17-10-2025, 09:34 PM
Esperé varios días por esta noche. Desde que me uní a las filas de la revolución, me hablaron de dos miembros que llegarían al puerto antes de partir juntos hacia el Grand Line. Pero no los encontré, No sabía cómo se veían, ni qué voces debía buscar. Lo único claro era el rumor, dos sombras dentro de una multitud que parecía no terminar nunca y esta noche, el puerto rebosaba de gente, todo el mundo quería huir o perseguir algo.
Entré a una tienda al caer la tarde y me vestí como los pueblerinos, una camisa de flores que olía a tela nueva, pantalones cortos, colores vivos. No me reconocí en el espejo, pero era mejor así, entre tanto ruido, pasar desapercibido es un lujo. Caminé hacia la orilla. Krakatua se agitaba en el agua, inquieta. Sus movimientos eran torpes, erráticos, los barcos grandes la asustan, pero no la culpo. El recuerdo de las bodegas, de los golpes contra el metal, no se olvida.
—Tranquila —le dije, con voz baja, sin mirar a nadie — Si logro subir a un barco, síguelo de lejos.— Respondió con ese sonido triste que hace últimamente, una mezcla entre queja y lamento. A veces pienso que teme que la deje atrás, no podría. No después de todo lo que nos sostuvimos el uno al otro cuando el mundo se hundió.
Ajusté la sartén en el cinturón y el estoque al otro lado. El peso me recordó quién era, incluso disfrazado de turista. Me mezclé con la multitud, decidido. Si no encontraba a los revolucionarios en tierra, tal vez ya habían subido a uno de esos barcos. Mientras avanzaba, mis ojos hicieron lo que mejor saben hacer, memorizar. Rostros, gestos, ropas, movimientos, es cierto que la memoria eidética no perdona el detalle, y cada uno quedó grabado como si el tiempo se detuviera un segundo sobre ellos. Escuchaba fragmentos de conversaciones entre mercaderes y marineros, todos hablaban igual, todos querían lo mismo, irse del South Blue, dejar atrás la miseria, alcanzar el Grand Line como si allá los esperara una redención que este mar les negó.
Estuve en la fila más de una hora. El aire olía a sudor y a sal, algunos no tenían papeles, otros regateaban precios o fingían ser quienes no eran. Cuando por fin fue mi turno, respiré hondo, mi voz salió firme, aunque sentí el eco del pasado temblar en mi garganta. —Quiero comprar un pasaje hacia el Grand Line —dije y saqué la bolsa con las monedas y la dejé sobre la mesa, el tintineo fue corto, preciso.
—Hay diez mil berris como solicitaron. — Esperaba que el hombre asintiera sin mirarme demasiado, que sellara algo en su registro y me indicara el paso, esperaba que no hubiera preguntas, ni de nombre, ni de vivienda, ni de familia, la verdad es que no queria ni siquiera hablar con estos tipos del gobierno mundial, porque son los primeros en prestarse para hacer las cosas que nos hicieron a mi familia y a mi, pero no habia de otra en este momento.
Entré a una tienda al caer la tarde y me vestí como los pueblerinos, una camisa de flores que olía a tela nueva, pantalones cortos, colores vivos. No me reconocí en el espejo, pero era mejor así, entre tanto ruido, pasar desapercibido es un lujo. Caminé hacia la orilla. Krakatua se agitaba en el agua, inquieta. Sus movimientos eran torpes, erráticos, los barcos grandes la asustan, pero no la culpo. El recuerdo de las bodegas, de los golpes contra el metal, no se olvida.
—Tranquila —le dije, con voz baja, sin mirar a nadie — Si logro subir a un barco, síguelo de lejos.— Respondió con ese sonido triste que hace últimamente, una mezcla entre queja y lamento. A veces pienso que teme que la deje atrás, no podría. No después de todo lo que nos sostuvimos el uno al otro cuando el mundo se hundió.
Ajusté la sartén en el cinturón y el estoque al otro lado. El peso me recordó quién era, incluso disfrazado de turista. Me mezclé con la multitud, decidido. Si no encontraba a los revolucionarios en tierra, tal vez ya habían subido a uno de esos barcos. Mientras avanzaba, mis ojos hicieron lo que mejor saben hacer, memorizar. Rostros, gestos, ropas, movimientos, es cierto que la memoria eidética no perdona el detalle, y cada uno quedó grabado como si el tiempo se detuviera un segundo sobre ellos. Escuchaba fragmentos de conversaciones entre mercaderes y marineros, todos hablaban igual, todos querían lo mismo, irse del South Blue, dejar atrás la miseria, alcanzar el Grand Line como si allá los esperara una redención que este mar les negó.
Estuve en la fila más de una hora. El aire olía a sudor y a sal, algunos no tenían papeles, otros regateaban precios o fingían ser quienes no eran. Cuando por fin fue mi turno, respiré hondo, mi voz salió firme, aunque sentí el eco del pasado temblar en mi garganta. —Quiero comprar un pasaje hacia el Grand Line —dije y saqué la bolsa con las monedas y la dejé sobre la mesa, el tintineo fue corto, preciso.
—Hay diez mil berris como solicitaron. — Esperaba que el hombre asintiera sin mirarme demasiado, que sellara algo en su registro y me indicara el paso, esperaba que no hubiera preguntas, ni de nombre, ni de vivienda, ni de familia, la verdad es que no queria ni siquiera hablar con estos tipos del gobierno mundial, porque son los primeros en prestarse para hacer las cosas que nos hicieron a mi familia y a mi, pero no habia de otra en este momento.
OFF
