún más llamativos, como su alado amigo.
El aire cálido de la isla poco ayudaba a su habitual incomodidad, y el ruido del gentío, apresurada por embarcar, no ayudaba en lo más mínimo. Todo era demasiado humano, demasiado caótico. Incluso la luna, escondida tras los nubarrones, no parecía dispuesta a darle un respiro.
-Luna llena. ¿Cómo no? -Suspiró el mink, haciéndose a la idea de los problemas que aquello podía ocasionar, mientras su compañero parecía tomarse con su humor habitual la situación, cuestionando sobre la dificultad de encontrar a alguien que le tomara una buena foto en aquel momento.
-La cámara capta lo que ve. -Respondió, aludiendo a la incapacidad de disimular la fealdad de su buen amigo, en un tono medio jocoso y algo distraído, mientras Fyodor intentaba arrancarle una sonrisa con una de sus bromas de siempre. En otra situación, tal vez lo habría conseguido. Pero esa noche tenían demasiadas cosas de las que preocuparse.
Sus palabras sobre Briss le hicieron recordar aquel momento. La calma antes del caos, el plan improvisado por las prisas después de tanta preparación, el disparo que había marcado un antes y un después. “Lo tendremos controlado”, dijo. Y su confianza, como siempre, logró filtrarse entre las grietas del propio silencio del tigre, pero no sin arrancarle un leve gruñido de queja y descontento por su irremediable optimismo.
No pudo evitar esbozar una leve sonrisa cuando le dio aquel golpe amistoso en el brazo. Era su manera de decir tranquilo, no estás solo, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, era algo que necesitaba oír.
-En el peor de los casos, ya sabes qué hacer. -No era algo que quisiera pensar, pero había que considerar aquella opción. Fyodor conocía los entresijos del sulong de propia boca de Krysser, y la necesidad de alejarse si este perdía el control mejor que nadie. Incluso sin estar en sus cabales, con aquella fuerza de la naturaleza fluyendo por sus venas, podía ser peligroso para él y para cualquiera.
El bullicio aumentó conforme los cazadores se acercaron al puerto. Familias enteras, comerciantes, todos ellos personas de aspecto cansado… Todos empujándose unos a otros por un pedazo de papel que representaba la entrada a un sueño.
No pudo evitar pensar en lo absurdo de aquello. La libertad y los sueños, vendidos en forma de billete. Pero la verdadera ironía era que incluso Krysser, un depredador acostumbrado a cazar en soledad, también iba a pagar por la suya.
Fyodor se elevó al cielo con un batir de alas, ágil y veloz, perdiéndose entre los tejados como una sombra con alas. Pudo seguir el alzar del vuelo con la vista un momento, mientras el gentío se arremolinaba frente a las garitas del Gobierno Mundial, pero en el instante en que aceleró se volvió completamente invisible por su inmensa velocidad.
Cuando volvió a ver a Fyodor, ya había vuelto a tierra. Su rostro se ocultaba tras la máscara, pero podía sentir su entusiasmo incluso a través de ella. Para cuando el tigre alcanzó al lunarian, ya no quedaba demasiado tiempo que esperar. Aquellos hombres de traje y sombrero actuaban con una autoridad enlatada, mecánica, como si repitieran un guion que ya habían memorizado demasiado.
Krysser se limitó a seguir a su amigo, abriéndome paso entre la multitud con la calma de quien ha atravesado selvas más peligrosas que una marea de humanos ansiosos.
-No te emociones tanto... -Murmuró, justo antes de llegar a la garita, temiendo como siempre lo peor. -Todavía no hemos subido al barco...
El intercambio fue rápido. Fyodor se encargó de hablar, como siempre, mientras el mink observaba, en silencio, los gestos de los agentes. Estuvo pendiente de si sus manos temblaban ligeramente cuando cogían el dinero, si su mirada se desviaba una fracción de segundo hacia las cajas marcadas con el emblema del Gobierno. Cada detalle que pudiera apreciar sería bienvenido, la información era siempre útil.
Aceptó el pasaje de manos de su amigo con una breve inclinación de cabeza. El papel era fino, con un sello azul claro y el emblema del Gobierno Mundial grabado con cera. Un símbolo de sumisión, o tal vez de oportunidad.
Cuando hubieron subido finalmente al barco asignado, lo primero que hizo el tigre fue inhalar el aire salado que traía el mar abierto. Las cajas oscuras se apilaban como tumbas flotantes. El símbolo del Gobierno Mundial brillaba en cada una bajo la tenue luz de los escasos farolillos que alumbraran la cubierta, y la poca luz de la luna que lograba filtrarse entre las nubes. Fyodor las observó con curiosidad, mientras él, en cambio, se apoyaba contra la borda, observando a los agentes del gobierno mundial continuar con su trabajo. Si la carga era algo de lo que preocuparse, entonces los guardias que la custodiaran eran algo que temer.
Las garras del tigre tamborilearon suavemente contra la madera húmeda, mientras las cuchillas de su arma asomaban tímidamente bajo las mangas de su larga vestimenta. La tripulación, o lo que fuera que hacía de ella, se movía con paso ligero, sin hablar demasiado. Todo demasiado medido, demasiado contenido.
Miró a Fyodor. Revisaba su equipo con la concentración de un cazador antes de un disparo. Sabía que cada arma en su arsenal tenía un propósito, y también que si algo salía mal, no dudaría en usarlo.
El sonido del metal hundiéndose se perdió en la noche. La brújula que habían usado para viajar hasta ahora fue arrojada, como un símbolo, al fondo del mar. Por un momento, el mundo se volvió silencioso. Solo el crujir del barco y el vaivén del mar llenaban el aire. Fyodor murmuró algo, pero el tigre no le respondió enseguida. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde la oscuridad se extendía como una promesa.
-Así que este es, ¿eh? -Dijo finalmente, girando levemente la cabeza hacia él. -El punto de no retorno... -El viento sopló con más fuerza, haciendo flamear los jirones de su capa, despeinando incluso su pelaje oculto bajo la misma. Una breve pausa antecedió a la ruptura final de aquel silencio, mientras Krysser observaba el horizonte. -Qué emocionante. -Finalmente, una sonrisa sincera se dibujó en las fauces del mink, mientras clavaba sus garras con fuerza en la madera, incapaz de seguir controlando aquella excitación. Pronto estarían en el Grand Line, el paraíso de cualquier cazador que buscara probarse a sí mismo. Pronto volverían a cazar.
Off
