23-10-2025, 04:39 PM
Ubbe se mantuvo en silencio durante buena parte del discurso del francotirador, la mirada fija en el arma mientras el humo todavía serpenteaba entre los árboles. Sentía el calor del fuego aún pegado a la piel y el olor a carne quemada en el aire. Dos huevos destrozados, sesenta mil berries evaporadas y un trabajo a medias, aunque en el fondo seguía siendo un día más de supervivencia.
Cuando James terminó de hablar, el buccaneer soltó el aire por la nariz, giró el cuello con un crujido y dio un paso al frente. El barro le cubrió los tobillos y las brasas se apagaron bajo sus botas.
Por un momento, el impulso volvió.
Ubbe notó cómo los músculos se le tensaban solos, el cuerpo pidiéndole saltar y partirle el cráneo al tirador por pura inercia. Podía ver el recorrido en su mente: tres zancadas, un salto, un golpe, y el rifle hecho añicos junto a la mandíbula del tipo. La idea le quemaba por dentro, casi placentera. Pero entonces miró de reojo a Sigurd, plantado entre ambos con esa calma que habia mostrado, y el impulso se disolvió. Confiaba en su hermano buccaneer. Si Sigurd decía que el trato valía más que el combate, Ubbe aguantaría el golpe y le haría caso... por ahora.
-Vale, vale… entiendo lo que dices, baby -empezó con tono grave pero tranquilo, levantando una mano abierta-. Que si los acuerdos, que si el mercado, que si el control de la oferta… todo eso suena muy serio. -Hizo una pausa y ladeó la cabeza-. Y supongo que tiene sentido, aunque sinceramente no tengo ni puta idea de lo que significa eso del bajo mundo que decís siempre.
Por dentro, pensó que quizá se referían a alguna cosa de alcantarillas o monstruos subterráneos; lo cierto era que no le importaba demasiado, pero sonaba lo bastante importante como para asentir con la cabeza y fingir que lo entendía. Aunque si fueran monstruos subterráneos, la verdad es que podría molar bastante.
-Lo que sí entiendo es que nosotros hicimos el trabajo, cumplimos con el trato, y aun con tus… fuegos artificiales -dijo, señalando con un gesto el charco amarillento de los huevos reventados- seguimos de pie y sin tocarte un pelo. Eso, en mi mundo, también vale algo.
Ubbe sonrió apenas, esa mueca torcida suya entre amenaza y camaradería.
-Así que no voy a discutir los números. Si son noventa mil, pues noventa mil será. El dinero nunca ha sido mi pelea favorita, pero no me gusta que el curro se quede sin pagar. -Levantó el brazo y señaló el rifle de James-. Lo único que te pediría, baby, es que bajes un poco eso. No por miedo, ¿eh? -añadió con un deje de burla- sino porque a estas alturas todos sabemos que si quisieras reventarnos, ya lo habrías hecho, así que de alguna manera, aún te somos útiles.
Se encogió de hombros, casi despreocupado.
-Yo digo que cogemos lo nuestro, vosotros lo vuestro, y seguimos siendo amigos. Si de verdad hay más trabajos, como dices, me gustaría verlos. No somos los más listos, pero somos jodidamente buenos.
Ubbe giró ligeramente la cabeza hacia Sigurd, como buscando su aprobación.
-Y tú, grandullón, seguro que puedes decirlo mejor que yo. Yo ya he hablado demasiado para ser el bruto del grupo. -Le dedicó una sonrisa de lado, divertida, y volvió la vista a James-. ¿Qué dices, baby? ¿Trato hecho?
El aire seguía oliendo a azufre y muerte, pero su tono sonó más cercano que hostil. El buccaneer mantenía la calma, la mirada fija, listo para lo que viniera, aunque en su interior todavía palpitaba la idea de que “el bajo mundo” era algún tipo de laberinto subterráneo lleno de ratas con maletines. O quizá algún sitio en las alcantarillas.
Cuando James terminó de hablar, el buccaneer soltó el aire por la nariz, giró el cuello con un crujido y dio un paso al frente. El barro le cubrió los tobillos y las brasas se apagaron bajo sus botas.
Por un momento, el impulso volvió.
Ubbe notó cómo los músculos se le tensaban solos, el cuerpo pidiéndole saltar y partirle el cráneo al tirador por pura inercia. Podía ver el recorrido en su mente: tres zancadas, un salto, un golpe, y el rifle hecho añicos junto a la mandíbula del tipo. La idea le quemaba por dentro, casi placentera. Pero entonces miró de reojo a Sigurd, plantado entre ambos con esa calma que habia mostrado, y el impulso se disolvió. Confiaba en su hermano buccaneer. Si Sigurd decía que el trato valía más que el combate, Ubbe aguantaría el golpe y le haría caso... por ahora.
-Vale, vale… entiendo lo que dices, baby -empezó con tono grave pero tranquilo, levantando una mano abierta-. Que si los acuerdos, que si el mercado, que si el control de la oferta… todo eso suena muy serio. -Hizo una pausa y ladeó la cabeza-. Y supongo que tiene sentido, aunque sinceramente no tengo ni puta idea de lo que significa eso del bajo mundo que decís siempre.
Por dentro, pensó que quizá se referían a alguna cosa de alcantarillas o monstruos subterráneos; lo cierto era que no le importaba demasiado, pero sonaba lo bastante importante como para asentir con la cabeza y fingir que lo entendía. Aunque si fueran monstruos subterráneos, la verdad es que podría molar bastante.
-Lo que sí entiendo es que nosotros hicimos el trabajo, cumplimos con el trato, y aun con tus… fuegos artificiales -dijo, señalando con un gesto el charco amarillento de los huevos reventados- seguimos de pie y sin tocarte un pelo. Eso, en mi mundo, también vale algo.
Ubbe sonrió apenas, esa mueca torcida suya entre amenaza y camaradería.
-Así que no voy a discutir los números. Si son noventa mil, pues noventa mil será. El dinero nunca ha sido mi pelea favorita, pero no me gusta que el curro se quede sin pagar. -Levantó el brazo y señaló el rifle de James-. Lo único que te pediría, baby, es que bajes un poco eso. No por miedo, ¿eh? -añadió con un deje de burla- sino porque a estas alturas todos sabemos que si quisieras reventarnos, ya lo habrías hecho, así que de alguna manera, aún te somos útiles.
Se encogió de hombros, casi despreocupado.
-Yo digo que cogemos lo nuestro, vosotros lo vuestro, y seguimos siendo amigos. Si de verdad hay más trabajos, como dices, me gustaría verlos. No somos los más listos, pero somos jodidamente buenos.
Ubbe giró ligeramente la cabeza hacia Sigurd, como buscando su aprobación.
-Y tú, grandullón, seguro que puedes decirlo mejor que yo. Yo ya he hablado demasiado para ser el bruto del grupo. -Le dedicó una sonrisa de lado, divertida, y volvió la vista a James-. ¿Qué dices, baby? ¿Trato hecho?
El aire seguía oliendo a azufre y muerte, pero su tono sonó más cercano que hostil. El buccaneer mantenía la calma, la mirada fija, listo para lo que viniera, aunque en su interior todavía palpitaba la idea de que “el bajo mundo” era algún tipo de laberinto subterráneo lleno de ratas con maletines. O quizá algún sitio en las alcantarillas.
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