20-10-2025, 09:42 PM
(Última modificación: 20-10-2025, 09:50 PM por Voz Seductora.)
El mayor enemigo de un hombre no es otro que su propio ego. Y el poderoso Sir If Nottingham, capitán de la guardia del Reino Mogaro, no era una excepción. Un hombre, quien valiéndose de todo tipo de sucios trucos e intrigas había alcanzado una posición y estatus superados únicamente por los del monarca del país en el que vivía. Juan "El Grande", era como se conocía a aquel tiránico rey en la vecina Risky Red. Un déspota que años atrás había confabulado con Nottingham para asesinar a su medio hermano Ricardo, usurpando de esa forma el trono de Mogaro y comenzando un reinado lleno de desigualdad y represión. Reinado que parecía tambalearse con la llegada de un grupo de revolucionarios.
La caída del soldado más poderoso del reino fue fruto mayoritariamente de su gran arrogancia. Una arrogancia que provocó que el hombre, sabiéndose muy superior a sus dos oponentes, los subestimara hasta el punto de ni siquiera tratar de esquivar o desviar sus ataques en un intento de quebrar los espíritus del comandante y el mariscal. Motivado por su soberbia y su incesante odio hacia todo animal con aspecot humanoide, el lancero decidió jugar con lo que consideraba su presa. Una presa que lejos de huir con el rabo entre las piernas había decidido plantarle cara y luchar con uñas y dientes no sólo para vengar a su fallecido camarada, si no para lograr la libertad de un pueblo oprimido.
Aquella arrogancia había llevado al hombre a cometer un error tras otro, hasta terminar en la crítica situación en la que se encontraba. Situación en la que, si bien había conseguido burlar a la muerte por los pelos, protegiendo en última instancia su cuello de un tajo mortal, el hombre se encontraba tendido en el suelo, con los brazos estirados a ambos lados, inconsciente y a la completa merced de Kisuke Kageyama y Max D Panda. Cualquiera de los dos podría acabar con la frágil vida de aquel hombre en un suspiro. No tenían más que asestar un último golpe a un hombre inconsciente, y habrían acabado definitivamente con quien asesinó a Oxxy Coon a sangre fría. En aquella sala, una imaginaria balanza se alzaba. En un lado, el ansia de venganza y el odio que un despreciable hombre se había forjado a pulso en escasos minutos de pelea. En el otro, la humanidad y la moralidad que caracterizaban a ambos luchadores de la libertad. Una decisión, un simple gesto, decantaría la balanza hacia uno de los dos lados.
Un chirrido llamaría la atención de aquellos dos hombres, quienes podrían ver como entre las dos escalinatas que se encontraban al otro lado de la estancia se abría una puerta. De la majestuosa puerta salieron varios hombres ataviados con armaduras de la mejor calidad, las cuales reflejaban la luz del sol. Dos docenas de hombres cruzaron el umbral, quedando a un par de metros por fuera de la puerta, completamente quietos, observando la sala en la que acababa de concluir el enfrentamiento, portando sus alabardas. El silencio imperó por unos instantes, aunque una estridente voz se encargó de romper aquel silencio.
- Apartad, que no me dejáis ver - los guardias se apartaron, formando un estrecho pasillo, cuadrándose los más cercanos al centro mientras los otros seguían observando la estancia sin perder de vista a los dos revolucionarios, así como al caído capitán. En aquel pasillo apareció una pequeña silueta, la cual fue creciendo, definiéndose hasta dejar ver a un hombre de nariz picuda y pelo rubio. Si no hubieran sido emboscados por el capitán de la guardia nada más entrar al hall, los dos revolucionarios habrían tenido tiempo suficiente de observar la gran cantidad de cuadros que decoraban aquella estancia, e indudablemente se habrían percatado de que todos y cada uno de ellos eran retratos. Aquello tenía su razón de ser, pues, a pesar de ser considerado alguien enorme entre los de su raza, al lado de cualquier humano aquel monarca no parecía más que un niño. O incluso menos que un niño, pues no alcanzaba el metro treinta de altura - ¿Crees que tienes derecho de obligarme a quedarme encerrado en el salón del trono, Nottingham? Ya deberías haber resuelto esto hace horas - el hombre se dirigió a su hombre de mayor importancia, antes de alcanzar a ver el panorama - Encima se te ocurre perder. Eres una vergüenza - habló con gran enfado - Vas a pagar por esto, Nottingham - debido a su característica altura y su repelente actitud, el rey parecía un niño haciendo un berrinche. Miró a uno de sus guardias, haciendo un gesto con la cabeza. Este se quedó inmóvil en el sitio, lo cual hizo que el rey se enfadara más todavía - Vamos, ¿A qué estáis esperando? Acabad con esos dos ahora mismo y apresad a ese inútil - el guardia al que se dirigió giró la cabeza, mirando a sus compañeros, antes de quedarse nuevamente inmóvil.
Mientras la ira del rey crecía en un espectáculo ciertamente ridículo, un Den Den Mushi comenzó a sonar, sonido que se veía amplificado por la metálica armadura de su propietario.
La caída del soldado más poderoso del reino fue fruto mayoritariamente de su gran arrogancia. Una arrogancia que provocó que el hombre, sabiéndose muy superior a sus dos oponentes, los subestimara hasta el punto de ni siquiera tratar de esquivar o desviar sus ataques en un intento de quebrar los espíritus del comandante y el mariscal. Motivado por su soberbia y su incesante odio hacia todo animal con aspecot humanoide, el lancero decidió jugar con lo que consideraba su presa. Una presa que lejos de huir con el rabo entre las piernas había decidido plantarle cara y luchar con uñas y dientes no sólo para vengar a su fallecido camarada, si no para lograr la libertad de un pueblo oprimido.
Aquella arrogancia había llevado al hombre a cometer un error tras otro, hasta terminar en la crítica situación en la que se encontraba. Situación en la que, si bien había conseguido burlar a la muerte por los pelos, protegiendo en última instancia su cuello de un tajo mortal, el hombre se encontraba tendido en el suelo, con los brazos estirados a ambos lados, inconsciente y a la completa merced de Kisuke Kageyama y Max D Panda. Cualquiera de los dos podría acabar con la frágil vida de aquel hombre en un suspiro. No tenían más que asestar un último golpe a un hombre inconsciente, y habrían acabado definitivamente con quien asesinó a Oxxy Coon a sangre fría. En aquella sala, una imaginaria balanza se alzaba. En un lado, el ansia de venganza y el odio que un despreciable hombre se había forjado a pulso en escasos minutos de pelea. En el otro, la humanidad y la moralidad que caracterizaban a ambos luchadores de la libertad. Una decisión, un simple gesto, decantaría la balanza hacia uno de los dos lados.
Un chirrido llamaría la atención de aquellos dos hombres, quienes podrían ver como entre las dos escalinatas que se encontraban al otro lado de la estancia se abría una puerta. De la majestuosa puerta salieron varios hombres ataviados con armaduras de la mejor calidad, las cuales reflejaban la luz del sol. Dos docenas de hombres cruzaron el umbral, quedando a un par de metros por fuera de la puerta, completamente quietos, observando la sala en la que acababa de concluir el enfrentamiento, portando sus alabardas. El silencio imperó por unos instantes, aunque una estridente voz se encargó de romper aquel silencio.
Voz
- Apartad, que no me dejáis ver - los guardias se apartaron, formando un estrecho pasillo, cuadrándose los más cercanos al centro mientras los otros seguían observando la estancia sin perder de vista a los dos revolucionarios, así como al caído capitán. En aquel pasillo apareció una pequeña silueta, la cual fue creciendo, definiéndose hasta dejar ver a un hombre de nariz picuda y pelo rubio. Si no hubieran sido emboscados por el capitán de la guardia nada más entrar al hall, los dos revolucionarios habrían tenido tiempo suficiente de observar la gran cantidad de cuadros que decoraban aquella estancia, e indudablemente se habrían percatado de que todos y cada uno de ellos eran retratos. Aquello tenía su razón de ser, pues, a pesar de ser considerado alguien enorme entre los de su raza, al lado de cualquier humano aquel monarca no parecía más que un niño. O incluso menos que un niño, pues no alcanzaba el metro treinta de altura - ¿Crees que tienes derecho de obligarme a quedarme encerrado en el salón del trono, Nottingham? Ya deberías haber resuelto esto hace horas - el hombre se dirigió a su hombre de mayor importancia, antes de alcanzar a ver el panorama - Encima se te ocurre perder. Eres una vergüenza - habló con gran enfado - Vas a pagar por esto, Nottingham - debido a su característica altura y su repelente actitud, el rey parecía un niño haciendo un berrinche. Miró a uno de sus guardias, haciendo un gesto con la cabeza. Este se quedó inmóvil en el sitio, lo cual hizo que el rey se enfadara más todavía - Vamos, ¿A qué estáis esperando? Acabad con esos dos ahora mismo y apresad a ese inútil - el guardia al que se dirigió giró la cabeza, mirando a sus compañeros, antes de quedarse nuevamente inmóvil.
Mientras la ira del rey crecía en un espectáculo ciertamente ridículo, un Den Den Mushi comenzó a sonar, sonido que se veía amplificado por la metálica armadura de su propietario.
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