20-10-2025, 03:24 PM
(Última modificación: 20-10-2025, 03:24 PM por Margrethe Northrend.)
El olor a grasa y humo era tan espeso que casi podía masticarse. —Yikikiikiki— No me disgustaba, tenía algo familiar. Recordaba a las viejas forjas del norte, donde los hombres bebían más de lo que trabajaban y el suelo estaba siempre pegajoso de cerveza y sangre. Solo que aquí, en este agujero de metal y neón moribundo, la sangre olía más a óxido que a guerra.
Entré en la taberna empujando la puerta con el hombro. Chirrió como si protestara, pero cedió igual. Las miradas no tardaron en girar hacia mí, no porque fuera rara, sino porque era grande, más que la mayoría de los que estaban ahí, algunos apartaron la vista rápido, otros se quedaron mirando como idiotas hasta que les devolví la sonrisa, no de esas tiernas y dulces, no, una sonrisa de colmillos, amplia, orgullosa. Que miren, gara.
El aire adentro estaba tan caliente que el vaho se me pegó a la piel. Hacía semanas que viajaba con el mink y el lunarian, dos buenos tipos para beber y pelear, aunque el primero tenía una lengua demasiado larga y el segundo una paciencia demasiado corta.
El tabernero me observó de reojo, el cigarro aún encendido entre los labios. Un tipo curtido, con un brazo de metal. Me gustó eso, un hombre que había sobrevivido a algo y seguía de pie merecía un mínimo de respeto. —Tres jarros del sake más fuerte que tengas —le pedí —Y algo de carne, lo que sea que huela así. —Me sirvió sin hablar, lo cual también aprecié. No me gustaban los hombres de lengua floja, a menos que supieran usarla para otra cosa.
El primer trago fue como un golpe en el estómago, áspero y caliente, perfecto. Dejé el jarro sobre la barra con un BAM y sonreí. —Esta mierda podría derretir el hielo del North Blue. Me gusta. — La gramola del fondo escupía música a medio morir, pero marcaba un ritmo agradable. Mi pie empezó a acompañarla, tac-tac-tac, hasta que de pronto... ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
Pensé que era parte de la canción, pero el silencio que siguió fue demasiado pesado, las conversaciones se cortaron. Hasta el perro de la pata metálica levantó la cabeza, miré al lunarian, que ya tenía una mano en el mango de su guadaña. —Tranquilo —le dije, con media sonrisa —Si fuera algo interesante, olería a miedo.— Pero el aire cambió. No era miedo lo que olía, sino sangre. Y vieja, recién vertida, el tipo del cigarro se asomó a la ventana, sin levantarse siquiera, yo sí me moví, no porque me importara el muerto, el mundo estaba lleno de ellos, sino porque el sonido del acero siempre despierta mi curiosidad.
Empujé la puerta y salí al callejón. La niebla me lamió el rostro, fría y húmeda mientras el suelo brillaba bajo la luz mortecina de las lámparas verdes. Y allí estaba, un cuerpo tirado, la sangre extendiéndose en un charco irregular, el tipo aún tenía los ojos abiertos, como si esperara que alguien lo ayudara. —Tarde, gara. —Me agaché, olfateando el aire —Ni siquiera tu sombra va a acompañarte al infierno.— No había huellas claras, pero el olor del asesino aún flotaba, pólvora, sudor, adrenalina. Un cazador o un mercenario.
Mis manos apretaron el mango del hacha a mi espalda, no me gustaba ese tipo de olor. —Si es uno de esos malditos perros del Gobierno—murmuré, dejando que el filo rozara el suelo — Esta noche se va a teñir más rojo que el cabello de mi madre.— Me levante intentando oler hacia donde podía llevarme el olor a pólvora.
Entré en la taberna empujando la puerta con el hombro. Chirrió como si protestara, pero cedió igual. Las miradas no tardaron en girar hacia mí, no porque fuera rara, sino porque era grande, más que la mayoría de los que estaban ahí, algunos apartaron la vista rápido, otros se quedaron mirando como idiotas hasta que les devolví la sonrisa, no de esas tiernas y dulces, no, una sonrisa de colmillos, amplia, orgullosa. Que miren, gara.
El aire adentro estaba tan caliente que el vaho se me pegó a la piel. Hacía semanas que viajaba con el mink y el lunarian, dos buenos tipos para beber y pelear, aunque el primero tenía una lengua demasiado larga y el segundo una paciencia demasiado corta.
El tabernero me observó de reojo, el cigarro aún encendido entre los labios. Un tipo curtido, con un brazo de metal. Me gustó eso, un hombre que había sobrevivido a algo y seguía de pie merecía un mínimo de respeto. —Tres jarros del sake más fuerte que tengas —le pedí —Y algo de carne, lo que sea que huela así. —Me sirvió sin hablar, lo cual también aprecié. No me gustaban los hombres de lengua floja, a menos que supieran usarla para otra cosa.
El primer trago fue como un golpe en el estómago, áspero y caliente, perfecto. Dejé el jarro sobre la barra con un BAM y sonreí. —Esta mierda podría derretir el hielo del North Blue. Me gusta. — La gramola del fondo escupía música a medio morir, pero marcaba un ritmo agradable. Mi pie empezó a acompañarla, tac-tac-tac, hasta que de pronto... ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
Pensé que era parte de la canción, pero el silencio que siguió fue demasiado pesado, las conversaciones se cortaron. Hasta el perro de la pata metálica levantó la cabeza, miré al lunarian, que ya tenía una mano en el mango de su guadaña. —Tranquilo —le dije, con media sonrisa —Si fuera algo interesante, olería a miedo.— Pero el aire cambió. No era miedo lo que olía, sino sangre. Y vieja, recién vertida, el tipo del cigarro se asomó a la ventana, sin levantarse siquiera, yo sí me moví, no porque me importara el muerto, el mundo estaba lleno de ellos, sino porque el sonido del acero siempre despierta mi curiosidad.
Empujé la puerta y salí al callejón. La niebla me lamió el rostro, fría y húmeda mientras el suelo brillaba bajo la luz mortecina de las lámparas verdes. Y allí estaba, un cuerpo tirado, la sangre extendiéndose en un charco irregular, el tipo aún tenía los ojos abiertos, como si esperara que alguien lo ayudara. —Tarde, gara. —Me agaché, olfateando el aire —Ni siquiera tu sombra va a acompañarte al infierno.— No había huellas claras, pero el olor del asesino aún flotaba, pólvora, sudor, adrenalina. Un cazador o un mercenario.
Mis manos apretaron el mango del hacha a mi espalda, no me gustaba ese tipo de olor. —Si es uno de esos malditos perros del Gobierno—murmuré, dejando que el filo rozara el suelo — Esta noche se va a teñir más rojo que el cabello de mi madre.— Me levante intentando oler hacia donde podía llevarme el olor a pólvora.
