19-10-2025, 10:15 PM
(Última modificación: 20-10-2025, 12:49 PM por Pandaman.
Razón: Añadido Wanted de Dongryong olvidado por error
)
El cielo continuaba con su denso manto cubriendo la luz proveniente del satélite y las estrellas que vivían en el espacio, y el orden dentro del revuelo que había en el puerto empezaba a estar controlado por los disciplinados y rectos agentes del Gobierno Mundial que estaban en el lugar. El hecho de que hubiesen prescindido de la Marina para esta actividad era extraño, pues siempre era la Marina quien gestionaba estos accesos fuera del bloqueo de los Cabos Gemelos, pero siempre que intervenía el Gobierno Mundial era por una razón de peso, y seguramente secreta.
Fuese cual fuese la intención detrás de todo esto, las filas de los embarcados empezaron a llenar las cubiertas de los barcos.
Un hombre gigante, agachado para hablar con los agentes oportunos, recibió de mano de uno de ellos dos boletos que habían quedado sin reclamar. Parecía que la suerte le acompañaba... pero a saber cuánto tiempo.
A quien no le acompañaba era a una preciosa mujer birkaniana que intentó colarse dentro de una fila, siendo apartada por dos de los agentes presentes con un empujón y un par de gritos, que llamaron la atención de quien estuviera medianamente atento a los alrededores. Exigían ver su pasaporte, o que pagase por uno, mientras la fila en la que estaba avanzaba y las personas con las que había interactuado quedaban atrás. Parecía que sólo de la mano de algún benefactor de último momento podría conseguir embarcar.
Amablemente pero sin dejar lugar a opción a réplica, los agentes del Gobierno Mundial en los barcos pasaban a hacerse cargo de las mascotas de las personas que embarcaban, fuesen animales de compañía o monturas de viaje, y se las llevaban a las bodegas de los barcos, donde estarían seguras y provistas de agua durante la travesía. No podía haber animales en cubierta, y era algo que se tenía que respetar para tener una mejor convivencia en la navegación. De igual forma, cualquier dueño de estas mascotas podría bajar a la bodega en cualquier momento para verla o pasar unos minutos con ella.
Los agentes del Gobierno Mundial se encargaron de que no quedase civil en el puerto, haciendo que quienes habían pagado el pasaje embarcasen ya en los navíos habilitados para ello, y que quienes tuvieran navío propio embarcasen en él, despejando la zona. Cuando todo el mundo estabas ya embarcado en su respectivo navío, un par de carros tirados por caballos llegaron al puerto: unos chicos jóvenes con boinas y camisas remangadas sujetas con tirantes bajaron de estos sacudiendo unas campanas de mano mientras otros descargaban algunas cajas. Los agentes cercanos mantuvieron una conversación con ellos y con unas órdenes repentinas se dispusieron a repartir las cajas en los navíos autorizados y reconocidos. Estas cajas llevaban periódicos, la edición que iba a salir en unas pocas horas, la madrugada próxima.
Habían llegado por adelantado dadas las exclusivas que tenían que comentar.
Uno de los muchachos, de hecho uno de los más jóvenes, se dispuso a pasar por todos los barcos que no estaban recibiendo esas cajas y lanzó dos periódicos a bordo de cada uno de ellos, con una pícara sonrisa, corriendo de vuelta con sus compañeros sabiendo que había 'regalado' unos periódicos y que esto no estaba bien, pero quería putear a su jefe un poco.
Fue entonces cuando, con las cajas ya a bordo de los barcos, los agentes del Gobierno Mundial abandonaron los barcos y dieron paso en el puerto a unos hombres, marineros comerciales decentes, que estaban encargados de navegar y manejar las naves. Ellos eran quienes se encargarían de llevar los barcos a buen puerto, capitán y tripulación por cada navío, y con ellos a bordo de sus propias naves las campanas de a bordo sonaron para que los cabos fueran soltados y los barcos extendiesen sus velas y comenzasen a navegar rumbo a los Cabos Gemelos ante la atenta mirada de los agentes del Gobierno Mundial, quienes, sus altos rangos, miraban con una malévola sonrisa los barcos zarpar.
— ¡Señor! — dijo uno de los agentes de más bajo rango, refiriéndose a un hombre grande, alto y gordo, también de uniforme, que fumaba un puro sentado en una de las cajas del puerto empezando a hojear uno de los periódicos que habían traído — Nos reportan que la Marina llegará en tres horas para comenzar con los preparativos de las embarcaciones para el éxodo al Grand Line, señor — reportó el soldado.
Su superior sólo inhaló una larga calada de su puro y la exhaló sin siquiera quitárselo de los labios - aunque lo tenía sujeto con los dientes - y pasando tranquilo una hoja del periódico respondió — Entonces hemos ido muy bien de tiempo... — dijo y alzó la mirada hacia el muchacho — Avisa a la central y diles que enviamos un cargamento grande... dale las cifras exactas y diles que estarán en el punto... — ahí soltó el periódico y miró su reloj, después llevando su mirada hacia los barcos — ...en cosa de una hora — matizó, y volvió a dar una calada al puro, abriendo de nuevo el periódico — Y despejad todo esto. No quiero ningún civil presente cuando llegue la Marina — y continuó leyendo mientras su subalterno saludaba oficialmente para despedirse, y salía corriendo a cumplir sus órdenes.
Obviamente algo tramaba el Gobierno y los barcos que habían zarpado lo habían hecho horas antes de lo que deberían, pero eso... Eso aun no os lo puedo contar.
Fuese cual fuese la intención detrás de todo esto, las filas de los embarcados empezaron a llenar las cubiertas de los barcos.
Un hombre gigante, agachado para hablar con los agentes oportunos, recibió de mano de uno de ellos dos boletos que habían quedado sin reclamar. Parecía que la suerte le acompañaba... pero a saber cuánto tiempo.
A quien no le acompañaba era a una preciosa mujer birkaniana que intentó colarse dentro de una fila, siendo apartada por dos de los agentes presentes con un empujón y un par de gritos, que llamaron la atención de quien estuviera medianamente atento a los alrededores. Exigían ver su pasaporte, o que pagase por uno, mientras la fila en la que estaba avanzaba y las personas con las que había interactuado quedaban atrás. Parecía que sólo de la mano de algún benefactor de último momento podría conseguir embarcar.
Amablemente pero sin dejar lugar a opción a réplica, los agentes del Gobierno Mundial en los barcos pasaban a hacerse cargo de las mascotas de las personas que embarcaban, fuesen animales de compañía o monturas de viaje, y se las llevaban a las bodegas de los barcos, donde estarían seguras y provistas de agua durante la travesía. No podía haber animales en cubierta, y era algo que se tenía que respetar para tener una mejor convivencia en la navegación. De igual forma, cualquier dueño de estas mascotas podría bajar a la bodega en cualquier momento para verla o pasar unos minutos con ella.
Los agentes del Gobierno Mundial se encargaron de que no quedase civil en el puerto, haciendo que quienes habían pagado el pasaje embarcasen ya en los navíos habilitados para ello, y que quienes tuvieran navío propio embarcasen en él, despejando la zona. Cuando todo el mundo estabas ya embarcado en su respectivo navío, un par de carros tirados por caballos llegaron al puerto: unos chicos jóvenes con boinas y camisas remangadas sujetas con tirantes bajaron de estos sacudiendo unas campanas de mano mientras otros descargaban algunas cajas. Los agentes cercanos mantuvieron una conversación con ellos y con unas órdenes repentinas se dispusieron a repartir las cajas en los navíos autorizados y reconocidos. Estas cajas llevaban periódicos, la edición que iba a salir en unas pocas horas, la madrugada próxima.
Habían llegado por adelantado dadas las exclusivas que tenían que comentar.
Uno de los muchachos, de hecho uno de los más jóvenes, se dispuso a pasar por todos los barcos que no estaban recibiendo esas cajas y lanzó dos periódicos a bordo de cada uno de ellos, con una pícara sonrisa, corriendo de vuelta con sus compañeros sabiendo que había 'regalado' unos periódicos y que esto no estaba bien, pero quería putear a su jefe un poco.
Fue entonces cuando, con las cajas ya a bordo de los barcos, los agentes del Gobierno Mundial abandonaron los barcos y dieron paso en el puerto a unos hombres, marineros comerciales decentes, que estaban encargados de navegar y manejar las naves. Ellos eran quienes se encargarían de llevar los barcos a buen puerto, capitán y tripulación por cada navío, y con ellos a bordo de sus propias naves las campanas de a bordo sonaron para que los cabos fueran soltados y los barcos extendiesen sus velas y comenzasen a navegar rumbo a los Cabos Gemelos ante la atenta mirada de los agentes del Gobierno Mundial, quienes, sus altos rangos, miraban con una malévola sonrisa los barcos zarpar.
— ¡Señor! — dijo uno de los agentes de más bajo rango, refiriéndose a un hombre grande, alto y gordo, también de uniforme, que fumaba un puro sentado en una de las cajas del puerto empezando a hojear uno de los periódicos que habían traído — Nos reportan que la Marina llegará en tres horas para comenzar con los preparativos de las embarcaciones para el éxodo al Grand Line, señor — reportó el soldado.
Su superior sólo inhaló una larga calada de su puro y la exhaló sin siquiera quitárselo de los labios - aunque lo tenía sujeto con los dientes - y pasando tranquilo una hoja del periódico respondió — Entonces hemos ido muy bien de tiempo... — dijo y alzó la mirada hacia el muchacho — Avisa a la central y diles que enviamos un cargamento grande... dale las cifras exactas y diles que estarán en el punto... — ahí soltó el periódico y miró su reloj, después llevando su mirada hacia los barcos — ...en cosa de una hora — matizó, y volvió a dar una calada al puro, abriendo de nuevo el periódico — Y despejad todo esto. No quiero ningún civil presente cuando llegue la Marina — y continuó leyendo mientras su subalterno saludaba oficialmente para despedirse, y salía corriendo a cumplir sus órdenes.
Obviamente algo tramaba el Gobierno y los barcos que habían zarpado lo habían hecho horas antes de lo que deberían, pero eso... Eso aun no os lo puedo contar.
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