21-10-2025, 08:08 AM
Continuaba observando la ciudad desde la borda, las manos sobre el rifle. El puerto estaba agitado, pero no más que nuestro barco. La señorita Gwendolyn y su acompañante seguían con sus declaraciones, de amor y de intenciones. Hablaban sobre volver a encontrarse, sobre celebrar su unión, sobre la fiesta en que cantarían y a la que deberíamos acudir todos nosotros. Sonreí. Tenía que reconocer que la idea de acudir a una celebración así no me dejaba impasible, en parte, por no haber podido asistir a ninguna durante mi vida, y en parte por el deseo ferviente que sentía por abandonar aquella isla. Mi mente no tenía tiempo para festejos, al menos mientras no nos alejásemos de allí.
Sin embargo, mis pensamientos se diluían con la entretenida conversación que aún mantenían mi tripulación y nuestros invitados, pues por mucho que lo intentase, mi curiosidad no me permitía dejar de prestar atención a lo que decían. Más aún, cuando el pelirrojo nos planteó una apuesta, entrañable. Una en la que prometía, más a sí mismo que a nosotros, que volvería a encontrar a Gwendolyn. No hacía mucho que había lanzado mi apuesta a Giyuu, pero no podía rechazar una nueva. Al menos no una con tan noble intención.
—Acepto la apuesta —dije con una sonrisa en mis labios, pero sin la convicción de que me hubieran escuchado—. Iré preparando mi traje, tú prepara el dinero.
Entonces el chico se deshizo en elogios para Gwendolyn hasta que se plantó frente a ella y la besó. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Ya estaba haciendo un gran esfuerzo por luchar contra mi fobia hacia el contacto físico, más teniendo en cuenta el bajo, o más bien nulo, concepto que tenía Rosse sobre el espacio vital. Sin embargo, aquello era demasiado para mi. Solo pensar en la cantidad de enfermedades que podían pasarse unos a otros por la saliva... Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, haciendo que tuviese que agitar mi cuerpo para librarme de aquella sensación. Por suerte para mi, el espectáculo terminó pronto, pues los dos hombres se marcharon de allí, no sin antes dejar una amistosa despedida, que dejaba en firme la intención de facilitar un nuevo encuentro entre los prometidos. Los seguí con la mirada y fue cuando me percaté de que los agentes habían desalojado el puerto casi por completo, pues apresuraban a embarcar a la muchedumbre que se amontonaba cerca de las pasarelas que daban acceso a los barcos.
Pronto habían despejado la zona y fue entonces cuando aparecieron un par de carros tirados por caballos, llenos de cajas, de los que bajaron unos chicos con boinas y camisas remangadas, con un estilo que me recordaba a los chicos que recorrían los suburbios de la ciudad entregando mensajes para la familia Reena. Se acercaron a unos agentes y comenzaron a descargar las cajas en los barcos custodiados. Uno de ellos vino corriendo hacia nuestro barco. La madera del guardamanos de mi rifle crujió bajo el peso de mi cuerpo al sujetarlo con firmeza. No iba a disparar, al menos no todavía, pero no podía estar relajado sin conocer las intenciones de aquel chico, pues lo había visto hablando con los agentes. Corrió hacia nosotros y lanzó algo hacia el barco. Alcé mi rifle en dirección al joven hasta que pude comprobar qué era lo que volaba hacia la cubierta. Un par de periódicos. Dejé de apuntar al chico y asentí con la cabeza, mi mano en el ala del sombrero, como signo de agradecimiento. Me acerqué para coger uno de los ejemplares, pues leer las noticias era algo que siempre me había gustado. Ver qué pasa en el mundo, leer acerca de otros reinos, otras islas, fantasear con las aventuras que podría vivir en ellas... Y ahora estaba más cerca que nunca de poder llevarlas a cabo.
En portada, el periódico mostraba cambios en algún banco importante, aunque la imagen que acompañaba la noticia no mostraba gente con aspecto de banqueros, más bien de guerreros, temibles. Continué hojeando el periódico, leyendo los titulares por encima, ya tendría tiempo de leerlo una vez que nos hubiéramos puesto en marcha. Guerras, revoluciones, alguna muerte destacable y... piratas. Mis manos se aferraron al papel, arrugando las páginas, que crujían hasta casi rasgarse. Mis músculos se habían tensado, casi por instinto, al ver un artículo que hablaba sobre las nuevas bandas piratas que habían surgido en el South Blue. Una de ellas, los Piratas del Cabaret. Unas páginas sueltas aparecieron de entre el periódico. Comencé a revisarlas, con ansia ante lo último que había leído. Eran carteles, de esos que utiliza la marina para poner recompensa por los criminales. Pasé un par de carteles antes de reconocer una cara, la de Alana. Me estremecí y comencé a pasar carteles a toda prisa, hasta que lo vi. Un cartel con mi cara. 104.325.000 berries. No podía creerlo. Eso me situaba como uno de los criminales más buscados de aquel mar. Mi respiración se aceleró. Se había terminado aquello de ir por las sombras.
Sin embargo, mis pensamientos se diluían con la entretenida conversación que aún mantenían mi tripulación y nuestros invitados, pues por mucho que lo intentase, mi curiosidad no me permitía dejar de prestar atención a lo que decían. Más aún, cuando el pelirrojo nos planteó una apuesta, entrañable. Una en la que prometía, más a sí mismo que a nosotros, que volvería a encontrar a Gwendolyn. No hacía mucho que había lanzado mi apuesta a Giyuu, pero no podía rechazar una nueva. Al menos no una con tan noble intención.
—Acepto la apuesta —dije con una sonrisa en mis labios, pero sin la convicción de que me hubieran escuchado—. Iré preparando mi traje, tú prepara el dinero.
Entonces el chico se deshizo en elogios para Gwendolyn hasta que se plantó frente a ella y la besó. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Ya estaba haciendo un gran esfuerzo por luchar contra mi fobia hacia el contacto físico, más teniendo en cuenta el bajo, o más bien nulo, concepto que tenía Rosse sobre el espacio vital. Sin embargo, aquello era demasiado para mi. Solo pensar en la cantidad de enfermedades que podían pasarse unos a otros por la saliva... Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, haciendo que tuviese que agitar mi cuerpo para librarme de aquella sensación. Por suerte para mi, el espectáculo terminó pronto, pues los dos hombres se marcharon de allí, no sin antes dejar una amistosa despedida, que dejaba en firme la intención de facilitar un nuevo encuentro entre los prometidos. Los seguí con la mirada y fue cuando me percaté de que los agentes habían desalojado el puerto casi por completo, pues apresuraban a embarcar a la muchedumbre que se amontonaba cerca de las pasarelas que daban acceso a los barcos.
Pronto habían despejado la zona y fue entonces cuando aparecieron un par de carros tirados por caballos, llenos de cajas, de los que bajaron unos chicos con boinas y camisas remangadas, con un estilo que me recordaba a los chicos que recorrían los suburbios de la ciudad entregando mensajes para la familia Reena. Se acercaron a unos agentes y comenzaron a descargar las cajas en los barcos custodiados. Uno de ellos vino corriendo hacia nuestro barco. La madera del guardamanos de mi rifle crujió bajo el peso de mi cuerpo al sujetarlo con firmeza. No iba a disparar, al menos no todavía, pero no podía estar relajado sin conocer las intenciones de aquel chico, pues lo había visto hablando con los agentes. Corrió hacia nosotros y lanzó algo hacia el barco. Alcé mi rifle en dirección al joven hasta que pude comprobar qué era lo que volaba hacia la cubierta. Un par de periódicos. Dejé de apuntar al chico y asentí con la cabeza, mi mano en el ala del sombrero, como signo de agradecimiento. Me acerqué para coger uno de los ejemplares, pues leer las noticias era algo que siempre me había gustado. Ver qué pasa en el mundo, leer acerca de otros reinos, otras islas, fantasear con las aventuras que podría vivir en ellas... Y ahora estaba más cerca que nunca de poder llevarlas a cabo.
En portada, el periódico mostraba cambios en algún banco importante, aunque la imagen que acompañaba la noticia no mostraba gente con aspecto de banqueros, más bien de guerreros, temibles. Continué hojeando el periódico, leyendo los titulares por encima, ya tendría tiempo de leerlo una vez que nos hubiéramos puesto en marcha. Guerras, revoluciones, alguna muerte destacable y... piratas. Mis manos se aferraron al papel, arrugando las páginas, que crujían hasta casi rasgarse. Mis músculos se habían tensado, casi por instinto, al ver un artículo que hablaba sobre las nuevas bandas piratas que habían surgido en el South Blue. Una de ellas, los Piratas del Cabaret. Unas páginas sueltas aparecieron de entre el periódico. Comencé a revisarlas, con ansia ante lo último que había leído. Eran carteles, de esos que utiliza la marina para poner recompensa por los criminales. Pasé un par de carteles antes de reconocer una cara, la de Alana. Me estremecí y comencé a pasar carteles a toda prisa, hasta que lo vi. Un cartel con mi cara. 104.325.000 berries. No podía creerlo. Eso me situaba como uno de los criminales más buscados de aquel mar. Mi respiración se aceleró. Se había terminado aquello de ir por las sombras.
—Capitán, creo que tenemos un problema —dije mirando hacia Rosse con el periódico extendido en dirección hacia ella—. Tal vez deberíamos... No sé, escondernos. Podríamos intentar viajar en otro momento, uno con menos agentes por aquí —dije entrecortado, nervioso e hiperventilando. Me movía de un lado a otro en cubierta, como si llevase un fuego a la espalda que pretendiese apagar—. ¡No! Ya se. Podríamos disfrazarnos. Seguro que abajo podemos encontrar ropa que nos haga pasar desapercibidos... —dudé al pensar el tipo de ropa que podría encontrar en nuestro barco-sala de variedades—. O bueno, al menos no ser tan reconocibles.
Bajé de nuevo al interior del barco a la carrera, como si mi vida dependiese de ello. Sí, estaba decidido. Debía encontrar algún atuendo que me ocultase a simple vista.
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