23-10-2025, 03:57 AM
(Última modificación: 23-10-2025, 03:58 AM por Sanemi Toge.)
Los entrenamientos entre el aún niño Sanemi y su abuelo se habían parte del día a día de ambos. Sanemi, por su lado, descubrió una nueva afición que lo mantenía activo y constante, con ese afán e ímpetu de querer mejorar día tras día. Kite, veía todo esto como algo bueno, estaba forjando a su nieto en un arte que le serviría para sobrevivir. Además de estos combates, siempre le instruía a leer mucho, aunque a golpe de vista su carácter no pareciera el de alguien dado a los libros.
El tiempo fluía en su interminable río, lo que llevó que todos estos entrenamientos se concreten durante años, los cuales pasaron bastante rápidos. Sanemi, con diez años ya lucía un cuerpo atlético. Aquella mañana estaba en el patio de entrenamiento con sus manos posadas sobre el suelo y sus piernas elevadas dejando su cuerpo de forma vertical, haciendo flexiones de esa manera. Contaba en un surrurro: 200… 300… 400. Ese día estaba concentrado más que de costumbre.
- Oe… viejo ¡estás demorando! -No le decía viejo por falta de respeto, era confianza, sabía que el hablar así lograba enojar un poco a su abuelo y terminaba por ser un entrenamiento con mucho más dinamismo y emoción. Después de unos segundos los pasos de Kite rompieron el silencio, para cuando Sanemi levantó los ojos estaba frente a él, a escasos 3 metros, por lo cual dejó de hacer las flexiones para pararse sobre sus piernas - ¿Empezamos?
Y empezó la coreografía de golpes. Sanemi ya es capaz de mantener un ritmo bastante notable. Los golpes de su abuelo lo alcanzaban, pero en menor medida y los propios conectaban. Su sonrisa lo demostraba, disfruta de esto desde el alma. Si alguien pudiera verlos y prestar atención, solo podría percibir el sonido del aire cortarse producto de sus movimientos. Hasta que después de quince minutos en esa danza se produjo un golpe limpio, en el plexo solar. Fuerte. Sordo. Esto produjo que todo el ambiente se envolviera en un silencio absoluto -Ya eres más fuerte que yo -Mencionó el abuelo, con calma. Su rostro emanaba sorpresa, pero más que nada alegría, hasta melancolía. Esta victoria emocionaba al joven de cabellos blancos, pero también le produjo una extraña sensación en el pecho.
