20-10-2025, 11:27 PM
El sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo de tonos dorados las olas que chocaban suavemente contra el casco del barco. Envuelta en la amplia capa con capucha que Ash me había dado, respiré hondo el aire salado. La tela, de un color oscuro y resistente al viento, caía como una cortina sobre mis hombros, ocultando en parte mi imponente figura de seis metros. A mi lado, el capitán Ash, apenas llegando a los dos metros, parecía diminuto en comparación. Sin embargo, entre nosotros no existía diferencia alguna que importara; lo nuestro era un vínculo forjado más allá del tamaño o la fuerza, hecho de respeto, confianza y compañerismo.
Me sentí tranquila, casi en paz. La cubierta del barco estaba llena de vida: marineros que subían y bajaban sogas, el crujir de la madera bajo los pies, las voces mezcladas con el sonido del viento. En otro momento, tanta gente cerca me habría hecho sentir fuera de lugar, vulnerable incluso. Pero la capa de Ash me protegía del bullicio y, sobre todo, de las miradas curiosas. Podía pasar desapercibida, o al menos tanto como alguien de mi tamaño podía hacerlo.
El mar se extendía ante mí como un espejo verde azulado que reflejaba los primeros destellos del día. Las gaviotas planeaban en círculos, lanzando gritos cortos y agudos. Con cada hora que pasaba, el color del cielo se transformaba; del azul claro del amanecer fue virando lentamente a un naranja profundo que envolvía el mundo en una calidez casi mágica.
Me acomodé con cuidado cerca del mástil para no hacer crujir las tablas. Desde esa posición, podía ver cómo el viento jugaba con el cabello de Ash y cómo María revisaba el rumbo en silencio, con los ojos entrecerrados por la brisa marina.
Me di cuenta de algo simple pero importante: me gustaba estar allí. Con ellos. Con esa pequeña tripulación que no me miraba como una rareza, sino como parte de algo más grande. Había seguridad en su presencia, y una sensación de pertenencia que hacía mucho no sentía.
—Gracias por esto —
Ash sonrió con esa calma suya que parecía inquebrantable, apenas asintiendo con un gesto mientras mantenía la vista al frente, observando el movimiento constante del mar. A un costado de nosotros estaba María Merlot, que jugaba con Cara Melito, una mujer de porte firme y sonrisa deslumbrante, envuelta también en una capa hecha a su medida. Era apenas un poco más baja que el capitán, pero su presencia resultaba igual de sólida, como si la cubierta misma cobrara más estabilidad cuando ella estaba cerca.[b]Murmuré, bajando la mirada hacia él, mi voz grave pero suave—. No sabes cuánto lo aprecio.[/b]
Me sentí tranquila, casi en paz. La cubierta del barco estaba llena de vida: marineros que subían y bajaban sogas, el crujir de la madera bajo los pies, las voces mezcladas con el sonido del viento. En otro momento, tanta gente cerca me habría hecho sentir fuera de lugar, vulnerable incluso. Pero la capa de Ash me protegía del bullicio y, sobre todo, de las miradas curiosas. Podía pasar desapercibida, o al menos tanto como alguien de mi tamaño podía hacerlo.
El mar se extendía ante mí como un espejo verde azulado que reflejaba los primeros destellos del día. Las gaviotas planeaban en círculos, lanzando gritos cortos y agudos. Con cada hora que pasaba, el color del cielo se transformaba; del azul claro del amanecer fue virando lentamente a un naranja profundo que envolvía el mundo en una calidez casi mágica.
Me acomodé con cuidado cerca del mástil para no hacer crujir las tablas. Desde esa posición, podía ver cómo el viento jugaba con el cabello de Ash y cómo María revisaba el rumbo en silencio, con los ojos entrecerrados por la brisa marina.
Me di cuenta de algo simple pero importante: me gustaba estar allí. Con ellos. Con esa pequeña tripulación que no me miraba como una rareza, sino como parte de algo más grande. Había seguridad en su presencia, y una sensación de pertenencia que hacía mucho no sentía.
—Ash —dije de pronto, rompiendo el silencio con un tono casi risueño—, tengo bastante hambre. ¿Cuándo comeremos?
—. ¿Qué esperas de este viaje?—pregunté al cabo de un rato, girándome hacia Ash
Bajé la vista, dejando que mi capucha me cubriera el rostro una vez más. El viento soplaba más fuerte, llevando consigo el olor del mar y la promesa de lo desconocido. En ese instante, entre el crujir de la madera, el murmullo de las olas y la compañía de quienes me aceptaban sin miedo, supe que aquel viaje sería más que una travesía.
