19-10-2025, 11:15 PM
El trasiego en el puerto que Kibai había observado desde su particular atalaya había dado paso a una relativa calma al conseguir por fin los agentes del Gobierno que todos los pasajeros embarcasen. Apoyando la mano sobre el pomo de Raimei, el mink emergió del callejón que había elegido para trepar al tejado más discretamente, caminando a grandes zancadas hacia el Royal Quiver.
A medio camino, escuchó el agudo tintinear de las campanas de los cinco navíos, y por el rabillo del ojo captó como los tripulantes comenzaban a trepar por las jarcias para desplegar las velas. Parecía que por fin el convoy iba a iniciar su rumbo. Kibai apretó el paso en dirección hacia su barco, llegando casi a la vez que un joven con pintas de repartidor y mirada traviesa arrojaba desde el amarre un par de rollos de papel a cubierta.
Caminando rapidamente por los maderos de la tabla, el mink subió de nuevo a bordo, recogiendo los dos rollos y se dirigió hacia la bodega, decidiendo que ya los examinaría más tarde cuando huiesen abandonado el puerto.
Al llegar bajo cubierta, vio al resto de los miembros de su División. Con una sonrisa, Kibai dejó caer los periódicos encima de la mesa y se crujió los nudillos.
"Parece que nos han hecho un pequeño regalo de despedida. Al menos tendremos algo para leer durante el viaje. Todos los barcos del convoy ya están haciendo maniobras de desatraque, comienza la ruta hacia los Cabos Gemelos" gritó mientras colgaba su capa de uno de los ganchos para poder moverse por la nave sin molestias.
"Vamos, debemos empezar las maniobras para zarpar nosotros también o nos quedaremos atrás, y que me aspen si llegan antes que nosotros."
Subiendo los escalones dedos en dos, Kibai regresó a cubierta, deteniéndose momentánemente para darle un par de palmadas en el lomo del hipopótamo mascota de Gaufrid. La enorme bestia era desde luego de talante tranquilo, pues no había dado ni un solo problema en todo lo que llevaban de viaje, aunque les había obligado a cargar con una gran reserva de agua extra para él, eso si.
Con las venas de los brazos hinchándose por el esfuerzo, Kibai arrastró a bordo el tablón de madera que usaban para bajar al muelle de vuelta y lo encajó en su lugar original, antes de recoger un pequeño depósito de aceite y dirigirse a proa para rellenar los dos faroles que colgaban del bauprés junto al mascarón, los cuales llevaban ya encendidos varias horas a causa de la poca luz que se filtraba a través de las densas nubes que cubrían el cielo y tenía pinta de que fuesen a desaparecer por el momento. Acto seguido, hizo lo propio con las lámparas que había distribuidas a lo largo de la nave, a sabiendas que dos de sus compañeros agradecerían bastante el poder ver a la hora de preparar la nave para zarpar.
"Es una suerte que tanto Moja como yo nos manejemos bien en la oscuridad" pensó mientras vertía el líquido dorado en el depósito del farol situado encima de la entrada a la bodega. "Eso va a hacer que la navegación sea más sencilla, y podremos mantener un ojo en los barcos del convoy, sigo sin fiarme de que esos repipis del Gobierno hayan sido los encargados de orgnizar esta travesía..:"
Una vez el Royal Quiver estuvo inundado de la suave luz anaranjada que proporcionaban las lámparas de aceite, Kibai trepó por la jarcia de babor, escalando por las sogas hasta la cofa del vigía, a varios metros por encima de la cubierta y sin la molestia de la luz, observando con los brazos cruzados como los cinco navíos comenzaban ordenamente a abandonar el muelle.
"Allá voy, capitán Seijuru, no se ha librado de mí por mucho tiempo dejándome en el South Blue..:" pensó con una sonrisa. "Pero la próxima vez que nos veamos, yo también seré alguien, y usted se sentirá orgulloso de haberme sacado del agua."
Como si la propia isla estuviese de acuerdo, una ráfaga de fresca brisa nocturna le envolvió, haciendo que su pelaje moteado se erizase. El viaje a los Cabos Gemelos de la División 84 comenzaba.
A medio camino, escuchó el agudo tintinear de las campanas de los cinco navíos, y por el rabillo del ojo captó como los tripulantes comenzaban a trepar por las jarcias para desplegar las velas. Parecía que por fin el convoy iba a iniciar su rumbo. Kibai apretó el paso en dirección hacia su barco, llegando casi a la vez que un joven con pintas de repartidor y mirada traviesa arrojaba desde el amarre un par de rollos de papel a cubierta.
Caminando rapidamente por los maderos de la tabla, el mink subió de nuevo a bordo, recogiendo los dos rollos y se dirigió hacia la bodega, decidiendo que ya los examinaría más tarde cuando huiesen abandonado el puerto.
Al llegar bajo cubierta, vio al resto de los miembros de su División. Con una sonrisa, Kibai dejó caer los periódicos encima de la mesa y se crujió los nudillos.
"Parece que nos han hecho un pequeño regalo de despedida. Al menos tendremos algo para leer durante el viaje. Todos los barcos del convoy ya están haciendo maniobras de desatraque, comienza la ruta hacia los Cabos Gemelos" gritó mientras colgaba su capa de uno de los ganchos para poder moverse por la nave sin molestias.
"Vamos, debemos empezar las maniobras para zarpar nosotros también o nos quedaremos atrás, y que me aspen si llegan antes que nosotros."
Subiendo los escalones dedos en dos, Kibai regresó a cubierta, deteniéndose momentánemente para darle un par de palmadas en el lomo del hipopótamo mascota de Gaufrid. La enorme bestia era desde luego de talante tranquilo, pues no había dado ni un solo problema en todo lo que llevaban de viaje, aunque les había obligado a cargar con una gran reserva de agua extra para él, eso si.
Con las venas de los brazos hinchándose por el esfuerzo, Kibai arrastró a bordo el tablón de madera que usaban para bajar al muelle de vuelta y lo encajó en su lugar original, antes de recoger un pequeño depósito de aceite y dirigirse a proa para rellenar los dos faroles que colgaban del bauprés junto al mascarón, los cuales llevaban ya encendidos varias horas a causa de la poca luz que se filtraba a través de las densas nubes que cubrían el cielo y tenía pinta de que fuesen a desaparecer por el momento. Acto seguido, hizo lo propio con las lámparas que había distribuidas a lo largo de la nave, a sabiendas que dos de sus compañeros agradecerían bastante el poder ver a la hora de preparar la nave para zarpar.
"Es una suerte que tanto Moja como yo nos manejemos bien en la oscuridad" pensó mientras vertía el líquido dorado en el depósito del farol situado encima de la entrada a la bodega. "Eso va a hacer que la navegación sea más sencilla, y podremos mantener un ojo en los barcos del convoy, sigo sin fiarme de que esos repipis del Gobierno hayan sido los encargados de orgnizar esta travesía..:"
Una vez el Royal Quiver estuvo inundado de la suave luz anaranjada que proporcionaban las lámparas de aceite, Kibai trepó por la jarcia de babor, escalando por las sogas hasta la cofa del vigía, a varios metros por encima de la cubierta y sin la molestia de la luz, observando con los brazos cruzados como los cinco navíos comenzaban ordenamente a abandonar el muelle.
"Allá voy, capitán Seijuru, no se ha librado de mí por mucho tiempo dejándome en el South Blue..:" pensó con una sonrisa. "Pero la próxima vez que nos veamos, yo también seré alguien, y usted se sentirá orgulloso de haberme sacado del agua."
Como si la propia isla estuviese de acuerdo, una ráfaga de fresca brisa nocturna le envolvió, haciendo que su pelaje moteado se erizase. El viaje a los Cabos Gemelos de la División 84 comenzaba.
RESUMEN
