20-10-2025, 03:58 PM
El chamaco tenía lengua rápida, eso lo noté enseguida. Esa manera de hablar sin filtro, de soltar verdades y tonterías en el mismo aliento, me recordó a mí cuando todavía creía que el mundo se podía entender a punta de palabras. Me reí bajito primero, y luego la carcajada se me escapó como fuego en aceite.
—¡Puathathatha! Coño, tú sí que hablas bonito pa’ decir barbaridades, asere. —Me incorporo un poco, girando la cabeza pa’ mirarlo por encima del hombro. El sol se cuela entre las hojas del bonsái gigante y me pinta la piel con manchas doradas. Siento el calor trepando por los músculos viejos, los huesos desperezándose con el sonido de la risa. El aire sabe a polvo y arroz tostado, y ese olor me hace sentir menos lejos del hogar.
—Así que una mujer, ¿eh? —repito, con una sonrisa torcida—Mira tú, muchacho, al final siempre hay un fuego que nos mueve, aunque juremos que no. Y ese tuyo suena peligroso, como una antorcha con viento, pero sabroso también. Una hembra que viaja, que no le tiene miedo al mar ni a la aventura, esas son las que te enseñan algo antes de dejarte con hambre otra vez. —Le lanzo una mirada que mezcla burla y respeto, porque un hombre que se atreve a seguir un deseo así de honesto, merece escucha.
Me rasco la barba blanca, sintiendo la textura áspera contra mis dedos. Mis manos son huesudas, pero todavía firmes. Le hablo sin mirarlo directamente, porque uno no siempre necesita los ojos pa’ ver. —Yo también tuve una de esas, hace más años de los que me acuerdo. Una lunarian como yo, pero con las alas del color del cobre, se llamaba Maire, creo o tal vez no. —Hago una pausa, mirando al horizonte —No me acuerdo bien, asere. Hace tanto que los nombres se me escapan como el humo, pero me acuerdo de cómo reía, coño. Reía con fuerza, como si el mundo entero fuera un tambor y ella lo tocara con el alma. Me enseñó que el amor también es fuego, calienta o quema, según lo que uno haga con él. —Suelto un suspiro que suena más a rugido que a lamento, profundo, gastado, pero sin tristeza.
El muchacho se acomoda a mi espalda, y su presencia pesa distinto al viento. No me molesta, hace siglos que no siento a nadie cerca sin tener que pensar en si va a clavarme un cuchillo, hay algo limpio en él, aunque venga con insolencia y palabras grandes.
—Tú sabes, compay, hay cosas que no se aprenden en ningún dojo. Ni en esos templos allá arriba. Uno puede golpear piedras, romper tablas, entrenar los músculos hasta que parezcan de hierro, pero si no aprendes a escuchar el silencio, a oír cómo el fuego te respira adentro, entonces lo que tienes no es fuerza, es ruido. —Le señalo con el mentón el camino por donde vinieron los monjes. —Míralos, esos chamacos llevan cargando arroz todo el día, pero ninguno se queja. ¿Tú sabes por qué? Porque entienden que hasta el sudor tiene ritmo, que el trabajo también canta. El que no oye su propio compás termina sirviendo a otro, siempre. — Mis alas se mueven un poco, como si el recuerdo del viento las llamara. Dejo que se abran del todo, estirándose con un crujido suave. Las plumas negras brillan con reflejos azulados bajo el sol. El chamaco seguro las mira con ese asombro que siempre tienen los que nacieron con alas.
—Estas no son pa’ volar, muchacho. O al menos ya no. son pa’ recordar que vengo del fuego del cielo, no de la tierra, pero mira, al final da igual, porque el fuego está donde uno lo mantiene vivo. —Le sonrío sin dientes, amplia, genuina —Tú tienes fuego, se te nota en la voz, pero cuídalo, que el fuego sin propósito es como ron sin vaso, se derrama, se desperdicia, y solo deja olor a ceniza. — Guardo silencio un rato. Los sonidos del campo llenan el aire: el rumor del agua, los insectos, los gritos de los dojos. Todo parece moverse en un mismo compás.
—¿Sabes qué, mijo? —digo al fin, bajando el tono, casi como si confesara algo —Me gusta cómo hablas. No por lo que dices, sino porque no escondes nada, la mayoría habla pa’ disfrazar el alma, pero tú la dejas asomar, sucia o limpia, pero tuya. Eso vale más que todos los berris del mundo. — Muevo la guadaña un poco, hundiéndola en la tierra con un sonido seco, la hoja se clava recta, firme.
—Mañana te vas, ¿eh? —pregunto, sabiendo la respuesta —Pues escucha bien, asere, el mar no le debe nada a nadie, pero a veces te devuelve lo que perdiste en la orilla. Si ese amor que dices vale la pena, no lo busques en línea recta, déjalo que te encuentre, el fuego siempre reconoce a otro fuego, tarde o temprano. —Me recuesto de nuevo bajo el bonsái, con el cuerpo cansado pero el espíritu encendido.
—Anda, siéntate tranquilo, nieto sin abuelo. Come conmigo si quieres, o solo quédate callao’ un rato. A veces la mejor conversación es la que no se habla. — Y dejo que el silencio caiga como una manta cálida entre los dos, mientras mi risa vieja se escapa de nuevo, rodando por la montaña como un trueno amable. —¡Puathathathathathatha! Coño, qué buena tarde pa’ estar vivo. —
—¡Puathathatha! Coño, tú sí que hablas bonito pa’ decir barbaridades, asere. —Me incorporo un poco, girando la cabeza pa’ mirarlo por encima del hombro. El sol se cuela entre las hojas del bonsái gigante y me pinta la piel con manchas doradas. Siento el calor trepando por los músculos viejos, los huesos desperezándose con el sonido de la risa. El aire sabe a polvo y arroz tostado, y ese olor me hace sentir menos lejos del hogar.
—Así que una mujer, ¿eh? —repito, con una sonrisa torcida—Mira tú, muchacho, al final siempre hay un fuego que nos mueve, aunque juremos que no. Y ese tuyo suena peligroso, como una antorcha con viento, pero sabroso también. Una hembra que viaja, que no le tiene miedo al mar ni a la aventura, esas son las que te enseñan algo antes de dejarte con hambre otra vez. —Le lanzo una mirada que mezcla burla y respeto, porque un hombre que se atreve a seguir un deseo así de honesto, merece escucha.
Me rasco la barba blanca, sintiendo la textura áspera contra mis dedos. Mis manos son huesudas, pero todavía firmes. Le hablo sin mirarlo directamente, porque uno no siempre necesita los ojos pa’ ver. —Yo también tuve una de esas, hace más años de los que me acuerdo. Una lunarian como yo, pero con las alas del color del cobre, se llamaba Maire, creo o tal vez no. —Hago una pausa, mirando al horizonte —No me acuerdo bien, asere. Hace tanto que los nombres se me escapan como el humo, pero me acuerdo de cómo reía, coño. Reía con fuerza, como si el mundo entero fuera un tambor y ella lo tocara con el alma. Me enseñó que el amor también es fuego, calienta o quema, según lo que uno haga con él. —Suelto un suspiro que suena más a rugido que a lamento, profundo, gastado, pero sin tristeza.
El muchacho se acomoda a mi espalda, y su presencia pesa distinto al viento. No me molesta, hace siglos que no siento a nadie cerca sin tener que pensar en si va a clavarme un cuchillo, hay algo limpio en él, aunque venga con insolencia y palabras grandes.
—Tú sabes, compay, hay cosas que no se aprenden en ningún dojo. Ni en esos templos allá arriba. Uno puede golpear piedras, romper tablas, entrenar los músculos hasta que parezcan de hierro, pero si no aprendes a escuchar el silencio, a oír cómo el fuego te respira adentro, entonces lo que tienes no es fuerza, es ruido. —Le señalo con el mentón el camino por donde vinieron los monjes. —Míralos, esos chamacos llevan cargando arroz todo el día, pero ninguno se queja. ¿Tú sabes por qué? Porque entienden que hasta el sudor tiene ritmo, que el trabajo también canta. El que no oye su propio compás termina sirviendo a otro, siempre. — Mis alas se mueven un poco, como si el recuerdo del viento las llamara. Dejo que se abran del todo, estirándose con un crujido suave. Las plumas negras brillan con reflejos azulados bajo el sol. El chamaco seguro las mira con ese asombro que siempre tienen los que nacieron con alas.
—Estas no son pa’ volar, muchacho. O al menos ya no. son pa’ recordar que vengo del fuego del cielo, no de la tierra, pero mira, al final da igual, porque el fuego está donde uno lo mantiene vivo. —Le sonrío sin dientes, amplia, genuina —Tú tienes fuego, se te nota en la voz, pero cuídalo, que el fuego sin propósito es como ron sin vaso, se derrama, se desperdicia, y solo deja olor a ceniza. — Guardo silencio un rato. Los sonidos del campo llenan el aire: el rumor del agua, los insectos, los gritos de los dojos. Todo parece moverse en un mismo compás.
—¿Sabes qué, mijo? —digo al fin, bajando el tono, casi como si confesara algo —Me gusta cómo hablas. No por lo que dices, sino porque no escondes nada, la mayoría habla pa’ disfrazar el alma, pero tú la dejas asomar, sucia o limpia, pero tuya. Eso vale más que todos los berris del mundo. — Muevo la guadaña un poco, hundiéndola en la tierra con un sonido seco, la hoja se clava recta, firme.
—Mañana te vas, ¿eh? —pregunto, sabiendo la respuesta —Pues escucha bien, asere, el mar no le debe nada a nadie, pero a veces te devuelve lo que perdiste en la orilla. Si ese amor que dices vale la pena, no lo busques en línea recta, déjalo que te encuentre, el fuego siempre reconoce a otro fuego, tarde o temprano. —Me recuesto de nuevo bajo el bonsái, con el cuerpo cansado pero el espíritu encendido.
—Anda, siéntate tranquilo, nieto sin abuelo. Come conmigo si quieres, o solo quédate callao’ un rato. A veces la mejor conversación es la que no se habla. — Y dejo que el silencio caiga como una manta cálida entre los dos, mientras mi risa vieja se escapa de nuevo, rodando por la montaña como un trueno amable. —¡Puathathathathathatha! Coño, qué buena tarde pa’ estar vivo. —
