21-10-2025, 10:38 AM
(Última modificación: 21-10-2025, 11:43 AM por Krysser.
Razón: Edito para poner los objetos en equipado oculto.
)
El viento seguía soplando con la misma calma tensa que precede a las tormentas, levantando el olor salado del puerto y mezclándolo con la humedad que empezaba a calar en la madera del muelle. Fyodor se alejó tras pronunciar su última broma, dejando a Krysser solo entre la multitud.
-Lo divertido, ¿eh? -Se cuestionó a sí mismo el tigre, mientras observaba a su alrededor igual que había ido a hacer el lunarian. -No sé yo...
El mink lo siguió con la mirada durante unos segundos, viendo cómo desaparecía entre la gente con ese vuelo ligero y confiado suyo. Luego bajó la vista, ajustó el cuello del abrigo y se limitó a observar. No tenía prisa, ni interés en llamar la atención. Prefería escuchar el rumor de la masa, los pasos, los murmullos.
A su alrededor, la gente se empujaba por conseguir un sitio, un billete o una última palabra antes de partir. No se movió del lugar. Solo dejó que el tiempo pasara. Sus orejas se movían de un lado a otro, captando voces sueltas entre el gentío. Todo lo que pudiera escuchar, desde “Listos los cargamentos”, “no queda mucho”, “los civiles primero”. Tal vez no fuera nada relevante, pero el tono… Ese tono medido y artificial que usaban los hombres acostumbrados a seguir órdenes sin comprenderlas, era suficiente para mantenerlo alerta.
Unos minutos después, el sonido de un aleteo reconocible lo sacó de su quietud. Fyodor descendió desde el cielo, ligero como una sombra, aterrizando a su lado con la naturalidad de quien acaba de volver de un simple paseo.
-Me he enamorado, colega. Toca otro mes comiendo gusanos, pero ha valido la pena.
Krysser lo miró de reojo, con el ceño apenas fruncido, como si tratara de decidir si debía reírse o gruñirle enfadado.
-¿Quién iba a meterse en líos? -Murmuró con tono grave, casi resignado, aunque el brillo en sus ojos delataba una leve sonrisa contenida. -Ya me la presentarás en alguna ocasión. Si sobrevivimos al viaje.
El lunarian bromeó al rato con los agentes cercanos, y Krysser, que prefería pasar desapercibido, se limitó a observar cómo se alejaban los hombres con los animales. Su cola se movió lentamente bajo el abrigo, un reflejo instintivo de desconfianza. No le gustaba cómo se movían aquellos tipos, y tampoco que se hicieran distinciones así con las mascotas, por más que pudiera comprender los motivos.
Las campanas del puerto resonaron, cortando el murmullo del gentío. Los muelles ya estaban despejados, y todos los que habían de partir se encontraban ya a bordo. La procesión de embarcaciones se extendía por el muelle como una fila de bestias marinas despertando de un largo sueño.
Entonces llegaron los carros.
Krysser alzó la cabeza, atento. Los jóvenes que bajaban de ellos no tenían pinta de marineros ni de soldados. Llevaban boinas, camisas remangadas y la energía y alegría de quien hace un trabajo que no entiende del todo. Las cajas que descargaban olían a tinta y papel fresco. Periódicos, probablemente.
Vio cómo hablaban con los agentes, cómo repartían las cajas en los barcos autorizados, y cómo uno de ellos, más joven y descarado, lanzaba ejemplares a los barcos “no oficiales” con una sonrisa traviesa antes de huir corriendo.
El tigre frunció el ceño. Observó el intercambio en silencio mientras los agentes del Gobierno Mundial comenzaban a abandonar los barcos, uno tras otro, dejando el control a tripulaciones civiles. Aquello no encajaba.
-No tiene sentido. -Murmuró más para sí que para Fyodor, aunque sabía que su compañero lo oiría igual. Se apartó de la borda y miró hacia el puerto, donde aún quedaban algunos uniformados dando las últimas órdenes. -Esto no me gusta. -Añadió en voz baja, llamando la atención de su compañero para compartir sus pensamientos. -Primero la Marina apenas aparece, ahora estos se marchan antes de tiempo. Huele raro...
El tigre no era el más listo del grupo, pero tenía cierto instinto para las trampas, pues él mismo acostumbraba a tenderlas a menudo.
Tomó uno de los periódicos que había caído cerca, tratando de distraer su mente con algo más alegre. Estaba arrugado y húmedo por el rocío del mar y el paso de mano en mano tras la apertura ansiosa de la caja que lo contenía. Lo abrió con cuidado, moviendo las páginas con las garras, leyendo entre líneas con la paciencia de quien no confía en nada de lo que está impreso.
El rostro de un pirata conocido apareció en la sección de recompensas. Luego otro. Luego varios más. La lista de criminales del South Blue parecía haberse alargado en solo unas semanas, y muchos de esos nombres ni siquiera le sonaban. Sin embargo, reconoció entre todos ellos a alguien de sobra conocido.
-¿Cao? -Pensó por un instante, solo tratando de entender cómo había llegado a alcanzar aquel precio. ¿Tendría algo que ver con aquella extraña habilidad? ¿Tan peligroso lo consideraban por ello, o quizá, por sus ideas? El gobierno a menudo temía el cambio, y aquello parecía una clara señal de ello. Resignado, decidió dejar de pensar en aquello también. Todo le daba dolor de cabeza.
-Míralos, tú eres mejor para estas cosas que yo. -Dijo alzando el papel para que Fyodor pudiera ver bien a todos los sujetos, pues sabía de su prodigiosa memoria. -Todos ellos buscan el mismo mar que nosotros. No me extrañaría que algunos estén en estos barcos... O tal vez en aquellos. -Añadió, señalando los barcos que acompañaban al convoy principal pero no eran oficiales del gobierno.
Bajó entonces momentáneamente el periódico, retomando el hilo de su principal temor.
-Pero no son ellos los que más me preocupan. -Su voz se volvió más grave, más baja, mientras se posaba en otro de aquellos barcos que acompañaría la travesía. -¿Ves ese barco, el que lleva el estandarte de la Marina? -Sabía que podía sonar raro desconfiar de un barco marine, así que matizó sus palabras rápidamente. -Lo raro no es que haya un barco marine, sino que haya solo uno, en toda la travesía.
Sus ojos, de un amarillo intenso, se clavaron en el horizonte donde aquella nave, pequeña pero visible, se mantenía a una distancia prudente del resto.
-Un barco es demasiado poco si pretenden vigilar una flota entera… O demasiado si no pretenden vigilar nada. -Su mandíbula se tensó, dejando ver por un segundo los colmillos bajo la capucha. Tal vez eran marines que no querían tener en medio. Sus dudas continuaban creciendo, cada vez más consciente del peligro. -Algo están preparando, y no creo que nos convenga estar en medio cuando ocurra. Será mejor que estemos alerta.
Durante un momento, ninguno de los dos habló. Solo el rumor de las olas golpeando el casco, el crujir de las velas y el murmullo lejano de los otros pasajeros llenaron el silencio. Krysser volvió a mirar el periódico, lo dobló con cuidado y lo guardó bajo el abrigo.
-Será mejor que no perdamos de vista a nadie. Ni a los marines, ni a los que mandan estos barcos. -Miró al lunarian con una expresión seria, casi paternal, aunque su tono volvió a suavizarse apenas un poco. -Y si ves a tu amada por ahí, no la pierdas de vista tampoco. -Krysser había tomado tal vez demasiado literal la afirmación de su compañero, pero si de verdad se había enamorado, no quería que perdiera a aquella persona importante para él así.
Se permitió una sonrisa breve, casi invisible, antes de girarse de nuevo hacia el horizonte.
El barco avanzaba lentamente entre las sombras del puerto, alejándose de Samba con cada golpe de ola. El aire era pesado, cargado de una expectación muda y un peligro latente, al menos, en la mente del mink, pues los demás no parecían estar tan alterados. Krysser apoyó las garras en la borda y dejó que el mar empapara la punta de su abrigo.
-¿Tal vez sólo estoy exagerando? -Pensó que, tal vez, con su objetivo cada vez más cerca el miedo al fracaso era cada vez más fuerte. -El Grand Line… -Murmuró, apenas audible. -Un paso más cerca de casa... Siempre soñé con regresar. Solo espero que no sea un sueño que nos cueste demasiado caro.
-Lo divertido, ¿eh? -Se cuestionó a sí mismo el tigre, mientras observaba a su alrededor igual que había ido a hacer el lunarian. -No sé yo...
El mink lo siguió con la mirada durante unos segundos, viendo cómo desaparecía entre la gente con ese vuelo ligero y confiado suyo. Luego bajó la vista, ajustó el cuello del abrigo y se limitó a observar. No tenía prisa, ni interés en llamar la atención. Prefería escuchar el rumor de la masa, los pasos, los murmullos.
A su alrededor, la gente se empujaba por conseguir un sitio, un billete o una última palabra antes de partir. No se movió del lugar. Solo dejó que el tiempo pasara. Sus orejas se movían de un lado a otro, captando voces sueltas entre el gentío. Todo lo que pudiera escuchar, desde “Listos los cargamentos”, “no queda mucho”, “los civiles primero”. Tal vez no fuera nada relevante, pero el tono… Ese tono medido y artificial que usaban los hombres acostumbrados a seguir órdenes sin comprenderlas, era suficiente para mantenerlo alerta.
Unos minutos después, el sonido de un aleteo reconocible lo sacó de su quietud. Fyodor descendió desde el cielo, ligero como una sombra, aterrizando a su lado con la naturalidad de quien acaba de volver de un simple paseo.
-Me he enamorado, colega. Toca otro mes comiendo gusanos, pero ha valido la pena.
Krysser lo miró de reojo, con el ceño apenas fruncido, como si tratara de decidir si debía reírse o gruñirle enfadado.
-¿Quién iba a meterse en líos? -Murmuró con tono grave, casi resignado, aunque el brillo en sus ojos delataba una leve sonrisa contenida. -Ya me la presentarás en alguna ocasión. Si sobrevivimos al viaje.
El lunarian bromeó al rato con los agentes cercanos, y Krysser, que prefería pasar desapercibido, se limitó a observar cómo se alejaban los hombres con los animales. Su cola se movió lentamente bajo el abrigo, un reflejo instintivo de desconfianza. No le gustaba cómo se movían aquellos tipos, y tampoco que se hicieran distinciones así con las mascotas, por más que pudiera comprender los motivos.
Las campanas del puerto resonaron, cortando el murmullo del gentío. Los muelles ya estaban despejados, y todos los que habían de partir se encontraban ya a bordo. La procesión de embarcaciones se extendía por el muelle como una fila de bestias marinas despertando de un largo sueño.
Entonces llegaron los carros.
Krysser alzó la cabeza, atento. Los jóvenes que bajaban de ellos no tenían pinta de marineros ni de soldados. Llevaban boinas, camisas remangadas y la energía y alegría de quien hace un trabajo que no entiende del todo. Las cajas que descargaban olían a tinta y papel fresco. Periódicos, probablemente.
Vio cómo hablaban con los agentes, cómo repartían las cajas en los barcos autorizados, y cómo uno de ellos, más joven y descarado, lanzaba ejemplares a los barcos “no oficiales” con una sonrisa traviesa antes de huir corriendo.
El tigre frunció el ceño. Observó el intercambio en silencio mientras los agentes del Gobierno Mundial comenzaban a abandonar los barcos, uno tras otro, dejando el control a tripulaciones civiles. Aquello no encajaba.
-No tiene sentido. -Murmuró más para sí que para Fyodor, aunque sabía que su compañero lo oiría igual. Se apartó de la borda y miró hacia el puerto, donde aún quedaban algunos uniformados dando las últimas órdenes. -Esto no me gusta. -Añadió en voz baja, llamando la atención de su compañero para compartir sus pensamientos. -Primero la Marina apenas aparece, ahora estos se marchan antes de tiempo. Huele raro...
El tigre no era el más listo del grupo, pero tenía cierto instinto para las trampas, pues él mismo acostumbraba a tenderlas a menudo.
Tomó uno de los periódicos que había caído cerca, tratando de distraer su mente con algo más alegre. Estaba arrugado y húmedo por el rocío del mar y el paso de mano en mano tras la apertura ansiosa de la caja que lo contenía. Lo abrió con cuidado, moviendo las páginas con las garras, leyendo entre líneas con la paciencia de quien no confía en nada de lo que está impreso.
El rostro de un pirata conocido apareció en la sección de recompensas. Luego otro. Luego varios más. La lista de criminales del South Blue parecía haberse alargado en solo unas semanas, y muchos de esos nombres ni siquiera le sonaban. Sin embargo, reconoció entre todos ellos a alguien de sobra conocido.
-¿Cao? -Pensó por un instante, solo tratando de entender cómo había llegado a alcanzar aquel precio. ¿Tendría algo que ver con aquella extraña habilidad? ¿Tan peligroso lo consideraban por ello, o quizá, por sus ideas? El gobierno a menudo temía el cambio, y aquello parecía una clara señal de ello. Resignado, decidió dejar de pensar en aquello también. Todo le daba dolor de cabeza.
-Míralos, tú eres mejor para estas cosas que yo. -Dijo alzando el papel para que Fyodor pudiera ver bien a todos los sujetos, pues sabía de su prodigiosa memoria. -Todos ellos buscan el mismo mar que nosotros. No me extrañaría que algunos estén en estos barcos... O tal vez en aquellos. -Añadió, señalando los barcos que acompañaban al convoy principal pero no eran oficiales del gobierno.
Bajó entonces momentáneamente el periódico, retomando el hilo de su principal temor.
-Pero no son ellos los que más me preocupan. -Su voz se volvió más grave, más baja, mientras se posaba en otro de aquellos barcos que acompañaría la travesía. -¿Ves ese barco, el que lleva el estandarte de la Marina? -Sabía que podía sonar raro desconfiar de un barco marine, así que matizó sus palabras rápidamente. -Lo raro no es que haya un barco marine, sino que haya solo uno, en toda la travesía.
Sus ojos, de un amarillo intenso, se clavaron en el horizonte donde aquella nave, pequeña pero visible, se mantenía a una distancia prudente del resto.
-Un barco es demasiado poco si pretenden vigilar una flota entera… O demasiado si no pretenden vigilar nada. -Su mandíbula se tensó, dejando ver por un segundo los colmillos bajo la capucha. Tal vez eran marines que no querían tener en medio. Sus dudas continuaban creciendo, cada vez más consciente del peligro. -Algo están preparando, y no creo que nos convenga estar en medio cuando ocurra. Será mejor que estemos alerta.
Durante un momento, ninguno de los dos habló. Solo el rumor de las olas golpeando el casco, el crujir de las velas y el murmullo lejano de los otros pasajeros llenaron el silencio. Krysser volvió a mirar el periódico, lo dobló con cuidado y lo guardó bajo el abrigo.
-Será mejor que no perdamos de vista a nadie. Ni a los marines, ni a los que mandan estos barcos. -Miró al lunarian con una expresión seria, casi paternal, aunque su tono volvió a suavizarse apenas un poco. -Y si ves a tu amada por ahí, no la pierdas de vista tampoco. -Krysser había tomado tal vez demasiado literal la afirmación de su compañero, pero si de verdad se había enamorado, no quería que perdiera a aquella persona importante para él así.
Se permitió una sonrisa breve, casi invisible, antes de girarse de nuevo hacia el horizonte.
El barco avanzaba lentamente entre las sombras del puerto, alejándose de Samba con cada golpe de ola. El aire era pesado, cargado de una expectación muda y un peligro latente, al menos, en la mente del mink, pues los demás no parecían estar tan alterados. Krysser apoyó las garras en la borda y dejó que el mar empapara la punta de su abrigo.
-¿Tal vez sólo estoy exagerando? -Pensó que, tal vez, con su objetivo cada vez más cerca el miedo al fracaso era cada vez más fuerte. -El Grand Line… -Murmuró, apenas audible. -Un paso más cerca de casa... Siempre soñé con regresar. Solo espero que no sea un sueño que nos cueste demasiado caro.
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