23-10-2025, 11:45 AM
Jin trató de detener el ataque, pero la distancia que los separaba era demasiado extensa, y el tiempo, demasiado breve. Por un instante, un resplandor de oportunidad brilló en forma de puño, pues Owen, quien se encontraba más cerca y era más ágil, sí alcanzó a golpear a la joven mientras aún lanzaba su ataque. Sin embargo, el golpe no fue lo bastante fuerte para detenerla, y el giro continuó, anticipándose a la acción del espadachín, y repeliendo la del luchador pelirrojo con una elegante violencia.
El aire en la habitación seguía vibrando con el eco metálico del tajo. La presión se sentía densa, como si el propio oxígeno temiera moverse sin permiso. El olor a hierro y sangre recién expuesto se mezclaba con el del sudor, y por un instante, el silencio solo se rompía por los jadeos de los tres combatientes.
Las pupilas de Hana aún estaban dilatadas, y su respiración, controlada, era un compás medido entre ataque y oportunidad. Observó el daño que había infligido. Dos adversarios aún en pie, ensangrentados, pero con fuego en la mirada, y algo parecido a una sonrisa curvó la comisura de sus labios. No había ira en ella, sino algo más parecido a la emoción pura.
El grito de Owen rompió la tensión y resonó en el cuarto, cargado de furia y adrenalina.
—¡VEN, VEN, HIJA DE PUTA!—
El eco aún rebotaba en las paredes cuando Hana se movió, pues no parecía dispuesta a dejar pasar aquella provocación.
Fue difícil seguir su desplazamiento con la vista para la gente normal, pero casi imposible seguir la estela de su espada. En el suelo, las fibras del tatami se alzaron en una línea perfecta, marcada por el roce de sus pies descalzos. La yakuza se lanzó hacia Owen en una estocada directa, corta, sin adornos. Su cuerpo se inclinó hacia delante, el hombro adelantado, la katana a la altura del abdomen, una postura diseñada para avanzar cortando a su paso.
Big Tom y Little Timmy, que habían sido los únicos con el coraje para mantenerse en la habitación, apenas tuvieron tiempo de apartarse del paso, la velocidad del movimiento era tan feroz que la estela de su kimono rozó el aire con un golpe seco.
Hana no buscaba ya intimidar a aquellos dos, sino cerrar la brecha que su coordinación producía en aquella pelea. Sabía que Jin era un espadachín demasiado hábil para enfrentarlo sin ir con todo, y que mientras Owen respirara, seguiría interviniendo. Por ello, en esa fracción de segundo, toda su atención se centró en el pelirrojo. Si lograba terminarlo, con sus hombres se encargaría fácilmente de Jin.
El filo describió un movimiento descendente diagonal, directo hacia el torso de Owen. La técnica era precisa, brutal, pero no ciega, la ejecutaba con la exactitud quirúrgica de alguien que conocía cada músculo de su propio cuerpo, y cada fibra de la anatomía humana.
Y mientras la hoja de Hana descendía en busca del pelirrojo, su mirada, fría e impasible, se mantenía consciente del otro hombre. Jin. Sabía que él sería el verdadero problema, el que no dudaría en aprovechar cualquier resquicio. Y, aún así, sonrió. Porque esa clase de pelea, una donde podía morir, era exactamente el tipo que le recordaba por qué seguía viva.
El aire en la habitación seguía vibrando con el eco metálico del tajo. La presión se sentía densa, como si el propio oxígeno temiera moverse sin permiso. El olor a hierro y sangre recién expuesto se mezclaba con el del sudor, y por un instante, el silencio solo se rompía por los jadeos de los tres combatientes.
Las pupilas de Hana aún estaban dilatadas, y su respiración, controlada, era un compás medido entre ataque y oportunidad. Observó el daño que había infligido. Dos adversarios aún en pie, ensangrentados, pero con fuego en la mirada, y algo parecido a una sonrisa curvó la comisura de sus labios. No había ira en ella, sino algo más parecido a la emoción pura.
El grito de Owen rompió la tensión y resonó en el cuarto, cargado de furia y adrenalina.
—¡VEN, VEN, HIJA DE PUTA!—
El eco aún rebotaba en las paredes cuando Hana se movió, pues no parecía dispuesta a dejar pasar aquella provocación.
Fue difícil seguir su desplazamiento con la vista para la gente normal, pero casi imposible seguir la estela de su espada. En el suelo, las fibras del tatami se alzaron en una línea perfecta, marcada por el roce de sus pies descalzos. La yakuza se lanzó hacia Owen en una estocada directa, corta, sin adornos. Su cuerpo se inclinó hacia delante, el hombro adelantado, la katana a la altura del abdomen, una postura diseñada para avanzar cortando a su paso.
Big Tom y Little Timmy, que habían sido los únicos con el coraje para mantenerse en la habitación, apenas tuvieron tiempo de apartarse del paso, la velocidad del movimiento era tan feroz que la estela de su kimono rozó el aire con un golpe seco.
Hana no buscaba ya intimidar a aquellos dos, sino cerrar la brecha que su coordinación producía en aquella pelea. Sabía que Jin era un espadachín demasiado hábil para enfrentarlo sin ir con todo, y que mientras Owen respirara, seguiría interviniendo. Por ello, en esa fracción de segundo, toda su atención se centró en el pelirrojo. Si lograba terminarlo, con sus hombres se encargaría fácilmente de Jin.
El filo describió un movimiento descendente diagonal, directo hacia el torso de Owen. La técnica era precisa, brutal, pero no ciega, la ejecutaba con la exactitud quirúrgica de alguien que conocía cada músculo de su propio cuerpo, y cada fibra de la anatomía humana.
Y mientras la hoja de Hana descendía en busca del pelirrojo, su mirada, fría e impasible, se mantenía consciente del otro hombre. Jin. Sabía que él sería el verdadero problema, el que no dudaría en aprovechar cualquier resquicio. Y, aún así, sonrió. Porque esa clase de pelea, una donde podía morir, era exactamente el tipo que le recordaba por qué seguía viva.
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