20-10-2025, 09:46 AM
Oyendo movimiento, Stroud continuó inmerso en sus cartas náuticas, dándoles un último repaso antes de zarpar. Aquel era un ritual que no podía ser interrumpido. Trazó algunas líneas más entre los puertos de Samba y de Cabos Gemelos, ajustando por mareas y corrientes mientras consultaba un pequeño librillo titulado Grandes corrientes del South Blue y otros fenómenos, una ganga que había encontrado por poco precio durante su paso por Isla del Kárate. Marcó algunos puntos de referencia costeros, islas menores y algunas rutas seguras de viento. Sirviéndose de su brújula, corrigió la declinación magnética y, frenéticamente, una cosa detrás de otra, golpeó ligeramente la esfera del barómetro. La presión parecía estable. Echó un vistazo a su alrededor, asegurándose de que la distribución del peso en la bodega no fuese inapropiada. Encaminándose hacia cubierta, tomó uno de los periódicos que había traído Kibai y se lo guardó en el bolsillo del abrigo, que aún llevaba a modo de capa.
"Buen trabajo, Kibai. ¡Partimos! ¡Todos a sus puestos!," exclamó, haciendo un ademán de agradecimiento al mink, viendo cómo ponía a punto las luces del barco. "¡Tripulación, en cubierta! ¡Posiciones de maniobra!," ordenó, con su voz alzada, si bien monótona. Sus ojos oscuros recorrieron las jarcias, comprobando su estado. Comenzó a repasar mentalmente la lista, que, poco a poco, se empezaba a volver un proceso más natural para el joven navegante: "Soltad amarras y recoged las defensas. ¡Foque a media escota, que respire!". Situándose tras el timón del Royal Quiver, y posando una mano sobre el mismo, observó el horizonte, negro como la bandera de un pirata. "¡Revisad tensión de escotas!," continuó ordenando a diestro y siniestro, comenzando a girar lentamente el timón mientras todo el navío crujía y comenzaba a separarse del puerto. Al empezar a moverse, el barco no arrancaba, sino que más bien parecía respirar: un leve balanceo, seguido de un impulso. Las velas se inflaban de golpe. El agua empezaba a golpear contra el casco a un ritmo preciso, con un viento que poco a poco cambiaba de temperatura. Había algo de especial en aquellos instantes en que el barco soltaba amarras y empezaba a separarse del muelle: un momento de tensión, de incertidumbre, arriesgado, en que el navío abandonaba la seguridad de una isla, y el navegante pasaba a ser el único mediador entre la nave y los mares; como un infante empezando a andar a quienes sus padres sueltan la mano. Aquella salida era, sin embargo, innegablemente más tensa que de costumbre. En plena noche, rodeados de otros barcos, y con el Grand Line como destino. Aquello hubiera puesto ligeramente nervioso hasta al más pintado. Las poleas y los cabos se tensaban, el mástil emitió un chasquido. Stroud tragó saliva, ciñéndose bien su gorra. Era adecuado vestir de pleno uniforme cuando se despedían de una isla, ¿qué mejor forma de empezar bien una travesía? Los segundos pasaban, todo iba como debía. "Velas completas," ordenó finalmente, no sin cierta satisfacción, "que tomen viento. Buen trabajo, muchachos."
Stroud podía sentir cómo la cubierta vibraba con el movimiento del timón, y las botas del resto de la tripulación resonando contra la madera encerada al correr por el navío. Los ecos del sempiternamente animado puerto del Reino de Samba se iban alejando progresivamente, a medida que pasaban los minutos, y las luces se iban volviendo más y más difusas. Pronto, a su alrededor solo verían el mar, de agua negra como un enorme charco de tinta, y el cielo, escasamente iluminado tras los nubarrones que lo cubrían; con suerte, continuarían vislumbrando las luces de otros navíos a su alrededor. Había emoción, pero también cierta tensión en el aire. Una gaviota se posó en la baranda de estribor sin que nadie la espantase. La bandera de la División 84, junto a la de la Marina, empezaba a ondear con el viento nocturno, que se empezaba a volver frío, insospechadamente frío. Stroud permanecía erguido junto al timón, ambas manos sobre el aro, ojos fijos en el horizonte; solo el viento le levantaba el borde de su abrigo.
Suspirando, Stroud sacó el último ejemplar del World Economy News Paper y lo hojeó brevemente. "Vaya, pobre Shichibukai... ¿Quién será ese tip...? ¡Eh, salimos aquí! Alguien nos ha echado el ojo," musitó con una sonrisa. Sin embargo, sus ojos volvían constamentemente al mar, donde debían estar. Dobló de nuevo el periódico y volvió a guardárselo. Respiró hondo, percibiendo cómo disminuía el sonido de las poleas a medida que el Royal Quiver, silencioso e iluminado solo por el vaivén de un par de faroles, entraba en una velocidad más constante, cortando el oleaje. La línea del horizonte desaparecía, cielo y mar uniéndose en un mismo cuerpo líquido. En la popa, el agua rompía como un murmullo plateado. Tras la estela que el Royal Quiver dejaba entre las olas, Samba se volvía una pequeña mancha de luz y color en el horizonte, la única en un mar negro como la misma noche.
"Buen trabajo, Kibai. ¡Partimos! ¡Todos a sus puestos!," exclamó, haciendo un ademán de agradecimiento al mink, viendo cómo ponía a punto las luces del barco. "¡Tripulación, en cubierta! ¡Posiciones de maniobra!," ordenó, con su voz alzada, si bien monótona. Sus ojos oscuros recorrieron las jarcias, comprobando su estado. Comenzó a repasar mentalmente la lista, que, poco a poco, se empezaba a volver un proceso más natural para el joven navegante: "Soltad amarras y recoged las defensas. ¡Foque a media escota, que respire!". Situándose tras el timón del Royal Quiver, y posando una mano sobre el mismo, observó el horizonte, negro como la bandera de un pirata. "¡Revisad tensión de escotas!," continuó ordenando a diestro y siniestro, comenzando a girar lentamente el timón mientras todo el navío crujía y comenzaba a separarse del puerto. Al empezar a moverse, el barco no arrancaba, sino que más bien parecía respirar: un leve balanceo, seguido de un impulso. Las velas se inflaban de golpe. El agua empezaba a golpear contra el casco a un ritmo preciso, con un viento que poco a poco cambiaba de temperatura. Había algo de especial en aquellos instantes en que el barco soltaba amarras y empezaba a separarse del muelle: un momento de tensión, de incertidumbre, arriesgado, en que el navío abandonaba la seguridad de una isla, y el navegante pasaba a ser el único mediador entre la nave y los mares; como un infante empezando a andar a quienes sus padres sueltan la mano. Aquella salida era, sin embargo, innegablemente más tensa que de costumbre. En plena noche, rodeados de otros barcos, y con el Grand Line como destino. Aquello hubiera puesto ligeramente nervioso hasta al más pintado. Las poleas y los cabos se tensaban, el mástil emitió un chasquido. Stroud tragó saliva, ciñéndose bien su gorra. Era adecuado vestir de pleno uniforme cuando se despedían de una isla, ¿qué mejor forma de empezar bien una travesía? Los segundos pasaban, todo iba como debía. "Velas completas," ordenó finalmente, no sin cierta satisfacción, "que tomen viento. Buen trabajo, muchachos."
Stroud podía sentir cómo la cubierta vibraba con el movimiento del timón, y las botas del resto de la tripulación resonando contra la madera encerada al correr por el navío. Los ecos del sempiternamente animado puerto del Reino de Samba se iban alejando progresivamente, a medida que pasaban los minutos, y las luces se iban volviendo más y más difusas. Pronto, a su alrededor solo verían el mar, de agua negra como un enorme charco de tinta, y el cielo, escasamente iluminado tras los nubarrones que lo cubrían; con suerte, continuarían vislumbrando las luces de otros navíos a su alrededor. Había emoción, pero también cierta tensión en el aire. Una gaviota se posó en la baranda de estribor sin que nadie la espantase. La bandera de la División 84, junto a la de la Marina, empezaba a ondear con el viento nocturno, que se empezaba a volver frío, insospechadamente frío. Stroud permanecía erguido junto al timón, ambas manos sobre el aro, ojos fijos en el horizonte; solo el viento le levantaba el borde de su abrigo.
Suspirando, Stroud sacó el último ejemplar del World Economy News Paper y lo hojeó brevemente. "Vaya, pobre Shichibukai... ¿Quién será ese tip...? ¡Eh, salimos aquí! Alguien nos ha echado el ojo," musitó con una sonrisa. Sin embargo, sus ojos volvían constamentemente al mar, donde debían estar. Dobló de nuevo el periódico y volvió a guardárselo. Respiró hondo, percibiendo cómo disminuía el sonido de las poleas a medida que el Royal Quiver, silencioso e iluminado solo por el vaivén de un par de faroles, entraba en una velocidad más constante, cortando el oleaje. La línea del horizonte desaparecía, cielo y mar uniéndose en un mismo cuerpo líquido. En la popa, el agua rompía como un murmullo plateado. Tras la estela que el Royal Quiver dejaba entre las olas, Samba se volvía una pequeña mancha de luz y color en el horizonte, la única en un mar negro como la misma noche.
Resumen

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