17-10-2025, 08:52 PM
El puerto estaba envuelto en una bruma espesa, y el viento de la noche arrastraba el olor del mar y la madera húmeda. Me quedé quieta unos segundos, observando cómo las velas se inflaban poco a poco bajo las órdenes del capitán Ashveil. Había algo solemne en aquel momento, algo que hacía que todo se sintiera más grande que nosotros mismos.
Él se acercó sin decir palabra, con esa calma firme que siempre lo rodeaba. En sus manos traía una capa oscura, gruesa, con los bordes reforzados para resistir el viento. Cuando me la tendió, no supe qué decir. La tomé despacio, y por un instante nuestras miradas se cruzaron.
A mi lado, María Merlot caminaba en silencio también. Su presencia era tranquila, sin necesidad de hablar demasiado. Ella sabía que yo prefería observar antes que preguntar, y que mi forma de estar cerca era simplemente acompañar. No hacía falta más.
El marinero que cogía los boletos pasó junto a nosotros. se lo di en su mano sin mirarlo mucho. Ya tenia mi lugar en el barco; ahora solo quedaba subir y dejar que el viento decidiera el resto.
El muelle crujía bajo los pasos de los demás pasajeros. Yo me mantuve callada, con la mirada fija en el agua que golpeaba suavemente los pilares de madera. El reflejo del cielo gris se rompía en cada ola, y por un momento pensé en todo lo que quedaba atrás, en todo lo que aún no entendía del camino que tenía por delante. Pero no me sentía sola. No del todo.
Subí al barco con la capucha puesta, el aire frío acariciándome la cara. María me siguió, sin decir nada. Al llegar a cubierta, el ruido del puerto se volvió lejano, como si perteneciera a otra vida. Me quedé allí, de pie, dejando que la capa se moviera con el viento.
El capitán Ashveil daba órdenes a la tripulación, y aunque su voz se perdía entre los vientos del mar, su presencia era suficiente para recordarme por qué confiaba en él. No todos los caminos necesitan explicaciones; algunos solo requieren fe.
Así, en silencio, mientras el barco comenzaba a separarse del muelle, respiré hondo. La bruma se cerraba tras nosotros, y el viaje —nuestro viaje— por fin comenzaba.
Él se acercó sin decir palabra, con esa calma firme que siempre lo rodeaba. En sus manos traía una capa oscura, gruesa, con los bordes reforzados para resistir el viento. Cuando me la tendió, no supe qué decir. La tomé despacio, y por un instante nuestras miradas se cruzaron.
—Te servirá allá arriba —fue todo lo que dijo.
Asentí en silencio. Me envolví con la capa, sintiendo el peso sobre mis hombros. No era solo abrigo: era una promesa, una forma de decir “confío en ti” sin necesidad de palabras. El tejido olía a sal y a cuero, y el borde, movido por el aire, rozaba el suelo del muelle. Me sentí protegida, casi invisible, lista para dejar atrás la costa.A mi lado, María Merlot caminaba en silencio también. Su presencia era tranquila, sin necesidad de hablar demasiado. Ella sabía que yo prefería observar antes que preguntar, y que mi forma de estar cerca era simplemente acompañar. No hacía falta más.
El marinero que cogía los boletos pasó junto a nosotros. se lo di en su mano sin mirarlo mucho. Ya tenia mi lugar en el barco; ahora solo quedaba subir y dejar que el viento decidiera el resto.
El muelle crujía bajo los pasos de los demás pasajeros. Yo me mantuve callada, con la mirada fija en el agua que golpeaba suavemente los pilares de madera. El reflejo del cielo gris se rompía en cada ola, y por un momento pensé en todo lo que quedaba atrás, en todo lo que aún no entendía del camino que tenía por delante. Pero no me sentía sola. No del todo.
Subí al barco con la capucha puesta, el aire frío acariciándome la cara. María me siguió, sin decir nada. Al llegar a cubierta, el ruido del puerto se volvió lejano, como si perteneciera a otra vida. Me quedé allí, de pie, dejando que la capa se moviera con el viento.
El capitán Ashveil daba órdenes a la tripulación, y aunque su voz se perdía entre los vientos del mar, su presencia era suficiente para recordarme por qué confiaba en él. No todos los caminos necesitan explicaciones; algunos solo requieren fe.
Así, en silencio, mientras el barco comenzaba a separarse del muelle, respiré hondo. La bruma se cerraba tras nosotros, y el viaje —nuestro viaje— por fin comenzaba.
